Crítica de "Los Condenados", por John Blutarsky


El drone es un recurso musical que consiste en la prolongación de una misma nota y la construcción de un tema sonoro a través de esta, que puede sobreponerse con otros para crear un determinado "paisaje". Un drone es lo primero que oímos en "Los condenados", y a base de algo así como "drones temáticos" se construye su argumento.
Por eso "Los condenados" se percibe como una experiencia de planeo sobre ítems temáticos que van tomando forma progresivamente, partiendo de una base sencilla y contundente (Martín y Raúl, dos exguerrilleros argentinos, se enfrascan en una excavación para desenterrar los huesos de su compañero Ezequiel, muerto durante el exilio en las montañas) para ir añadiendo poco a poco los sentimientos que se van desenterrando en paralelo a los restos mortales del amigo perdido.
Así el núcleo humano de la película, Martín (Daniel Fanego), es presentado inicialmente como un individuo encerrado en si mismo y ajeno a lo que le rodea, pero poco a poco van revelándose los daños colaterales de unos actos, de unas decisiones, que no sólo le persiguen a él desde hace 30 años, sino también a su familia y allegados.
Se intuye en las arrugas del rostro de Martín, y también en las venas de sus brazos y en los callos de sus manos el peso de ese pasado y el dolor de una culpa que le atenaza.

Lo que lleva al centro temático de la película: la culpa y la redención. Pronto veremos cómo "hay algo más" en todo el tinglado arqueológico. Rescatar los restos de Ezequiel va más allá de la simple memoria histórica y la "dignificación" del difunto para convertirse en un método de expiación de un secreto guardado entre Martín y Raúl que aún no está claro si va a salir a la luz.
El sentimiento de culpa, en la imposibilidad de ser experimentado por los muertos, surge en aquellos que sobrevivieron por el mero hecho de haber vivido y de no haber llevado al límite los ideales de la revolución, por un lado. Y por haberse dado cuenta posteriormente de la inutilidad real de esos ideales, por otro.
Pero claro, ¿quién puede convencer a Pablo, el joven obsesionado por Martín como figura a admirar e idealizar, de la inviabilidad de unos preceptos morales que pasan, treinta años después, por asesinar a inocentes? La referencia a la lucha de ETA no es casual, y la absurdidad de la sangre se hace física en el momento de la ejecución de un buey a manos del joven. La crisis de la conciencia revolucionaria ya es evidente. El momento ya ha pasado, y la causa no puede defenderse con sangre.
De ahí se produce un choque, el generacional, expuesto de modo tan lúcido (aunque menos doloroso) en "Los condenados" como lo fue, por ejemplo, en "Las horas del verano" (Olivier Assayas). Una ruptura generacional que lleva a Silvia a haber sido ignorada durante toda su vida por una madre que también vive anclada en un pasado no superado ya sea por la necesidad de saber como por el ensordecedor rencor que guarda hacia Martín, acusado de ponerse a salvo en Europa mientras sus compañeros revolucionarios caían con honor.
O a Pablo a enfrentarse con el dilema de recuperar una Historia para o bien acabar repitiéndola o bien conseguir superarla. Aquí no se habla de olvidar, pero sí de interiorizar para sobreponerse, aceptar para superar: clara alusión a las fosas comunes de aquella, o cualquier otra dictadura.
Suma y sigue. Cuando el peso de la responsabilidad está presente surge otro aún mayor: el de la Verdad. ¿Basta con asumir el pasado o también hay que rendir cuentas con una verdad que puede haberse ido deteriorando con el paso del tiempo hasta quedar sepultada en una historia mucho más "presentable"?
Parece necesario que los auténticos hechos trasciendan la intimidad de Martín, Raúl y los huesos de Ezequiel, pero no está tan claro que eso vaya a traer la paz de conciencia a unos hombres que llevan 30 años sin poderse mirar al espejo.

De todo esto y mucho más (sólo hay que ir rascando) habla Isaki Lacuesta en "Los Condenados". Y lo hace con una película -su tercera y primera totalmente de ficción- de formas aparentemente discretas pero contundentes, usando una narrativa visual acorde con lo pantanoso de lo que cuenta.
Por ello recurre a una fotografía y puesta en escena que en momentos es reseca (con paisajes casi lunares), en otros tropical (la humedad del ambiente se visualiza en una vegetación que literalmente cae como la culpa sobre los personajes), en otros oscura (e iluminada por velas) y a una planificación concienzuda, en todo momento nutritiva, sin un plano de más ni un movimiento en falso.
Todo cuadra maravillosamente, todo contribuye a configurar el paisaje en continuo desarrollo, desde la simple presencia de sus actores (Bárbara Lennie es capaz de aguantar un primer plano/monólogo de más de siete minutos dotándolo de una tensión dramática en aumento) hasta el uso de una música que a ratos es planeadora (los drones de los que hablaba) y a ratos parece escrita para un western crepuscular.

Se ha insistido mucho en lo sorpresivo de un final que da un pretendido giro argumental y estilístico. No: aun sin saber muy bien por qué pasa lo que pasa, da la sensación que ese podía ser el único final. La culminación moral más lógica de un personaje que enfrentado definitivamente a la verdad (en el único momento en 30 años que se le pida que mienta, no consigue hacerlo) se pasa toda una vida buscando y al final deja de hacerlo, evaporado entre las brumas entre las que desaparece la propia película.

Isaki Lacuesta crea un mundo inagotable que une "Remordimiento" (Ernst Lubitsch), "Tropical Malady" (Apichatpong Weerasethakul), "Aguirre, la cólera de Dios" (Werner Herzog), "La hora de los hornos" (Pino Solanas) y "El sur" (Víctor Erice) con sus propias creaciones (especialmente "La leyenda del tiempo") en un relato apasionante con el que va camino de convertirse en lo mejor que podía pasarnos en nuestra industria.
Imprescindible.

9'5/10

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