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Crítica de "El retrato de Dorian Gray", por el Capitán Spaulding

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A Dorian Gray, su retrato o su leyenda los hemos visto en infinidad de ocasiones, ya sea en el cine, en la tele o en cómics. De ello se extraen tres deducciones de interés en relación a su nueva versión, “El retrato de Dorian Gray”, que Oliver Parker (especialista en adaptaciones) dirige y Ben Barnes protagoniza: la primera, que la necesidad de su existencia queda seriamente en entredicho; la segunda, que tiene muchos, demasiados, rivales con los que ser inevitablemente comparada, por lo que el mínimo exigible a Parker se eleva inevitablemente; la tercera, algo más implícita, se deduce del hecho de que un servidor no haya nombrado al autor de la obra original hasta ahora, y es que tras ver el resultado final del enésimo acercamiento al relato de Oscar Wilde, casi parece que este haya sido lo último en ser considerado como fuente de inspiración.
Sumando todo ello, queda claro que quien vea la película esperando un mínimo de dignidad, en función al material de base, quedará hondamente decepcionado. Lo cual no deja de ser un escabroso escollo teniendo en cuenta la gran cantidad de espectadores que de algún modo u otro se habrán acercado a la obra de Wilde.

Aunque también es posible que estemos siendo injustos exigiendo tanto a una película cuyas metas van poco más allá del blockbuster. En el sentido puramente palomitero, “El retrato de Dorian Gray” cumple su función al convertirse en un entretenimiento de nulo esfuerzo cerebral, por lo que si su único público objetivo son las hordas de jovenzuelos ruidosos y salidos que suelen poblar las multisalas más cercanas a las discotecas de tarde de turno, puede darse por satisfecha.
El problema es que para ello se haya recurrido a un híbrido imposible que junta en el mismo saco terror-teen de tintes góticos, tramas juveniles pobladas por personajes planos, ramificaciones argumentales más cercanas a un episodio de “FoQ”, y por lo general un tufo no sólo a mala película sino, peor aún, a la ranciedad propia del straight-to-DVD.


Básicamente, lo que ocurre en este nuevo “Dorian Gray” es una extrema simplificación (rayando en la estupidez) para resultar comprensible hasta al más tonto de la sala, lo cual podría incluso pasarse de no ir decorado con ciertos aires de prepotencia, como si nos estuvieran diciendo ojo, que somos Dorian Gray, cuando al primero en que faltan es a su creador.
Por supuesto, los primeros en sufrir tal frivolidad son los dos personajes principales, interpretados por Barnes y por el omnipresente Colin Firth (de Ben Chaplin y Rebecca Hall apenas si puede hablarse de tan poco que aparecen).
A través de gratuitas escenas de sangre y sexo, Dorian más bien parece sacado de una novela de Bret Easton Ellis, viendo sus tribulaciones, locuras o desidias desvirtuadas o directamente desaparecidas. Y si están, entonces es que el actor no ha sabido transmitirlas. Frío, alejado y mono-facial, la presencia de Ben Barnes no transmite absolutamente nada y confirma, por si había alguna duda, que lo del príncipe Caspian no fue casualidad.
Afortunadamente, la presencia del veterano Firth compensa un poco el déficit, pues si bien su personaje es demencial (lo pintan como un obseso de la fiesta y el exceso, aunque jamás con la credibilidad suficiente como para arrastras a Doriana sus vicios), el actor de “Un hombre soltero” está lo suficientemente bien como para convertirse en lo mejor de la película y principal punto de apoyo para su subsistencia. Al menos, en su primera parte, pero no adelantemos acontecimientos.
Y es que antes toca hablar de otro de sus muchos problemas, atribuible al tercer protagonista de “El retrato de Dorian Gray”: el cuadro. Con mil expresiones faciales y continuos enfados que buscan descaradamente el susto más facilón, su figura también se ve alterada y reconvertida en una suerte de actividad paranormal maligna (o en el reflejo de cierto espejo famoso entre los seguidores de Disney) que redime a un Dorian que automáticamente se ve como un pobre chico al que vaya muerto le ha caído. Los más avispados habrán caído ya en una posible semejanza entre éste y otro cuadro que tuvo en jaque a la ciudad de Nueva York allá por el año 89...


Ahora sí: aludíamos antes a una clara división del film en dos grandes bloques, siendo el primero su mejor, o menos mala, parte. Y es que la segunda, totalmente inconexa en relación al film, se antoja alargada y repetitiva, con nada nuevo que ofrecer. Sí, se supone que Gray/Barnes está más loco, pero pese a la elipsis temporal, el actor sigue siendo el mismo, y su única expresión facial (en un duelo interpretativo que pierde claramente contra su retrato) no indica ningún síntoma de su supuesto tormento causado por su condición inmortal y casi vampírica.
Además, este segundo bloque goza del dudoso honor de contar con el clímax, donde los papeles acaban por perderse definitivamente, las pocas esperanzas de mejora se evaporan, y se confirman nuestras sospechas: ese cuadro es el de “Cazafantasmas 2”, sólo que restaurado por Lemony Snicket.

A sí pues, a favor de “El retrato de Dorian Gray” sólo puede hablarse de su factor entretenimiento, pues ciertamente, los 112 minutos de su metraje se pasan la mar de bien entre algo de picantón, algún chorrillo de ketchup, risas y charlas con el espectador vecino. Por lo demás, salvo para ver a un Colin Firth tomándose la cosa con más bien poca seriedad y (re)descubrir la belleza de Rebecca Hall, poco tiene que aportar esta suerte de spin-off de "La Liga de los Hombres Extraordinarios" tan descafeinado y apático como su protagonista.
3/10

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