Comentario de "El Monstruo de Tiempos Remotos", por el Capitán Spaulding

Ah, la década de los 50. Guerra Fría, conflictos de todo tipo en medio mundo, temor por la posibilidad de una III Guerra Mundial atómica, descubrimientos y carreras espaciales. El escenario perfecto para el sci-fi catastrofista y sermoneador.
Es la década de Godzilla, de los cangrejos y escorpiones gigantes y de naves espaciales que emiten ultimátums a escala mundial. Y todo por culpa de nuestros científicos locos, su experimentos nucleares y correspondientes cagadas monumentales (¿es que nunca aprenden?).

Para descubrir el origen de este género cinematográfico, que el buen amigo John Blutarsky define como Peli Con Bicho (a lo que yo añado radiactivo), nos tenemos que remontar al 1953, año en el que "El Monstruo de Tiempos Remotos" hace su aparición en pantalla con el nombre de un tal Ray Harryhausen entre su equipo técnico.

Su argumento es bien sencillo y consabido: un experimento nuclear en el Polo Norte o similar acaba despertando a un rhedosaurio (ahí queda eso) de muy malas pulgas, que se empeña en cargarse Manhattan hasta que alguien haga algo para evitarlo. El problema es que, para variar, ningún arma del ejército americano es suficiente para detenerlo.
Una vez más, como venimos diciendo desde que nos pusimos con los monstruos gigantes en La Casa, el nivel de sorpresa de esta clase de películas depende del orden en que se vean siendo su argumento, al final y de manera inevitable, lo menos importante. Y por mucho que se le atribuya el reconocimiento de haber dado el pistoletazo de salida (y ojo, que la historia original es de Ray Bradbury), "El Monstruo de Tiempos Remotos" no tiene absolutamente nada que aportar a día de hoy bajo este punto de vista.
No, para distinguir entre las Pelis Con Bicho buenas de las malas hay que centrarse en otros aspectos de diversa índole, y afortunadamente, son varios los factores que hacen de la que nos ocupa la gran joya del género que es -y que siguen haciendo de su visionado una grata experiencia.


Desde luego, el primero de ellos radica en la absurdidad de alguna de sus secuencias, que dotan a sus escuetos 75 minutos de un ¿voluntario? humor descacharrante propio de las producciones similares de la época, a medio camino entre la inocencia y la torpeza; escenas del tipo 'uy sí, escondámonos detrás de esta pared inestable situada a menos de un metro del monstruo, que fijo que nos salvamos' aparecen aquí y allá para agilizar de manera más o menos oficial el ritmo de la película, con su mejor momento haciendo acto de presencia bien temprano: uno de los primeros avistamientos del monstruo provoca la caída de un actor extra totalmente... heroica, desde aproximadamente un par de metros de altura nada acordes con su grito desangelado.

Por contra, en relación inversa con lo recién expuesto destaca la virtud de la película por "asustar" mediante numerosas escenas de terror masificado, aquello que hacía tan grande a la primera mitad de la reciente y lograda "Monstruoso". A diferencia de lo que nos han (mal)acostumbrado la mayoría de sus posteriores exploits, el rhedosaurio protagonista del film tarda bien poco en liarla por la ciudad, provocando estampidas de centenares de amontonadas personas y terribles muertes allá por donde pasa. Incluso cuando el bicho llega al parque de atracciones en que se centra la inevitable conclusión, algo alejado del centro, es capaz de crear más destrozos que el más cabrón de sus sucesores.
Y el mérito de esas escenas se debe en su práctica totalidad a la labor de Harryhausen.


Poco importa que sea su (casi)primer trabajo y que se le note bastante chusco en numerosas ocasiones, haciendo uso de un stop motion aún por pulir y algo más brusco que en sus posteriores labores. "El Monstruo de Tiempos Remotos" es una auténtica proeza, un trabajo minucioso y descabellado (para la película se recreó un bicho de 50 toneladas de peso y de tamaño real) con el que el genio tras "Jasón y los Argonautas" se recrea en escenas de destrucción y caos de inapelable hipnosis y logra dotar de una inusitada personalidad y vitalidad al bicho haciendo de él, con diferencia, el más simpático de todos sus similares, con permiso de King Kong. Valgan como ejemplo dos ocasiones, fogonazos de su genio: por un lado su ensañamiento con un navío militar al que decide hundir, y no hay tu tía, y por otro el sentimiento de desazón que se siente al verlo rodeado y aprisionado en la improvisada jaula del parque de atracciones.

Desde luego, al margen de su falta de sorpresa, la película que nos ocupa merece un visionado tanto por su relevancia histórica como -y sobre todo- la genialidad de Harryhausen. Desde aquí no ocultamos nuestra devoción hacia uno de los pocos genios de los efectos especiales que pululan por Hollywood, y "El Monstruo de Tiempos Remotos" no hace sino justificar una vez más nuestros sentimientos hacia él. Y es que resulta mucho más intensa y espectacular que muchos de los productos ultradopados de CGI actuales.

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