Crítica de "2000 maníacos", por Bill Haverchuck

Se acerca la Noche de Brujas, ocasión idónea para repasar en casa propia o ajena algunos de los mayores clásicos del terror (si es que os va más el sofá que el trick-or-treating) y gozar de largas y apetecibles maratones de sangre y vísceras. Entre ellos, el clásico de culto "2000 maníacos" es el digestivo perfecto, la película que debes ver entre "La Matanza de Texas" y "El Exorcista", una de esas películas que uno querría revisitar cada 31 de octubre. Por ello me he decidido a hablaros de ella.

Parece algo tonto admitirlo, pero "2000 maníacos" (o, en su versión original y más molona, "Two Thousand Maniacs!") es una de esas películas de terror no explícitamente humorísticas, aunque sí soterradamente hilarantes, en las que divertirse más que pasar miedo no supone ningún problema. No le busquemos tres pies al gato, porque esta película, aún ser un hito, es posiblemente mala. Por mi parte, aunque muchos la consideran la primera película gore de la historia, creo que es cierto que no se trata de lo que hoy entenderíamos como una película claramente de terror, si bien sí se adhiere a ciertos cánones que el género mostraba en los años 60 (al menos hasta donde yo sé). Pero, al contrario que algunas de sus contemporáneas, su visionado es un auténtico goce, porque desde el desmadrado argumento hasta la electrizante banda sonora, y pese a algunos instantes de lentitud, "2000 maníacos" se disfruta del primer al último minuto.

La historia es la de un pueblo del sur de los Estados Unidos llamado Pleasent Valley (sutil ironía...) que está de celebración popular. Por este motivo, seis viajeros norteños son invitados al pueblo y recibidos como huéspedes de honor, y éstos aceptan la oferta del alcalde de alojarse en el hotel local y de participar en la festividad. Todo parece dispuesto para que comience la fiesta. Y comienza. Vaya si lo hace. Como cabría esperar, todo se convierte pronto en un endiablado juego, en una espiral de diversión para los habitantes de Pleasent Valley, en un festín de sangre y perversión que enseguida se va por derroteros de lo más surrealistas. Herschell Gordon Lewis ("Blood Feast"), que dirige, acaba prefieriendo olvidarse de cualquier otra cosa que no sea el mostrar una colección de estupendas y largas escenas que, intercaladas con otras más puramente accesorias, conforman un corpus fílmico de lo más peculiar: una sucesión de las pruebas que los habitantes celebran y en las que los huéspedes, a su pesar, son los principales protagonistas. Es en estas escenas, como la del "barril errante" o la de la "carrera de caballos", donde se consiguen los mejores momentos de la película, en los que pocas cosas cobran importancia más allá del ilustrar, sin más, el ritual popular de cómo estas pruebas se preparan y se ejecutan (glups, spoiler alert).


Con esta facilidad, la película se convierte rápidamente en un muy sentido canto de amor a lo paleto: la música de banjo, la celebración popular, la tradición sureña. La cultura de los rednecks. Es este mundo malsano, sí, pero también entrañable, y tan cinematográfico, de las famílias de granjeros que se han reproducido entre sí durante generaciones, de los hillbillies que encuentran en el banjo una sorprendente afición y en la locura una extraña comodidad.

Y aún hay más: en medio de su nadismo argumental, "2000 maníacos" consigue mezclar un buen puñado de sub-géneros que hacen de ella un conglomerado de lo mejor de cada uno de ellos: el del terror en un inhóspito pueblo americano, el de la familia de viaje de vacaciones que nunca olvidarán, el de la espiral de perversión que todos comparten y de la que nadie parece preguntarse el fin e, incluso, el de la marca que el pasado histórico turbio deja en la actitud de las personas muy arraigadas a una cultura muy propia. En fin, "un enfrentamiento cultural de lo más descacharrante", como dice el Capitán Spaulding sobre "2000 maníacos" en la crítica de su tardío remake, "2001 maníacos", que podéis leer aquí.

Fantástica cinta de culto, y con playmate incluída.

8/10

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