Aprovechando la reciente confirmación de la puesta en marcha de "28 Meses Después", tercera entrega de los primeros "28 Días Después" que dirigió con éxito el oscarizado Danny Boyle, recuperamos su inmediata secuela a cargo de Juan Carlos Fresnadillo, estrenada en verano del 2007 y protagonizada por Robert Carlyle y Rose Byrne (a quien veremos en breve en "Señales del Futuro").Los motivos de que, tras el éxito de la primera parte, pasaran nada menos que cinco años antes de que pudiéramos saber más de lo ocurrido en la Gran Bretaña infectada, probablemente deban buscarse en la complejidad que entrañaba el proyecto que ahora nos ocupa. Y es que la sorpresa que supuso aquella, la mejor película de Boyle hasta la fecha y rápidamente colocada entre las mejores películas de terror de todas las listas imaginables, hacía de "28 Semanas Después" una película muy difícil ya desde su propia concepción: si la presión de realizar una segunda parte ya es lo suficientemente intensa de por sí por aquello de que nunca las segundas partes fueron buenas, peor aún si debe enfrentarse a la que ha revalorizado el género de terror y se ha llevado alabanzas de público y crítica por igual.
Pues oigan, asumiendo todo ello, nuestro Fresnadillo, contratado para la ocasión tras la interesante "Intacto", escribe (junto a otras seis manos) y dirige esta secuela sin arrugarse ante complejo alguno, construyendo una película que no sólo echa por tierra la coletilla recién citada, sino que rivaliza directamente con "28 Días Después", hasta el punto de resultar realmente arduo decantarse por una u otra.

Un comienzo arrollador deja claras las intenciones del cineasta tinerfeño. Violenta, explícita, hiperactiva y sin concesiones (no se encariñen con ninguno de los protagonistas), la introducción de "28 Semanas Después" se convierte en un doble juego de homenaje y blasfemia, tanto en relación al género en que se ubica como a su predecesora (que ya supuso en su día un ejercicio de renegada veneración al cine de Romero y siguientes).
Una casa de campo habitada por los supervivientes de la catástrofe; ventanas y puertas bloqueadas con toscas barras de madera; y una calma tensión respirable en cada fotograma. Se presagia lo peor. Y lo peor llega en base al acoso de los infectados con el virus de la ira, estallando ventanas y partiendo barreras, arañando y mordiendo (contagiando) pero eso sí, corriendo como leones.
A partir de este prólogo, de inusitada crueldad, la película se sitúa seis meses después, cuando el ejército de los Estados Unidos declara que ha ganado la guerra contra la infección, y que puede comenzarse la reconstrucción del país. Lógicamente, las cosas no tardan en volverse a torcer, mediante una nueva muestra de aprensión emocional (y visual), lo que provoca una nueva lucha por la supervivencia, una vuelta al survival que, lógico, va mucho más allá de la mera narración para hilvanar un discurso sobre la unidad familiar, el amor, la sociedad, el ejército y los intereses políticos (curiosamente, lo que menos asusta acaban siendo los infectados). Por tanto, el every man for himself presente desde los primeros compases de manera individual, adopta un matiz masificado, construyéndose de manera más compleja conforme van introduciéndose temáticas que incluyen desde encontrados puntos de vista, a vengativos actos de amor traicionado. Afortunadamente, el espectador puede hallar un clavo ardiente al que aferrarse en la dualidad moral propuesta por Fresnadillo y compañía, que no suprimen por completo la figura del héroe para la lucha entre bien y mal, sean lo que sean cada uno de los bandos. Y es que por limitada que sea, la bondad de unos es necesaria (aunque insuficiente) para despertar ese atisbo de esperanza necesaria para contrarrestar el deshecho anímico que provoca la película a lo largo de sus noventa y pocos minutos.
El mismo discurso doble puede aplicarse a la personalidad de Fresnadillo director, consciente en todo momento del bagaje previo instaurado por la primera entrega, explícita y expresamente deudor de él. Así, optando por una línea formal aparentemente continuista, el director logra hacerse con una personalidad propia mezclando géneros y estilos. Videoclip, documental, superproducción y casi dogmatismo puede hallarse en esta ecléctica obra excesivamente dannyboylista en numerosos momentos, pero no menos grandiosa en otros, la mayoría de ellos justamente en choque directo con el director de "Slumdog Millionaire" como demuestra un deje mucho más manifiesto por el gore explícito (y clásico, en lo que a esta clase de cine se refiere).
Cambiando de tercio, y relegado a un papel secundario aunque no menos importante, cabe destacar el trabajo de John Murphy, encargado de la música, y del equipo de sonido en general. Tratándose de una cinta tan atípica, una macroproducción tratada desde lo pequeño, un drama del individuo extrapolado a 15000 personas, el apartado sonoro resulta exquisito en su juego de silencios y explosiones, logrando momentos de absoluta épica, se trate o no de momentos de acción propiamente dicha.
Poco más queda por decir de "28 Semanas Después". Juan Carlos Fresnadillo ha logrado lo imposible, igualando o incluso superando la anterior obra maestra del cine de terror con una trepidante y descorazonadora confluencia de sentimientos y sensaciones. No apta para aprensivos de ningún tipo (visual o anímico), atrapa a los que se enfrenten a ella desde el primer minuto con una trama clásica, para cumplir su función de homenaje, pero a la vez fresca y terrible.
Todo para concluir con un epílogo criticado por muchos, y puede que de obligación, pero que a un servidor no le ha parecido más que una última abierta confesión de amor por el exploit y la clásica serie B de acción/terror. Un guiño que da por concluido un espectáculo magnífico de auténtica ovación.
9/10
Y por cierto, he escrito toda esta parrafada sin hacer uso de la palabra zombie, puesto que no aparece ninguno en pantalla. La propia película se encarga, como ya hiciera su predecesora, de llamarlos infectados, y de ahí que su comportamiento sea diferente en varios aspectos. Cualquiera que piense en los clásicos monstruos torpes de Romero estará cayendo en error.

















