CREEPY 30s: 15 obras maestras del terror americano de los 30s, por Bill Haverchuck. II - EL DOBLE ASESINATO DE LA CALLE MORGUE (Robert Florey, 1932)

- Soy el Dr. Mirakle, damas y caballeros. Y no soy el típico charlatán de feria. Así que si esperan ver un truco de feria vuelvan a la taquilla y que les devuelvan su dinero. No les voy a mostrar una deformidad ni una monstruosidad de la naturaleza sino un hito en el desarrollo de la vida. La sombra de Erik, el simio se proyecta sobre todos nosotros. Es la oscuridad previa al alba de la humanidad. Ésta es la historia del hombre. En el fango del caos hubo una semilla que brotó y se transformó en el árbol de la vida. La vida era movimiento. Las aletas se transformaron en alas. Y las alas, en orejas. A los reptiles les salieron patas. Pasaron miles de millones de años. Y llegó el momento en que una criatura de cuatro patas comenzó a andar en dos. Ante ustedes, ¡el primer hombre!
- ¡Hereje!
- ¿Hereje? ¿Todavía van los herejes a la hoguera? Entonces quémeme, monsieur. ¿Cree que una pobre llama podrá apagar la luz de la verdad? ¿Cree que estas tablas y estos telones son mi única vocación? ¡Son tan sólo una trampa para atrapar el dinero de los tontos! Mi vida está consagrada a un gran experimento. Les aseguro que demostraré la relación del hombre con el mono. ¡La sangre de Erik se mezclará con la del ser humano!


“Los crímenes de la Calle Morgue” (Robert Florey, 1932), por lo visto lejanamente basada por el relato homónimo de Edgar Allan Poe, es la historia de un mad doctor conocido como Dr. Mirakle (Bela Lugosi). Se trata de un terrorífico cuento inspirado por esa fuente inagotable de buenas historias que es la experimentación con seres humanos, de aquellos relatos tenebrosos que ocurren en húmedas ciudades nocturnas recorridas por carruajes y prostitutas. Los deseos científicos de Mirakle surgen de sus más primitivos instintos, de una inquieta pasión que se debate entre el ferviente deseo por conocer el algo más allá de la ciencia y el de jugar a ser Dios. Usando como tapadera su parada de feria, manda a su adiestrado simio, Erik, a raptar a sus víctimas, jóvenes parisinas, y las somete a macabros experimentos de intercambio de fluídos sanguíneos en su laboratorio de las catacumbas de la Calle Morgue con el único objetivo de demostrar lo que ya por aquel entonces se estaba gestando en la mente de Charles Darwin: que el mono y el hombre guardan algún parentesco genético.


Como si se tratara de un gran guiñol cinematográfico, como una película que se representaría igual de bien sobre el escenario de un circo que a través de un proyector de cine, este argumento tan demencial es fantásticamente escenificado por parte de todos los involucrados. Bela Lugosi, ya lo digo ahora, es lo mejor de la película, y en cada plano en el que él sale el film está un paso más cerca de convertirse en un clásico instantáneo. Desde su marcado acento húngaro hasta su sobrecogedora sonrisa de eterno buen tipo que puede sacarte la sangre en cualquier momento, pasando por, esta vez, una inquietante única ceja que le recorre la frente, Lugosi encarna exactamente el tipo de personaje que el tono del resto de la película requiere. Su papel le viene tan a dedo y es ejecutado con tal brillantez que aspira a convertirse en uno de los científicos locos más carismáticos de la Historia del Séptimo Arte (con el permiso del Dr. Mabuse y, por supuesto, del Dr. Heiter de The Human Centipede). En su rostro convergen exactamente los dos elementos más característicos del film: un tono burlón, por un lado, y un algo, definitivamente malsano y disparatado, escondido detrás. En este sentido, así, tanto Lugosi como la película misma no se desprenden en ningún momento de esta tan encantadora doble personalidad: una más amable, cómica e inocente, contra otra que no se esconde de ser violentamente explícita y gozosamente perversa. Así, mientras que de la primera se conoce que es resultado de las imposiciones legales de la industria cinematográfica del momento, que a través del código Hayes acabó recortando hasta 20 minutos de metraje por considerarse demasiado violento, la segunda es pura creatividad de Florey, puro espectáculo a cargo de Lugosi y de su simio, interpretado las veces por uno de verdad como por un tipo embutido en un traje peludo. ¿O es que acaso la escena del asesinato de la primera chica, que muere amordazada y drogada con la sangre del simio a manos del propio Mirakle, nos demuestra que esta película no tiene un lado oscuro?

Sí, “Los crímenes de la calle Morgue” es una película, dentro de su tiempo, bastante alocada, sin esconderse en mostrar cuánto disfruta siéndolo. No tiene ningún problema en reconocer su categoría de cuento barroco, de relato de terror de feria, y lo trata como si de un divertimento se tratara. Así, antes de caer en un tratamiento convencional de la historia que, si bien más apto para todos los públicos, sería también mucho menos atractivo para el amante del género, Florey prefiere presentar un mundo de extravagantes transeúntes, con sus sombreros de copa y sus ridículas capas, de doctores locos, con sus profecías y sus deseos científicos de connotaciones sexuales (algo así como un Cronenberg de los años 30), y de decadentes messieurs y mademoiselles, con sus estúpidas buenas maneras y sus pavores a todo aquello que Dios no pueda explicar. Mézclese todo, añádase Edgar Allan Poe y preséntese en un bonito e inofensivo envoltorio para obtener "Los crímenes de la Calle Morgue".


La película no duda tampoco en añadir en todo este pastiche una cuidadísima estética, que revela claras influencias expresionistas. La fotografía corre a cargo, ojo, del maestro alemán Karl W. Freund, cuyos trabajos más notables son nada menos que Metrópolis (Fritz Lang, 1929) y El último (F.W. Murnau, 1924), y que en esta película hace un trabajo sobresaliente. Los planos del laboratorio, que contraponen sus paredes desnudas con la chocante imagen de la víctima atada en un más que sugerente podio en forma de “X”; los interiores de la alcoba de Pierre, cuyas líneas oblicuas y ventanales aprisionan a sus inquilinos en un mundo oscuro y misterioso; la espesísima niebla de la noche del París del XIX; las sombras que proyecta Lugosi en su parada de feria y las que proyecta el simio sobre sus víctimas; la morgue, su intrigante conserje y la inmensa cruz que preside la sala; la persecución por los inclinados tejados de la ciudad... Parece como si Freund se riera de sí mismo y de sus compatriotas expresionistas y, al mismo tiempo, se esforzara por conseguir su mejor trabajo. Por otro lado, el mismo Mirakle, sin ir más lejos, es una clara reformulación del Dr. Caligari (de El gabinete del Doctor Caligari (Robert Wiene, 1919)), pues incluso hace uso de un tercero, que era un sonámbulo en Caligari y un mono aquí, para raptar a sus víctimas. No faltan tampoco los (auto-)homenajes/parodias a Nosferatu (F.W. Murnau, 1926), en la escena del ataque del simio en el apartamento de la chica, ni sus numerosas e hilarantes escenas cómicas, que por estar tan metidas con calzador resultan un contrapunto delicioso pese a ser de lo más desconcertantes (la discusión entre el danés, el alemán y el italiano; el matrimonio asustadizo de la secuencia inicial; la propia presencia de Pierre y, sobre todo, su compañero de piso; la chocante inserción de una escena como la de los parisinos en el campo, que recuerda a las películas de Renoir de la época...).

En resumen, una joya del terror de los treinta, una película extravagante, divertidísima y con un Bela Lugosi en estado de gracia. ¿Qué más se puede pedir? ¿Boris Karloff?

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