Digámoslo ya de entrada: su nominación al Oscar, la de mejor canción para "Loin de Paname" es el único motivo por el cual rescatamos esta "París, París" (o "Faubourg 36", o "París 36", como gustéis) que se quedó -dejamos- en el tintero allá por abril del año pasado, cuando se estrenó en España. Y es que por lo demás, "París, París" no pasa de insulsa mezcla de drama pre-bélico y comedia musical cabaretera de buenos sentimientos y voluntad ternurista, blanda como merengue y de lo más inocentona. Tanto o más que la anterior película del director Christophe Barratier, "Los chicos del coro".Uséase que costumbrismo histórico tocan. Buenrollismo francés, más concretamente. De ese de personajes amables y nobles y otros más traidorcetes, con ambiente suave y música de violines pasteleros y acordeón omnipresente. Con una apariencia muy clasicona en su planificación, montaje, iluminación (tonos ocres son los que mandan) y, por lo tanto, palabra mágica: acartonamiento.
Porque todo en "París, París" está almidonado, además de bien planchado y convenientemente dobladito: empezando por su guión, al que se le ven las costuras dramáticas y los giros argumentales a cada pliegue. A resultas de ello, toda la estructura de la película es convencional y predecible, acomodada a -y esa es la clave- lo que un cierto tipo de espectador (poco exigente, no demasiado dado a experimentos ni sorpresas) espera ver. Sí, esos espectadores que dicen ir al cine sólo "a pasar un buen rato, a que me cuenten una historia bonita".
Para tranquilidad de todos, la película está del lado de los buenos (los anarquistas, los resistentes... en definitiva, los actores) y deja a los malos (fascistas, futuros simpatizantes de Hitler) como auténticos patanes. No sea que alguien dude de la legitimidad del discurso. La consecuencia de ello es una lectura demasiado simplista y maniquea de la situación sociopolítica de la Europa pre-guerra. Y haciendo demasiado poco esfuerzo pretende situarse al lado de otras grandes de ese noble subgénero que podríamos denominar "combatiendo la dictadura y la representación desde el escenario", y que tendría entre sus ilustres representantes, así a bote pronto, el "Ser o no ser" de Lubitsch, "El último metro" de Truffaut o la última de Tarantino. ¿Hay que decir que no le llega a la altura de los zapatos a ninguna de ellas? Pues eso.
Porque la cosa es que ninguna de las citadas caía en la acumulación de topicazos en la que se revuelca con gusto "París, París", y ninguna de ellas tampoco renunciaba a la audacia y a la novedad como sí hace esta: recurre a las fórmulas de "puesta en marcha de un teatro", donde no faltan su secuencia de "cásting estrambótico", y su momento de gran estreno. Además, el clímax dramático está articulado por un final en el que muere quien tiene que morir [SPOILER] o sea, el actor simpático para motivar la lágrima y el "malo" para sentirnos convenientemente recompensados [fin del SPOILER] y donde se enamora quien se tiene que enamorar y se redime quien se tiene que redimir.
Eso, y una reconstrucción eficiente con una puesta en escena correcta, aunque poco exhibicionista, más alguna secuencia visualmente lograda (la última, en medio de una nevada renovadora).
Pero poco más.
Y no es que "París, París" sea una mala película, es sólo que se engloba en una corriente de cine europeo, especialmente francés (nuestro equivalente podría ser Garci, y el italiano, Benigni), muy conformista y de escaso riesgo, para plateas poco exigentes o algo estancadas en una visión del cine no renovada y que les lleva a confundir clasicismo por clasiconería y sensibilidad por ramplonería.
5/10





























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