Crítica de "La nana", por John Blutarsky

Así como ciertos países hispanoamericanos como Argentina o Méjico exportan al nuestro producción cinematográfica con una cierta regularidad, hay otros, como Chile, que no suelen hacerse escuchar en el panorama internacional. Raro, porque directores los hay en Chile (Matías Bize, Andrés Wood) como en todas partes, pero así ocurre. Por eso nos tomamos con una cierta curiosidad esta "La nana", más teniendo en cuenta que ha ido cosechando porrón de premios, incluido en Estados Unidos, donde parece haber gustado bastante. Por lo menos a los académicos de Hollywood y a los modernetes de Sundance.
Lo cual no es de extrañar, porque esta es una historia bañada en un cierto exotismo hispano (probablemente gran número de norteamericanos no ven a sus curiosos vecinos latinos más que como engrasadas máquinas de... limpiar) y que gasta una moderada mala baba hacia las clases altas: sí, a mí también me suena a autoexamen de conciencia.


"La Nana" cuenta el día a día de Raquel, una asistenta integrada en una familia acomodada que ha afianzado su puesto como mucama oficial hasta el punto de sufrir ataques de estrés más a menudo de lo deseable. Pero Raquel no admite ningún tipo de ayudante a su lado, así que ni corta ni perezosa se encarga de ir haciendo caer una a una las distintas compañeras que se le asignan, mientras por el camino se nos va retratando su carácter, difícil y hermético. Al final, la llegada de una asistenta joven, Lucy, terminará por cambiarle la vida.



Por el argumento se puede deducir. Estamos ante una película eminentemente "de personajes", y con un tono que intenta retratar a los seres que la pueblan de manera realista y equilibrada. Aquí no hay apenas lugar para estridencias ni salidas de tono excesivamente dramáticas. No, los personajes aparecen claramente delimitados y enmarcados en unos esquemas psicológicos bien dibujados, pero sin caer en el tópico. Con lo que Sebastián Silva -director y guionista- logra retratar todos los elementos de un entorno social concreto de modo sutil. Arquetipos realistas, para que nos entendamos.
Por encima de todos ellos, obviamente destaca el personaje de Raquel. La interpretación de Catalina Saavedra, medida, fría y apasionada cuando se requiere es capaz de esconder unos traumas y problemas personales que nunca se nos explicitan y a la vez de sacar una considerable mala baba hacia sus rivales de chacherío. Así que se pasa gran parte de la película sin abrir casi la boca, mirando al suelo, cosa que contrasta con los arranques de auténtica gata en celo cada vez que alguien intenta penetrar en su casa.
En este sentido, Raquel marca su territorio constantemente: se encierra en la casa dejando a la compañera de turno fuera y trata a los chicos como sus propios hijos y a las chicas como amenazas.
Pero las intenciones del director no quedan ahí, y aprovecha para hacer sangre de las clases altas de la sociedad chilena (de cualquier sociedad occidental, en realidad), representadas en esta familia de pequeñoburgueses católicos, bastante imbéciles en su paternalismo, la verdad. Raquel se ve obligada no sólo a soportar sus alegres majaderías sino también, casi peor, sus arranques de solidaridad y afecto estéril.
[SPOILER] Es natural, pues, que la nana termine abriendo sus murallas a una familia, la de Lucy, que la acepta tratándola como a una igual [hasta aquí el SPOILER]
A este respecto, va gustos, pero yo quizá echo en falta una cierta mala uva a la hora de retratar la familia. No creo que sea la intención de Silva cargarse la institución a lo bestia, pero a mí no me habría sobrado un poco más de bilis hacia la familia en cuestión, como sí lograba, por ejemplo, el Todd Solondz de "Cosas que no se olvidan". Ya digo, probablemente vaya a gustos, pero es que a mí todo lo que me huela a clase alta como que me parece susceptible de derribo cafre. Y aquí no deja de haber amabilidad hacia una familia cuyo padre, atención, se pasa la vida entre el campo de golf y sus maquetas de carabelas (!).



 Pero vuelvo a lo que comentaba: decía que el Silva-realizador pretende dar a la historia un claro enfoque realista y cotidiano, para lo que tira de cámara al hombro durante todo el metraje. Constantemente seguimos a los personajes por los pasillos de la casa, mezclándonos entre ellos, pegados a sus traseros o espiándoles en la ducha, y experimentamos una cierta sensación de claustrofobia para reflejar el hermetismo de una casa que ha sido adoptada como "fuerte" por la protagonista. Además, la práctica ausencia de banda sonora da a todo el conjunto un tono cercano al documental, que recuerda al (argh!) dogma de Von Trier y compañía, circa 1995.
Una opción estética muy clara, elaborada para que parezca austera, intentando minimizar sus cualidades cinematográficas (que las tiene) sobre las virtudes argumentales. Al final, gracias a una realización audaz la película termina convenciendo en su conjunto y, seamos sinceros, aunque no sea una maravilla, resulta una historia pequeña pero bien hecha. Una agradable sorpresa para recibir el nuevo año.
Y atención al tal Silva, que puede ir a más.

7/10

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