Año tras año, desde la cadena ABC, emisoria oficial de la gala de entrega de los premios Oscar, se promete que la ceremonia será original y rompedora, renovará hasta sus cimientos y, sobre todo, será más corta que la anterior.
Y año tras año, se incumplen todas y cada una de las promesas.
El reclamo de esta edición fue la inesperada elección de Hugh Jackman como presentador. El hombre más sexy de la tierra (vivo) parecía una apuesta tan temeraria y arriesgada como lo fue la del pasado año (Jon Stewart), pero al final, poco importa el rostro o la personalidad del
host: en la gala se transformará en el mismo pelele de siempre, y desde luego no paliará los males endémicos que llevamos sufriendo desde que tengo uso de razón.
Y eso que, todo hay que decirlo, Jackman estuvo espléndido de principio a fin, lo cual tampoco es de extrañar sabiendo que en su currículo aparecen numerosos trabajos similares en su Australia natal.
Gracias al encanto y la voluntariedad de Lobezno, y a un comienzo realmente espectacular en clave musical que repasaba el año cinematográfico en versión
sweded (en clara alusión, por tanto, a "
Rebobine, por favor"), no fuimos pocos los que comenzamos a albergar cierta esperanza en un cambio de modelo, o por lo menos de duración. Esperanza que ganaba enteros con la vertiginosidad de los primeros premios, que se entregaron uno tras otro con rigor militar a excepción del de la categoría a mejor actriz de reparto, que debido a la ausencia de Bardem se entregó tras un emotivo ejercicio de autocomplaciencia y onanismo. Cinco generaciones distintas de oscarizadas actrices fueron alabando una por una a las nominadas, emocionadísimas todas ellas.

Pese a la excesiva duración de todo ello y a la amenaza que suponía una posible repetición del recurso, la entrega de dicha estatuilla albergaba una gran sorpresa, por lo que la cosa tuvo pase. Y es que nada más empezar la ceremonia ya teníamos a nuestra Pé subida al escenario, recibiendo el premio a la mejor actriz secundaria por su trabajo en "
Vicky Cristina Barcelona" (que a la chita callando, se ha acabado erigiendo como uno de los grandes éxitos de Allen).
La emocionada actriz tuvo palabras de agradecimiento para todo el mundo, y las expresó en un inglés de dudosa calidad pero con un
savoir faire encomiable.
Al poco rato, otra sorpresa: mejor guión original para "
Mi Nombre es Harvey Milk" (escrito por un jovencísimo Dustin Lance Black), película que apenas contaba en las quinielas de medio mundo y que desde ese momento se convirtió en una seria aspirante a algún que otro premio más gordo...
Las cosas comenzaron a cambiar con el siguiente galardón, correspondiente a la categoría de mejor guión original. Este era el que daba el pistoletazo de salida al duelo "
Slumdog Millionaire" versus "
El Curioso Caso de Benjamin Button", y como era de esperar, comenzó el festival de Danny Boyle.
A partir de aquí, la ceremonia se instaló oficialmente en la previsibilidad más absoluta, y conforme se iba rindiendo a los pies de éste último se iba restando la poca emoción que ya de por sí albergaba uno de los duelos más descafeinados de los últimos años.

Aunque quizás el mayor problema de la gala se debió a la errónea organización de la misma. Tras un comienzo en el que quemaron demasiado rápido un par de cartuchos importantes, la extensa parte central se movió entre galardones de nulo interés (que premiaron más de lo mismo), presentaciones demasiado largas y números musicales menos logrados que el inicial, resultando especialmente decepcionante (y repito, no por Jackman) el popurrí de películas míticas que se llevó a cabo con la oronda Beyoncé como estrella invitada.
Solamente las puntuales apariciones de Jack Black (acompañado de una Jennifer Aniston radiante para alegría de Brangelina), Ben Stiller a lo Joaquin Phoenix o Seth Rogen y James Franco (cuyo gag resultó poco menos que antológico) lograban levantar el ánimo de una monótona ceremonia que conforme avanzaba entre publicidad y publicidad se iba cobrando más víctimas del sueño, entre las que se incluyeron algunos asistentes a la ceremonia.
Fue en algún punto intermedio cuando se entregó el premio al malogrado Heath Ledger. Este punto tenía especial interés por ver cómo reaccionaría la Academia y los invitados ante tan delicado punto, y lo cierto es que, contrariamente al oportunismo de tres al cuarto de los Globos de Oro, la dirección de los Oscar fue lo suficientemente inteligente como para no permitir más concesión que la de hacer subir a la familia del actor a recoger la estatuilla. Otra cosa es la desmedida reacción de todos los presentes, llorando a moco tendido como si Ledger (de quien por cierto ahora parece que todas sus películas sean obras maestras) fuese el mejor amigo de Pitt, Penn, o Winslett. En fin...
Considerando tal homenaje como más que suficiente, al fin y al cabo se premiaba una labor que podría discutirse, el rostro de Heath Ledger no apareció en el vídeo de
in memoriam, dando bola a otros fallecimientos tan o más trágicos para la historia del cine como son los de Paul Newman, Pollack, Minghella, Crichton, o Stan Winston. Bien por la Academia en este sentido, mal por repetir la fórmula empleada con Penélope Cruz para esta categoría, pues resultó realmente difícil de aguantar.
Al fin se acercaba la conclusión de una larga y repetitiva ceremonia, y ya sólo quedaban por dar los premios más importantes, y aquí la Academia aún se guardaba un par de cartas en la manga.
La sorpresa volvió a saltar cuando el Oscar a la mejor película extranjera no fue a parar a la (sobrevaloradísima) "Vals con Bashir", sino a "Departures", cinta japonesa de un hilarante Yojiro Takita que de bien seguro podremos ver por estos lares en breve.

Inmediatamente después, y tras el premio a mejor actriz en que Sophia Loren, Shirley MacLaine, Nicole Kidman, Halle Berry y Marion Cotillard se lo dieran inmerecidamente a Kate Winslet, la gran petardada. Cuando todos daban por hecho el reconocimiento a Mickey Rourke por su fantástica labor en la no menos fantástica e injustamente olvidada "
El Luchador" (y más a tenor de la previsibilidad de todos y cada uno de los premios), los cinco actores de turno (De Niro, Hopkins, Brody, Kingsley y Douglas) en su ya habitual
lameculismo mutuo llamaron a escena a Sean Penn, quien se hacía con su segundo Oscar, en esta ocasión por su labor en "
Mi Nombre es Harvey Milk". La cara de Rourke, escondido tras unas gafas de sol de lo más llamativas, era todo un poema: o bien estaba durmiendo, o bien tenía tantas ganas de disparar a alguien como las habían tenido antes Robert Downey Jr. y Philip Seymour Hoffman.
Tras tan reprobable decisión, huelga decir que "
Slumdog Millionaire" se hizo con el mejor director y mejor película, lo cual incluyó la previsible subida al escenario de todo el equipo de la misma, lo cual daba por concluida una ceremonia que no pasará a la historia.

Reflexiones post-galaSi algo se puede sacar de todo lo vivido anoche es la dualidad de raciocinio a la que la Academia parece abocada en los últimos años.
Mientras que por un lado busca la sorpresa separándose de toda lógica y resto de galardones (Globos, Osos y demás), y premiando trabajos de dudosa calidad, se trata de una línea de actuación tomada a cuentagotas y rápidamente tapada por una deducción mucho más conservadora e igualmente irritante.
De este modo, la Academia premia (prácticamente) siempre todo lo relacionado con minorías, denuncia social, racismo, o simple color de piel distinto, con el ánimo de contentar a todos y curarse en salud, evitando ser tachada de racista. El miedo de tales acusaciones es tal, que durante toda la ceremonia se busca siempre una balanza equilibrada entre razas, que además se mezclen entre ellas haciendo que, en palabras pobres, un blanco elogie el trabajo de un negro, y viceversa.
Este año lo ha tenido todo a huevo, pues la aparición de la cinta de Boyle, que no es ninguna maravilla, ha puesto en bandeja una premiación alterada que en ningún caso ha preferido la calidad por encima del panfletismo barato.
Sólo había que ver las imágenes de los pueblos indios pegados a la pantalla de televisión, la esperanza traducida en película, para entender por qué ha sido esta y no otra la ganadora de la edición de los premios.

Pero además, en esta ocasión la cosa ha ido más allá, y el temor ha alcanzado niveles más sobrenaturales, valorando en medida de lo posible todo lo relacionado con recientes defunciones. Sólo así se explica el reconocimiento (y próxima canonización) de Heath Ledger, actor que antes de "Brokeback Mountain" era despreciado por propios y extraños, salvo jovencitas prepúberes, y que ahora resultaba ser el mejor de su generación. Al margen de que su labor como Joker sea fantástica, que lo es, a nadie se le escapa que no es mejor que la del poderoso Seymour Hoffman, y de hecho, de no haberse dado tales circunstancias, un papel semejante ni siquiera hubiera sido considerado (como demuestra que la película en sí, "
El Caballero Oscuro", haya sido excluida de las categorías principales, aún siendo la mejor con diferencia de las nominadas).
En otro orden de cosas, esta premiación ha servido para confirmar que además de todo lo recién expresado, la Academia se rige por su historia, lo cual implica valoraciones basadas en injusticias anteriores. Si una actriz ha sido nominada en diversas ocasiones, y privada inexplicablemente de la estatuilla, para su próximo papel ganará sí o sí, independientemente de que, también es casual, justamente en esa ocasión no lo merezca. Obviamente, tal es el caso de Kate Winslet, pero también lo es de Marisa Tomei, cuya leyenda urbana ha ayudado seguramente a que quedara por detrás de Pé.
Y por último, ha destacado también el carácter continuista y poco arriesgado de los votantes. Que Mickey Rourke sea el justo ganador del premio poco importa, pues de lo que se trata es de luchar contra el pasado y el futuro. De nada sirve que el actor de "Nueve Semanas y Media" difícilmente vuelva a ser nominado en el futuro, si se le puede dar el Oscar a otro que aparece siempre en las listas y que ya ha ganado con anterioridad. Anclados en el pasado, en su pasado propio, los votantes no podían premiar la novedad, tenían que quedarse con la misma vieja canción, algo que viene repitiéndose año tras año con raras excepciones. Es como si se pensara que un actor primerizo en esto de las nominaciones se contentara con justamente eso, la nominación.
A falta de una revolución, necesaria a todos los niveles, los aficionados tendremos que conformarnos con exageradas pasiones traducidas en vertiginosas acumulaciones de galardones, desprestigios injustificables, y premios políticos; atrás quedan los tiempos en que, realmente, los Oscar valoraban lo mejor de cada año.
Al menos, cada año van todos más guapos y guapas. Aferrémonos a eso.
