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Los Abrazos Rotos - Crítica por John "Bluto" Blutarsky

Llévatelo
Bonita carta de presentación me ha endosado el amigo Spaulding para empezar mi andadura por estos lares cibersepaciales, nada menos que la crítica del último bodrio (ups, perdón, les he espoileado mi opinión antes de tiempo) de nuestro queridísimo, amadísimo Peeedroooooo. Pero en fin, que como uno se considera un tipo serio y que acomete las tareas que se le imponen con rigor y diligencia, pues nada, allá vamos. Intentaré hacer el viaje placentero y por favor, no me consideren pájaro de mal agüero, de esos que traen consigo tormentas diversas, que a lo mejor otro día me toca comentar algo de más enjundia y que incluya chorretones de sangre, pijamas y capas, ingentes cantidades de sexo, zombies o todo junto (por ejemplo, la película que podríamos estar preparando Spaulding y un servidor). Así que nada, menos rollos y más al lío.
Vaya por delante que siento una cierta admiración por el bueno de Almodóvar. Lo tengo por hombre de gran conocimiento fílmico y eclécticos referentes culturales (sirva como ejemplo de esto una escena de la película que nos ocupa en la que se conjugan, simultaneamente o casi, un tema de Cat Power con unas imágenes de la fucking-masterpiece "Te Querré Siempre" de Rossellini; toma postmodernismo), y siempre me ha parecido el único de los directores españoles mainstream, junto con Julio Médem, capaz de entender el cine como un -tomen nota Fernandoleones y compañía- conjunto audioVISUAL, más que como un mero vehículo para ilustrar guiones. Vamos, que Almodóvar siempre se ha preocupado en la misma medida de qué contar y de cómo contarlo, y con ello se ha ganado un estilo a menudo autónomo y reconocible.
Pero ah, y aquí empieza lo malo, esa garra, ese nervio visual no dura para siempre, amigos, y si bien en los últimos años se había ido matizando en favor de una muy suave estridencia de puesta en escena ahora parece haberse diluido casi por completo. Y no ya en orujo, sino en agua destiladísima. De acuerdo que no podemos esperar brillantes astracanadas al más puro estilo "¿Qué he hecho yo para merecer esto?", "La Ley del Deseo" o "Mujeres al Borde de un Ataque de Nervios", pero es que lo que debería haberse depurado con la madurez finalmente no ha hecho más que languidecer y desaparecer. Pero no se me desanimen, que a cambio nos ofrece exageradas dosis de complacencia. De la "auto" y de la a secas.

¿Y el guión? Pues de bostezo, oigan. Esa preocupante timidez causada por aquello de gustar a todos lleva al director a no acabarse de decidir en ningún momento por lo que quiere contar. Sí es cierto que la historia es rotunda: un triángulo amoroso entre un cineasta reinventado, un ricachón más bien agrio y una prometedora jovencita que por obra y gracia de la casualidad y la fatalidad se torna en rocambolesco thriller de sentimientos, celos y venganzas, o como decimos en mi pueblo, culebrón de lujo.
El problema es que nunca acaba de levantar el vuelo, ni como drama (desde luego alejadísimo de los reventones melodramas en Technicolor de Douglas Sirk de los que Almodóvar se considera deudor), ni como thriller (tampoco tiene la tensión de un Tourneur ni el ambiente malsano de un Fuller), ni mucho menos como comedia (lo sentimos pero Chus Lampreave otra vez + Rossy de Palma otra vez + locazas otra vez ya no cuelan). Me permito recordar, sin venir muy a cuento, la más memorable colaboración de Lampreave y de Palma de los últimos años: el anuncio de Ardilla. Decadente y brillante.


Y puestos a demoler, hagámonos una pregunta. ¿Qué será lo que llevamos los ibéricos en la sangre que nos lleva a a) ser tan malos actores, o b) ser tan malos directores de actores? ¿Demasiado vodevil, sainete, zarzuela y chistorrilla, quizá? Porque tíldenme de redundante, pero es que del despropósito interpretativo que representa "Los Abrazos Rotos" no se salva ni uno. Y es que tener que decir que Pe es quien está mejor en toda la cinta es muy gordo. Vale que últimamente la muchacha se está valorizando, pero no fastidien, que tanto Lluís Homar como Blanca Portillo son actores solventes... Pues nada, ni así. Interpretaciones discretísimas (si a alguien le interesa, creo que Blanca Portillo debería volver a la comedia, que cuando hace imitaciones de garrulos está que lo clava y Homar... pues no sé... ¿a protagonizar el musical de Frasier en España?). Y ya lo de Ochandiano y Tamar Novas es (¡atención cazadores de tópicos!) de juzgado de guardia.

Por todo esto, y mucho más que ni se me ocurre ni me apetece ocurrírseme, despacho "Los Abrazos Rotos" con un churresco 5. Churresco porque últimamente estoy de un benevolente que tira de espaldas: en el mundo de fantasía que representa el interior de mi mente le puse un 7 a "The Reader", así que pueden hacerse una idea de lo que representa un 5.

Eso sí, que sepáis que los críticos sobrecogedores (vamos, los que cogen el sobre) van a ser espléndidos con la película. Incluso puede que la forren de Goyas. Si ese fuera el caso, gracias por adelantado, Academia, por darme la razón una vez más.
5/10

(anotación final: ¿Lo veis? He conseguido escribir esta crítica sin escribir ni una sola vez las palabras "el director manchego")

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