Me presento. Soy Bill Haverchuck.

Vaya por delante que aquí, como al contrario que mis compañeros
bloggeros, yo no soy un gran letrado en cine
gore, en el sentido más gafapástico de la palabra. Sí, me encanta la trilogía de “Evil Dead” de cabo a rabo (e incluso soy de los
freakies que dicen que la segunda era mucho mejor que la primera), todo lo que he visto de Romero me ha parecido fabuloso, “La matanza de Texas” es de mis películas de terror favoritas, sé apreciar el encanto que tienen películas tan dispares como “2000 maníacos”, “Candyman”, “Re-Animator”,
“Nueva York bajo el terror de los zombis” o “Rabia”, me encanta la Hammer y soy fan de Peter Cushing y Christopher Lee, la filosofía de la nueva carne me fascina y me gustan los muertos vivientes, las infecciones virales y los brotes de locura más de lo que tiendo a reconocer. Pero, en cuanto ahondo algo en materia, me doy cuenta que soy prácticamente un analfabeto en Rob Zombie, Wes Craven, John Carpenter, Dario Argento y Mario Bava, y no sabéis cuánto me avergüenza decirlo (espero que no se me expulse de esta Casa por ello).
Pero de algún modo tenía que presentarme, ¿verdad?
Por suerte, creo que estoy en la posición perfecta para valorar de forma crítica el triplete de películas que, en una maratoniana sesión en Sitges de 1 de la noche a 6 de la madrugada del 10 de octubre de 2009, el Capitán, Blutarsky y yo nos tragamos no sin algunos bostezos y cabezadillas ocasionales. La razón es sencilla: hasta un analfabeto en cine se hubiera dado cuenta de que esa maratón no requería demasiada experiencia en el género. Y es que las tres películas, que proyectadas de forma continuada y sin pausas intermedias formaron casi un único bloque fílmico de 5 horas de duración, significaron, al menos para mí, una experiencia bastante alucinante.

La función (porque, más que nunca, aquello fue una “función” en toda regla) comenzaba con la proyección de “Book of Blood” (2008), una historia basada en un relato homónimo del mítico Clive Barker, padrino las dos primeras películas en funciones de productor y autor de los originales. El filme, escrito y dirigido por John Harrison, trata la historia de una famosa escritora de investigación de sucesos paranormales que, para su nuevo libro, se aloja en una mansión que se cree la puerta de acceso al mundo de los muertos acompañada de un ayudante y un joven de pasado oscuro.
El inicio es, a pesar de la mala premisa inicial, poderoso. La primera imagen es la de un hombre saboreando lentamente su desayuno en una cafetería de carretera que parece tratar que las profundas cicatrices de su cara, que tapa con una capucha, pasen desapercibidas. Tras acabar el café, desaparece, y antes de que uno pueda darse cuenta, la acción ya se ha trasladado a una situación donde este mismo hombre se encuentra atado en una mesa delante de alguien que parece dispuesto a causarle un dolor intenso. De repente, no obstante, la historia cambia a flashback, y todo se desploma de repente. Un comienzo de desarrollo de trama bastante desastroso y lo sorprendente de lo que parecía un “inicio poderoso” acaban en un falso acercamiento a algo potencialmente interesante. Y lo que es peor, lo que hasta el momento del flashback nos ha sido contado acabará siendo un macguffin un tanto innecesario.

En el
flashback, nadie sabe muy bien qué está ocurriendo: hay una chica, hay un chico y hay una casa, de eso estoy seguro. Durante la hora siguiente la misma escena se repite una y otra vez, intercalándose con algo de sexo y un par de sustos de lo más gratuitos. Y finalmente la resolución es tan desordenada como el resto de la historia: no sólo lo que se nos cuenta se nos cuenta mal, sino que, además, numerosas incoherencias aparecen de pronto, tanto a nivel argumental (puesto que la historia se resuelve de forma absolutamente anticlimática y desacompasada) como de personajes (en particular, me refiero al brusco cambio en el tramo final de uno de ellos). Cada giro final es más desconcertante que el anterior. Cuando el
flashback finaliza y la historia queda liquidada, los epílogos comienzan a sucederse y el espectador empieza a impacientarse: las historias se cierran, de nuevo de forma torpe y a todas luces alargada, y uno acaba harto de tanta casa encantada, de tanto susto a santo de nada, de tanto fantasma que jamás aparece y, sobre todo, de tan poca sangre y mala leche. No, un par de cortes en un cuerpo, una onírica escena con libélulas y, menos aún, sustos del calibre de “oops, lo siento, ¿te he asustado?” no me compran como espectador que viene a ver algo de cine de terror. Suspende. Y si la película se alarga tanto, más.

Sin apenas tiempo para un respiro, llega entonces
“Dread” (2009), firmada por Anthony Diblasi en el guión y en la dirección, también a partir de un relato de Barker. La sensación inicial varios minutos empezada la película parece ser la misma, puesto que la factura de la película es francamente parecida tanto en los aspectos más técnicos, la fotografía sin ir más lejos, como en forma inicial de llevar la trama. El desconcierto inicial es menor pero sigue siendo notorio. De hecho, no es hasta el tramo final, esto es, aproximadamente el último tercio, cuando las cosas cambian por completo. Así, aunque alguna actuación flojea (pese a que cabe decir que los actores cumplen bastante bien en general) y alguna resolución vuelve a ser algo brusca, la película mantiene un nivel final que sabe dosificarse bastante correctamente y a la vez mostrar todo aquello que sólo se ha sugerido con anterioridad, convirtiéndose en algo que empieza a parecerse a las expectativas de los espectadores más esperanzados que siguen despiertos en la sala.
En este sentido, “Dread” es mucho más efectiva que “Book of Blood”, tanto porque tiene una historia más atractiva (aunque no tanto, en realidad) como porque está sencillamente mejor contada, consiguiendo alcanzar momentos que la anterior sólo podía llegar a desear. Es más, en “Dread” se acaban presentando ciertos elementos y recursos fílmicos y argumentales que acaban resultando muy satisfactorios (véase la escena del bistec, quizá la mejor de la película con permiso de la de la bañera), alguno de los cuales me atrevería a calificar de muy bien realizados, tratados y conducidos por Diblasi (de verdad). Y, como digo, los frutos acaban siendo positivos: a los que se han expuesto se acaban añadiendo un hilo temporal francamente bien llevado, una tensión en general bien mantenida y una historia que va degradándose y volviéndose áspera por momentos hasta un clímax final que no deja indiferente.
Sin embargo, el problema es precisamente que todo sucede al final. En perspectiva, un arranque flojo, una presentación de personajes confusa y una historia que divaga y se alarga hacen de “Dread” una película que acaba flojeando en los pilares que, dado a lo que aspira, más fuertemente deberían sostenerla, esto es, una trama cotidiana y, por ello, chocante, una definición bien diferenciada de cada uno de los personajes (asociar cada uno a un recuerdo hiriente es una buena idea, pero mal aprovechada) y, sobre todo, una tensión que se reparta equitativamente durante todo el metraje y no sólo en la recta final. Por contra, la película acabará apoyándose mayoritariamente en todo aquello que debería ser el plus que hace de una buena película de terror comercial una muy buena película de terror comercial: el giro final, las escenas accesorias que sólo deberían contribuir a la creación del ambiente que se quiere imprimir y, en general, el uso de trucos cinematográficos del género, que aquí se convierten en exasperantes. El problema se repite respecto de “Book of Blood”, así como de tantas otras películas de terror fallidas: el miedo surge simplemente del ambiente y las situaciones que rodean a los personajes, y no inherentemente de ellos mismos.

Es justamente esto último lo que diferencia tan clamorosamente a
“The Human Centipede (First Sequence)” de las dos películas anteriores. Aquí, el ambiente que rodea la película no es tanto la causa como la consecuencia de las dos verdaderas fuentes de terror: la propia historia, genuinamente malsana y sin necesidad de ser apoyada por
clichés para ser contada, y el personaje protagonista, verdadero eje conductor del film. En lo que respecta a lo primero, el relato es simplemente tan sobrecogedor que el director, en este caso un holandés llamado Tom Six, tiene la suficiente habilidad para no meter mano alguna por lo que respecta a artificios fílmicos añadidos, tanto porque éstos podrían dañar la pureza de la historia como porque arruinarían toda intención de contar algo tan asqueroso desde un punto de vista con cierto rigor. Los límites a los que llega la perversidad de esta película, la verdad, rebasan toda expectativa acerca de lo que uno puede llegar a ver en un cine. El regocijo de la sala, como podéis imaginar, fue inmediato: el plato fuerte de la noche había llegado por fin, tal como prometía la premisa que los propios cineastas nos habían dado poco antes de empezar la maratón: “No intenten esto en casa”, advertencia que, esta vez sí, hay que tomarse al pie de la letra.
Al mismo tiempo, no obstante, algunos de nosotros nos temíamos que la película acabara travándose en el simple pastiche soft-gore, como había ocurrido con las dos anteriores. Sin embargo, esa duda pronto se desvaneció de nuestras mentes, al tiempo que imágenes más preocupantes ocupaban su lugar. A posteriori, una vez pasados los efectos de corto plazo que esta película tiene sobre el cerebro humano, las primeras reflexiones surgen. En una revisión mental de la película nos damos cuenta, en primer lugar, que si bien decíamos que Tom Six apenas necesita estrujarse la cabeza tras la cámara (pues la película podría funcionar por si sola con su cuasi anecdótica historia como único combustible), pronto emergen de forma apabullante los elementos que alzan el filme como lo que es: una grandiosa exposición del terror humano y una excepcional muestra del fracaso del hombre frente a la ciencia o, mejor dicho, de la sublimación de la ciencia como algo más allá del entendimiento racional. Entre estos elementos, el principal es sin duda el doctor Heiter (impecable interpretación del actor alemán Dieter Laser), pero no cabe olvidar, insisto, la mano de Six tras la cámara, que si bien es cierto que es poco artificiosa, es firme y tan robusta que casi nos hace olvidar que todo lo que estamos viendo es falso. Algo tan sencillo es, para mí, muy valioso. El tempo de la película, hay que reconocerlo, es magnífico, y la poderosa garra de la historia fluye en él haciéndonos partícipes del horror casi sin darnos cuenta a pesar de lo inverosímil de la premisa y de lo surrealista de las situaciones, que en algunos casos rozan un humor más negro que el carbón (la escena en que cierto personaje tiene ciertos problemas intestinales, por ejemplo). Contada en un tiempo argumental limitado, los acontecimientos se suceden y cada cual es peor que el anterior: no hay cabida para nada excepto para la perversión, que aunque abundante, encaja sorprendentemente en su justa medida y pese a que asusta, nunca es gratuita. De algún modo u otro, consigue balancearse consigo misma.
Naturalmente, es en esta aparente simplicidad -la locura por el hecho de estar loco- de donde surgen las reflexiones de las que antes hablaba. Veamos. Se nos presenta un personaje extremo, unas situaciones extremas y una delirante sucesión de acontecimientos, todo ello propiciado por la motivación de un cirujano fracasado que únicamente quiere satisfacer sus deseos más primitivos e instintivos como gran conocedor de la ciencia médica: la creación. ¿Es jugar a ser Dios? No, la cosa no parece tan sencilla. Más bien es jugar a un complicado mecanismo repartido a partes iguales entre la locura más irracional y, al mismo tiempo, la perversión más racional. Porque si bien Heiter crea una monstruosa criatura por el simple placer de ver si es capaz de hacerlo, también es cierto que usa la ciencia pura y el desbordante conocimiento albergado en su mente para ello. Estamos hablando de un hombre que antaño fue un cirujano excepcional, pero que hoy sigue siéndolo. De ahí lo más temible del asunto: Heiter no está loco, sino sólo embriagado por el conocimiento. El horror es inherente al personaje, no envolvente alrededor de él. Magnífico.
Veremos qué tiene que añadir a todo esto Tom Six en la secuela, planeada para 2010, donde la criatura promete alargarse: “The Human Centipede (Full Sequence)”. Todos la esperamos babeantes.
A todo esto, mis puntuaciones consecuentemente son…
BOOK OF BLOOD 2,5/10
DREAD 6/10
THE HUMAN CENTIPEDE 8,5/10
Y en cuanto a mí, doy por finalizada esta mi primera intervención en La Casa, y anuncio además que, como tengo pensado un par de cosas que podrían ver la luz muy pronto, me vais a ir viendo aparecer por aquí de vez en cuando…
Gracias por leer y be seeing you yo también.
Bill H.