Crítica de "El cónsul de Sodoma", por John Blutarsky

La figura de Jaime Gil de Biedma es de sobras conocida. Fue uno de los más destacados poetas de la nueva generación literaria de los 50, perteneciente a eso que se llamó "Escuela de Barcelona"; un tipo de vida agitada, simpatizante de los principios del comunismo, homosexual irredento en una época de lo más turbulenta y artista crítico con la sociedad que le tocó habitar.
Por eso, enfrentarse a su vida cámara en mano no era moco de pavo, y visto lo visto en "El cónsul de Sodoma", la primera "Jaime Gil de Biedma: The Movie" oficial, el resultado ha ido como cabría esperar: la última película de Sigfrid Monleón (director de "La isla del holandés") es floja, floja.
Porque "El cónsul de Sodoma" es un cine que, cual Benjamin Button, nace viejo. Es lo primero que observamos cuando empieza la película, y la sospecha se nos van confirmando a medida que pasan los minutos. A pesar de sus ambientes escabrosos (la cosa se abre en una Manila que efectivamente es una auténtica Sodoma: orgías, apuestas sexuales -¿ein?-, prostitución, ...), todo el trabajo formal de realización, fotografía, montaje, evoca un ambiente más viejuno que antiguo, más anticuado que añejo, girando entorno a una órbita como la del Visconti de "La muerte en Venecia" y claramente mirando a una cierta decadencia fassbinderiana... que lleva muerta 30 años. Nada que ver con la pirueta postmoderna de "Malditos Bastardos", no me jodan.

Que sí, que ese tratamiento visual y ambiental, e incluso el concepto de "decadencia moral" en una sociedad que no acepta a los "maricones" cuando la auténtica enferma es la propia sociedad, es muy de Fassbinder. Pero la furia y el nervio del alemán no está ahí, en "El cónsul de Sodoma" faltan tripas, corazón, sangre que corra por sus venas y toneladas de espíritu.
Alma. Ese es el gran hueco de la película, su gran defecto. El de la auténtica pasión. Que nadie confunda frenesí sexual y agitación amorosa con pasión. Que un personaje a contracorriente no es suficiente para mover una película entera. Que una recreación de cierto tiempo convulso tampoco. Que unas escenas de tono subido, menos.




De este modo, la película pretende ser el diario personal de un hombre desnortado pero terriblemente lúcido en su análisis ácido de las instituciones sociales. El problema es que se nos relatan estos hechos de manera algo dispersa, intentando Monleón imprimir personalidad, pero al final sin poder evitar caer en la convencionalidad, y termina convirtiendo su película en un biopic al uso, especialmente en su último tramo, cuando el poeta ya está en edad avanzada y, tras enterarse de que padece SIDA, ordena su vida y a sus amigos. Sólo el último plano -atención: culo del nuevo novio de Gil de Biedma bailando desnudo con calcetines blancos a ritmo de Pet Shop Boys- consigue, en su buscada fealdad, recuperar un cierto pulso iconoclasta.
Porque el resto de la película lo es, o lo intenta. Ser iconoclasta, me refiero: dada esa falta de espíritu de la que hablaba, Monleón intenta dotar a su personaje de humanidad buscando los rincones más oscuros de su persona, hurgando en su mierda más oculta. No conozco los recovecos morales que escondía la personalidad de Gil de Biedma, pero sospecho que al final en lo que cae es en el amarillismo. En un morbo que para colmo queda más acentuado con el uso, como eje vertebrador de la trama, de la voz en off del personaje recitando sus propios poemas. El resultado es obvio: dicho off, pese a lo fuera de contexto que se encuentra toda esa colección de poemas reales, termina siendo la parte con más valor literario de toda la película. Pero claro, el mérito no es precisamente del guionista.
Y al final, la película reúne sus mejores cualidades en su aspecto formal. En este sentido Monleón demuestra habilidad para contextualizar la historia. Traslada la acción de Barcelona a Manila en varias ocasiones y muestra los distintos ambientes con un trabajo de reconstrucción solvente (vestuario, localizaciones).
Pero renquea en general en dotar a todo ello de consistencia a través de su realización, bien definida pero al fin y al cabo acartonada. Sí hay que concederle algún buen momento, y alguna secuencia interesante, como la última en la que aparece Bimba Bosé, que explica los hechos de manera sensible y posee un montaje sutil y elegante... eso sí, coronado todo ello por un plano excesivamente explicativo y otro que implica un espejo y que cae en  (¡yaj!) la poesía barata.
Y también hay que reconocer que acierta en su retrato de la alta burguesía catalana y en desubicar de ella a su protagonista, descolocado por el hecho de haber nacido en una familia apoderada -gracias a la explotación de la industria tabacalera con manufactura en Filipinas-, pero con un alma rebelde e inquieta que le coloca al lado de sus amigos literatos y en ambientes sórdidos de liberación sexual.
 

 
 Se sentirá reconfortado quien quiera ver la película como una historia desarrollada en una España que practicaba alegremente el tiro al comunista e infectada por un cazurrismo franquista con una terrible fobia al Marx que tan orgullosamente tomaban como héroe algunas clases inconformistas (y primeras muestras de la pijoprogresía actual: "vosotros lo que tenéis es miedo de descubrir que en el fondo sois de derechas", se dice con acierto al grupete de colegas literatos en un momento de la película). Se sentirá satisfecho también quien quiera reconocer caras del panorama literario nacional español de los años 50 a 70 (por ahí pululan los amigos de Gil de Biedma Juan Marsé y Carlos Barral). Pero los demás probablemente se queden entre fríos y algo asqueados al no poder hincar diente en una película que no tiene mucho más.
Ni siquiera el apartado interpretativo está a la altura. Jordi Mollà, que se ha apuntado tanto en forma de nominación al Goya, no deja de ser un tuerto en un país de ciegos, y qué os voy a contar, he visto imitadores de Antonio Gala que estaban mejores que Mollà como Gil de Biedma. Los demás, todos los habituales de un hipotético "star system català" principalmente orquestado por Televisió de Catalunya, caras reconocibles de mil y un seriales televisivos marca TV3. Y de ahí no pasa la cosa, del serial televisivo: están todos los defectos acostumbrados y los tics de siempre, a saber, sosez susurrante, declamaciones exageradas y apatía inexpresiva.

Al final, "El cónsul de Sodoma" no es nada más que la película-polémica de la temporada. Una polémica absurda en su escandalización a las mentes bienpensantes (la escenas de sexo explícito ya son una inevitable y aburrida cuota de morbo que tienen que pagar todas las películas españolas), pero más grave en cuanto a que se toma una serie de licencias hacia la persona y su entorno (1) y se contenta con ello, sin ofrecer casi nada más al resto de mortales, a los que esperábamos ver una buena película sobre un personaje magnético e históricamente potente.

4/10
 
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(1) Nunca hay que hacer demasiado caso a las opiniones de los implicados, pero para quien quiera seguir haciendo sangre, ahí queda esto: varios de los allegados de Gil de Biedma no han querido ni ver la película. Los que sí lo han hecho, caso de Juan Marsé, han declarado cosas como La película es peor que mala. Es una ofensa a la memoria del poeta por su estupidez y su grosería, algo que va más allá de su absoluta insolvencia cinematográfica. (...) Me resulta grotesca, ridícula, falsa, inverosímil, sucia, pedante, dirigida por un fallero incompetente y desinformado, mal interpretada, con diálogos deplorables. Es una película desvergonzada, de título infamante y producida por gente sin escrúpulos, según recoge El País.

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