Crítica de "Flor del desierto", por el Capitán Spaulding

La historia de la somalí Waris Dirie es de esas para mear y no echar gota. A los trece años, al verse obligada a casarse por la fuerza con un hombre de la edad de su abuelo decidió fugarse del pueblo de nómadas al que pertenecía su familia, y tras una travesía infernal por el desierto en busca de la ciudad de Mogadiscio, de donde pudo emprender un viaje a Londres para ser la criada (más bien, esclava) de la embajada de su país primero y la encargada de la limpieza de un Burger King. Ahí conoció a uno de los fotógrafos más relevantes de Inglaterra, quien quedó prendado por la belleza de la africana, y no dudó en destinar todos sus esfuerzos a convertirla en la top model del momento. Algo que aprovechó Waris para revelar públicamente el haber sufrido la ablación que su cultura impone al sexo femenino, y para convertirse en una de las luchadoras más activas contra tan atroz tradición. Pero esto último parece haber importado más bien poco a la directora y guionista de “Flor del desierto” (adaptación de una novela autobiográfica de Dirie), una tal Sherry Hormann que se olvida de que no sólo por tener un personaje increíble puede salir una película increíble de manera automática. Porque vaya por delante que un servidor no pone en duda el gran valor de la historia que, combinando partes iguales de pesadilla, cuento de hadas, heroísmo y superación personal, ha vivido y sigue viviendo la protagonista, sino su desafortunada transformación en cinta cinematográfica: dos horas de bandazos por un guión irregular y absolutamente fallido a la hora de distinguir sus pilares argumentales principales, de las que sobra al menos media hora, y cuyo interés mengua paulatina pero inexorablemente.

El primer problema de “Flor del desierto” se deriva de lo mucho que tarda el film en desarrollar cada uno de los momentos fundamentales de la vida de Waris. Toca asistir a su estado de pobreza inicial, a cómo conoce a la primera persona que le ofrece ayuda, lo que le cuesta encontrar trabajo, sus problemas para integrarse en la sociedad, etcétera. En ningún momento parece que la directora se decida por el hilo del que tirar, y más bien al contrario, prefiere no dejar ni un sólo tema sujeto a crítica social en el tintero. De este modo, dispara una ráfaga de conceptos de distinta índole pero todos ellos sumamente trascendentales, a los que el espectador se ve incapaz de dar vueltas habida cuenta de la velocidad a la que se suceden. Algo parecido, a fin de cuentas y sin llegar a tales extremos, a lo que sucede con “Precious”.
Por contra, la sensación que despunta es la de dilatación excesiva de un metraje que, a fin de cuentas, tampoco cuenta nada nuevo y cuyo desarrollo es detenido en dos o tres ocasiones con excesivos y tirando a intrascendentes flashbacks que se hacen repetitivos y sólo buscan la lágrima del más sensible (música grandilocuente incluida).



Y es que ese es otro de los fallos de Hormann, la falta de atrevimiento a la hora de llegar al espectador como es debido. A día de hoy, las mayores tragedias en el cine se viven lejos de exageraciones musicales, movimientos de cámara barrocos o resoluciones peliculeras. Un silencio, una cámara fija, una mirada, bastan para destrozar anímicamente por su crudeza y realismo, y de esas tácticas, la directora sólo se aprovecha en apenas un par de ocasiones, por supuesto las mejores de la película; véase el descubrimiento por parte de Waris de que la ablación no es una práctica extendida en todo el mundo.
Afortunadamente (o no), la secuencia más dura de “Flor del desierto” aparece hacia el final de la misma, lo cual le ayuda a realzar el vuelo y le otorga una fuerza y sentido hasta el momento inexistentes -sin ir más lejos, provocó el abandono de alguno de los asistentes a la proyección- y rápidamente echados por tierra con un epílogo eterno, pero que no logra desmejorarla demasiado.


Con todo, se trata de escenas, momentos puntuales, los que logran sobrepasar la apatía general que se destila de una película que busca abarcar tantos conceptos que acaba sin ahondar en ninguno de ellos, manteniéndose distante, previsible, básica y excesiva.
O quizás todo se deba a su erróneo reparto. No por la actriz encargada del papel protagonista, ni por un Timothy Spall increíble como fotógrafo pero solvente como de costumbre. No, el problema es que en esta historia de cenicientas el personaje que supone el nexo de unión más próximo entre público y película, el que debería servir para congeniar por su cercanía y verosimilitud, recae en manos de una insoportable Sally Hawkings incapaz de desprenderse de su papel en “Happy. Un cuento sobre la felicidad”. Cada uno de sus momentos en pantalla (y son muchos) carga en exceso las tintas, de modo que se le acaba deseando todo el mal del mundo a una persona básica para la supervivencia en Londres de Waris Dirie. Una Dirie que es una heroína de nuestros días, y a quien la película no le hace apenas justicia.
5/10

4 comentarios:

  1. Buenísima crítica. Me gusta su estilo Capitán:)
    por cierto. Muero por saber que opinan de Alicia en el País de las Maravillas.
    Me reservo completamente mis comentarios.
    Saludos

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  2. Vaya, muchas gracias por el piropo!
    Nosotros también nos morimos por saberlo!! el problema es que, que sepamos, han puesto pase de prensa sólo en Madrid (estos de la Disney así se las gastan...) así que hasta su estreno en España no creo que podamos decirte nada!

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