Crítica de "Un hombre soltero", por John Blutarsky

Estimable el salto de Tom Ford, celebérrimo ex-diseñador de moda masculina (eso me dicen), a la gran pantalla con esta "Un hombre soltero", vehículo de lucimiento para un Colin Firth brillante. Pero, la publicidad es muy mala, "Un hombre soltero" es bastante más que eso.
Y es que esta historia mínima (apenas pasan cosas en este relato de 24 horas en el "día decisivo" de un hombre) encierra un buen puñado de cualidades que la convierten en un producto a tener en cuenta sobre la mediocridad general de los habituales a las ceremonias de entrega de premios de este año.
Vayamos a palmos. La historia se enmarca en los Estados Unidos de 1962, en plena "Crisis de los Misiles" con Cuba, en un clima de incertidumbre en que el ciudadano de a pie vive con la certeza de que el más mínimo despiste puede mandarlo todo al carajo.
En esta tesitura, George (Firth), profesor de literatura en la universidad, vive su cotidianidad atenazado por el dolor de haber perdido violentamente a su amante (Jim, Matthew Goode), por lo que decide poner manos a la obra y cambiar su destino. Termina de ligar algunos cabos con su amiga Charley (Julianne Moore) y se dispone a  tomar las riendas cuando conoce a Kenny (Nicholas Hoult), un efebo de sonrisa lubricada que le cambiará el modo de ver la vida.

Argumento simple, como decía, que se nos va completando progresivamente con el uso de flashbacks que nos transportan a los inicios de la relación entre George y Jim y a sus privados greatest hits.
Dramón de los gordos, sí, pero... sorpresa, tratado con gran sensibilidad y huyendo en todo momento de estridencias dramáticas y artificios lacrimógenos gratuitos. Y es que el ex-diseñador parece tener muy claro cómo quiere conducir su película.
Ojo, citar el pasado profesional de Ford no es gratuito, ni mucho menos. Su película está marcada al cien por cien por esta circunstancia, y en ella tiene sus mayores virtudes o, según se mire, su peor defecto.


Porque el tratamiento visual de "Un hombre soltero" es clave. Ford conduce el producto como a él le da la real gana, cosa que sorprende muy gratamente en un debutante. Reconforta observar cómo el director tiene el control sobre absolutamente todo lo que ocurre en pantalla, midiendo cada plano, cada tratamiento de la imagen, del sonido, cada gesto de los actores. Cuidando al milímetro todos los elementos del atrezzo, del vestuario (especialmente) y del decorado casi hasta límites obsesivos. Lo que da como resultado una película en la que todo importa, porque a todo se lo dota de capacidad expresiva y sugestiva: Ford no desprecia la importancia del sonido para crear ambientes más allá de lo estrictamente visual (fuera de campo), ni las posibilidades del color, que en este caso ilustran mediante suaves virados y cambios de intensidad los vaivenes emocionales del protagonista.
El tipo parece haberse planteado su película como un producto total y ambicioso, su producto, con sus filias y sus manías; cosa rara hoy día, y más, como decía en un debutante.
Y aquí cuelo "Mad Men". Porque más de un punto guarda en común "Un hombre soltero" con la brillante serie de la AMC. En ella Matthew Weiner se permite jugar con un entorno (que comparte con la película de Ford: principios de los 60) y unos ambientes cuidados obsesivamente para construir historias que se fundamentan en los detalles y en los cambios psicológicos sutiles. Pero no termina ahí la similitud, porque si "Mad Men" es una serie sobre personajes que "esconden cosas" en un entorno de "mostrar cosas" (las agencias de publicidad), "Un hombre soltero" está poblada por un George homosexual que se parapeta tras una personalidad pública "enseñable" o una Charley cuyo juego de máscaras consiste en vivir en una glamurosa juventud que evidentemente la ha abandonado y en una relación sentimental (con el propio George) que obviamente no va a ningún lado. Y el personaje de Kenny, en su malvada inocencia y libidinosa juventud no sirve sino como contrapunto de los dos personajes centrales, a los que el arroz se les está a media cocción de pasar.
El marco social (con Bahía Cochinos on fire) por otro lado sirve como contexto perfecto para un hombre que, como la situación política, pende de un hilo. George hace equilibrios en una cuerda floja que probablemente terminen en batacazo. Sí, nada menos que como Don Draper.


Pero "Un hombre soltero", película, también puede andar por una cuerda floja. Y con esto retomo hilos. Que resulte un producto tan calculado y de una fuerza estética tan medida puede decantar el balance final hacia el éxito o el desastre. Y aquí es donde cada uno emitirá su propio juicio para la valoración final.
Decía que se trata de una película calculada al dedillo. Peligrosa manera de enfocar la creación. Porque el director juguetea con el riesgo de que le salga un producto frío, previsible y que aleje al espectador, que no le deje involucrarse en el transcurso de los hechos por ser demasiado cerrada en sí misma. En mi opinión el resultado se aleja de esta afirmación, y consigue sobreponerse gracias a una manera de relatar los hechos sensual y sugerente, y a unas imágenes estéticamente muy atractivas.
Y esta es otra. Sinceramente, no culparía a quien tachara la película de manierista (que lo es) y preciosista. Sí, Ford se decanta por una fotografía decididamente arty y planifica y encuadra buscando siempre una belleza que puede resultar, no lo niego, más impostada o menos. Constantemente acerca su cámara al primerísimo primer plano, al plano detalle, jugando con el macro, con el foco y con las texturas. Y tontea con el ritmo de montaje buscando una métrica visual ajustando su tempo a, por ejemplo, el tictac de un reloj (comentaba antes la importancia de los sonidos).
En otras palabras, Ford juega a ser Wong Kar Wai. Demonios, si hasta el músico habitual del director de "In the Mood for Love" compone algunos de los temas musicales de "Un hombre soltero".
Sin embargo, la contención y el conseguir integrar sus pretensiones esteticistas en un discurso final de lo más coherente salva al director de caer en lo hortera, en lo vulgar de la repetición de esquemas ya usados por Wong.  
Fiu, respiremos tranquilos: es difícil bordear el precipicio y conseguir evitar caer en él, pero el director lo consigue.
Quien quiera ver un falso trascendentalismo en "Un hombre soltero", una seriedad demasiado impostada, un forzamiento de la metáfora barata (ay, ese líquido amniótico) y una superficialidad enterrada bajo capas de sobriedad es libre de hacerlo. Y probablemente no le falte razón.
Pero yo me dejé seducir y tan contento que salí del cine.

7,5/10

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