
Tras su desigual acogida en el pasado festival de Cannes, la obra más ambiciosa de Alejandro Amenábar se estrena en España viendo recortados sus más de 140 minutos a poco más de dos horas. Y si al leer esta noticia alguno de los lectores ha suspirado aliviado, que borre esa sonrisa de su cara lo antes posible, aunque tampoco me malinterprete: ciertamente, se agradece no tener que soportar todavía más de su ya de por sí fallido montaje final.
Dos escenas, tal vez los dos picos de atrevimiento de todo el arriesgado conjunto, sirven para definir pros y contras de "Ágora", epopeya peplum donde Rachel Weisz asume el papel de Hipatia, matemática, filósofa y astrónoma de la Alejandría pre-decadente.
Se trata de dos breves fogonazos situados a modo de focos elípticos para la película, que desvelan las verdaderas intenciones del director de "Mar Adentro" por más que éste se oculte tras el novelizado biopic de la científica más grande que nunca conocimos.
En el primero de ellos asistimos a un plano cenital en el que, a doble velocidad (sic), un gran grupo de humanos se mueve con total desorden, similar a poco más que un puñado de hormigas si se observa desde los posibles ojos de una entidad superior sobrestante. En la segunda es esta vez el plantea Tierra el que parece una mera mota de polvo en medio del Universo, lo que hace que nos preguntemos qué consideración podrían tenernos los dioses (o extraterrestres) en los que se basan las diversas religiones; la respuesta la encontramos en el corte inmediatamente posterior, donde los borregos ocupan la pantalla poco antes de que progrese el desarrollo de la trama.

Como decía, desmenuzando con algo más de interés las mencionadas secuencias, nos encontramos cara a cara con el efecto bipolar que azota constantemente a la película.
La parte positiva de la balanza radica en que Amenábar y Gil (ambos, escritores del guión) no se limitan al simple biopic siguiendo a un personaje durante toda la historia. Aquí, Hipatia aparece y desaparece de pantalla en función de los acontecimientos acaecidos en Alejandría, mucho más relevantes. El tándem de cineastas prefiere, por tanto, dar el mismo peso tanto a la vertiente individual (personificada en Weisz) como a una mucho más global referida al periodo de cambio por el que pasó la ciudad egipcia a lo largo del siglo IV, cuando se desmoronaba el imperio romano y se enfrentaban las diversas religiones entre sí. Por ello, se trata de dos escenas en las que la actriz principal ni aparece, y ambas provienen de alguna muestra de tensión social, siendo la primera una secuencia de ataque por parte de los cristianos a la sociedad pagana.
En otro orden de cosas, destaca en ellas más que en ninguna otra cierto esfuerzo por parte de Amenábar por hacer de "Ágora" una cinta arriesgada también en sentido formal, que resulte al mismo tiempo actual y añeja, que homenajee al peplum clásico con un discurso aplicable hoy en día. La distorsionada velocidad se funde así con los efectos especiales de última generación (juegos de zoom al estilo Google Earth), en dos escenas anacrónicas y rompedoras, que se convierten además en los únicos momentos en que de verdad parece que el director nos esté ofreciendo su trabajo más personal y esforzado (mejor evitaremos cualquier teoría sobre complejos de divino-megalómanos de Amenábar).

Ahora bien, como no todo lo que reluce es oro ambas escenas son a su vez un ejemplo perfecto de las mortales heridas por las que se desangra la película. En ambas ocasiones se muestra ante todo un desbordante maniqueísmo propio de rencillas personales (¿entre director y religión?), sensaciones que no desaparecen en ningún momento de la película y que, al margen de su posible justificación histórica, echan por tierra cualquier posibilidad de mensaje serio, cuidado y estudiado. No, aquí los cristianos son todos unos bárbaros hijos de puta, mientras que cualquier otra religión es retratada como civilizada, estudiosa y abierta al debate y sentido común. Convendría recordar que hasta las mejores familias guardan secretos, pero en "Ágora" está incluso bien vista la esclavitud, siempre y cuando sea pagana y/o politeísta.
También suponen un golpe bajo en lo que al propio guión se refiere. Por la descripción antes tratada, más de uno pensará en cierta prepotencia por parte del visionario director, y por extensión de toda la obra. Efectivamente, cada diálogo es un intento por superar al anterior y poco importa que quien hable sea un grupo de beligerantes ciudadanos aprovechando momentos de reposo, siempre se tratará una teoría filosófica o astronómica. Eso siempre que no sean los cristianos de a pie, claro. Ellos son burros, y como botón de muestra quedémonos con las escenas cercanas a la conclusión, en que durante varios minutos sólo salen de su boca lindezas como puta y bruja sin importar demasiado a quién vayan dirigidas.
Pero sobre todo, si hay algo que puede sacarse en claro (y que de nuevo vuelve a reflejarse principalmente en la segunda de las secuencias) de "Ágora" es lo mal que pueden llegar a sentar a veces los recortes posteriores a la conclusión de la película.
Personajes que desaparecen sin dejar huella, saltos temporales desconcertantes que se comen momentos decisivos, evoluciones físicas (léase barbas o distinta cabellera) que acaban por condenar al espectador a un juego de quién es quién... todo ello sucede en repetidas ocasiones, siendo especialmente sangrante la introducción de un texto explicativo a media película para explicar en pocos segundos un salto de varios años (aunque ésa bien podría ser una desafortunada elección voluntaria). Pero aún resulta confirmar que, al margen de esos posibles problemas de re-montaje, el propio Amenábar hace gala de una dirección bastante tosca, con desconcertantes decisiones artísticas que, junto al desigual apartado artístico, inyectan en "Ágora" cierto aroma rancio de producción barata
Una de cal y dos de arena; así es "Ágora", una película de interesantes mensajes y brillantes premisas, ya sea a niveles personales (el que se decanta por una u otra religión en función del dios que le otorgue primero a su amada, por ejemplo) como más agregados (la volatilidad de las masas), que sin embargo caen en saco roto ante tan grandes lagunas.
Porque además de su accidentada edición, tampoco puede pasarse por alto que ni emociona nunca (salvo en sus últimos segundos, el resto se hace muy aburrido) ni cuenta nada, al no acabar de decantarse por ninguna de las dos vertientes argumentales y dejando todo en un estrato totalmente superficial y carente de interés.
Y por favor, llamamiento a todo director que pueda pasarse por este blog: basta ya de bandas sonoras a base de voces melodramáticas y melodías melosas. Si la idea es insuflar más sobriedad y gravedad, lo único que consiguen es aumentar la sensación de tedio y remitir descaradamente a los sobados acompañamientos musicales de "Gladiator", "El Señor de los Anillos" o la serie "Héroes". Y eso no es decir nada a su favor, precisamente...
4/10
Dos escenas, tal vez los dos picos de atrevimiento de todo el arriesgado conjunto, sirven para definir pros y contras de "Ágora", epopeya peplum donde Rachel Weisz asume el papel de Hipatia, matemática, filósofa y astrónoma de la Alejandría pre-decadente.
Se trata de dos breves fogonazos situados a modo de focos elípticos para la película, que desvelan las verdaderas intenciones del director de "Mar Adentro" por más que éste se oculte tras el novelizado biopic de la científica más grande que nunca conocimos.
En el primero de ellos asistimos a un plano cenital en el que, a doble velocidad (sic), un gran grupo de humanos se mueve con total desorden, similar a poco más que un puñado de hormigas si se observa desde los posibles ojos de una entidad superior sobrestante. En la segunda es esta vez el plantea Tierra el que parece una mera mota de polvo en medio del Universo, lo que hace que nos preguntemos qué consideración podrían tenernos los dioses (o extraterrestres) en los que se basan las diversas religiones; la respuesta la encontramos en el corte inmediatamente posterior, donde los borregos ocupan la pantalla poco antes de que progrese el desarrollo de la trama.

Como decía, desmenuzando con algo más de interés las mencionadas secuencias, nos encontramos cara a cara con el efecto bipolar que azota constantemente a la película.
La parte positiva de la balanza radica en que Amenábar y Gil (ambos, escritores del guión) no se limitan al simple biopic siguiendo a un personaje durante toda la historia. Aquí, Hipatia aparece y desaparece de pantalla en función de los acontecimientos acaecidos en Alejandría, mucho más relevantes. El tándem de cineastas prefiere, por tanto, dar el mismo peso tanto a la vertiente individual (personificada en Weisz) como a una mucho más global referida al periodo de cambio por el que pasó la ciudad egipcia a lo largo del siglo IV, cuando se desmoronaba el imperio romano y se enfrentaban las diversas religiones entre sí. Por ello, se trata de dos escenas en las que la actriz principal ni aparece, y ambas provienen de alguna muestra de tensión social, siendo la primera una secuencia de ataque por parte de los cristianos a la sociedad pagana.
En otro orden de cosas, destaca en ellas más que en ninguna otra cierto esfuerzo por parte de Amenábar por hacer de "Ágora" una cinta arriesgada también en sentido formal, que resulte al mismo tiempo actual y añeja, que homenajee al peplum clásico con un discurso aplicable hoy en día. La distorsionada velocidad se funde así con los efectos especiales de última generación (juegos de zoom al estilo Google Earth), en dos escenas anacrónicas y rompedoras, que se convierten además en los únicos momentos en que de verdad parece que el director nos esté ofreciendo su trabajo más personal y esforzado (mejor evitaremos cualquier teoría sobre complejos de divino-megalómanos de Amenábar).

Ahora bien, como no todo lo que reluce es oro ambas escenas son a su vez un ejemplo perfecto de las mortales heridas por las que se desangra la película. En ambas ocasiones se muestra ante todo un desbordante maniqueísmo propio de rencillas personales (¿entre director y religión?), sensaciones que no desaparecen en ningún momento de la película y que, al margen de su posible justificación histórica, echan por tierra cualquier posibilidad de mensaje serio, cuidado y estudiado. No, aquí los cristianos son todos unos bárbaros hijos de puta, mientras que cualquier otra religión es retratada como civilizada, estudiosa y abierta al debate y sentido común. Convendría recordar que hasta las mejores familias guardan secretos, pero en "Ágora" está incluso bien vista la esclavitud, siempre y cuando sea pagana y/o politeísta.
También suponen un golpe bajo en lo que al propio guión se refiere. Por la descripción antes tratada, más de uno pensará en cierta prepotencia por parte del visionario director, y por extensión de toda la obra. Efectivamente, cada diálogo es un intento por superar al anterior y poco importa que quien hable sea un grupo de beligerantes ciudadanos aprovechando momentos de reposo, siempre se tratará una teoría filosófica o astronómica. Eso siempre que no sean los cristianos de a pie, claro. Ellos son burros, y como botón de muestra quedémonos con las escenas cercanas a la conclusión, en que durante varios minutos sólo salen de su boca lindezas como puta y bruja sin importar demasiado a quién vayan dirigidas.
Pero sobre todo, si hay algo que puede sacarse en claro (y que de nuevo vuelve a reflejarse principalmente en la segunda de las secuencias) de "Ágora" es lo mal que pueden llegar a sentar a veces los recortes posteriores a la conclusión de la película.
Personajes que desaparecen sin dejar huella, saltos temporales desconcertantes que se comen momentos decisivos, evoluciones físicas (léase barbas o distinta cabellera) que acaban por condenar al espectador a un juego de quién es quién... todo ello sucede en repetidas ocasiones, siendo especialmente sangrante la introducción de un texto explicativo a media película para explicar en pocos segundos un salto de varios años (aunque ésa bien podría ser una desafortunada elección voluntaria). Pero aún resulta confirmar que, al margen de esos posibles problemas de re-montaje, el propio Amenábar hace gala de una dirección bastante tosca, con desconcertantes decisiones artísticas que, junto al desigual apartado artístico, inyectan en "Ágora" cierto aroma rancio de producción barata
Una de cal y dos de arena; así es "Ágora", una película de interesantes mensajes y brillantes premisas, ya sea a niveles personales (el que se decanta por una u otra religión en función del dios que le otorgue primero a su amada, por ejemplo) como más agregados (la volatilidad de las masas), que sin embargo caen en saco roto ante tan grandes lagunas.
Porque además de su accidentada edición, tampoco puede pasarse por alto que ni emociona nunca (salvo en sus últimos segundos, el resto se hace muy aburrido) ni cuenta nada, al no acabar de decantarse por ninguna de las dos vertientes argumentales y dejando todo en un estrato totalmente superficial y carente de interés.
Y por favor, llamamiento a todo director que pueda pasarse por este blog: basta ya de bandas sonoras a base de voces melodramáticas y melodías melosas. Si la idea es insuflar más sobriedad y gravedad, lo único que consiguen es aumentar la sensación de tedio y remitir descaradamente a los sobados acompañamientos musicales de "Gladiator", "El Señor de los Anillos" o la serie "Héroes". Y eso no es decir nada a su favor, precisamente...
4/10



















