Crítica de Luciérnagas en el jardín, por John Blutarsky

Hay que ver lo tristes que viven algunos. Lo mal que les trata la vida y los seres lánguidos en que se convierten. Menos mal que donde hay vida hay esperanza, y a veces los rinconcillos emocionales de nuestro ser y nuestra memoria se reservan un punto de dulzura para que no todo sea melodrama y corte de venas. Y esos algunos que viven instalados en la tristeza ven destellos de esperanza en forma de recuerdos bonitos y amores reencontrados. Susssspiro.
Muchos de los personajes que pueblan “Luciérnagas en el jardín” encajan en este grupo de depresivos deprimentes, algunos claros seguidores del modelo “tullido sentimental”, otros del “podía vivir conmigo mismo hasta que he desenterrado mis cadáveres emocionales”, otros del “intento ser feliz, pero la vida me es una putada”. Todos conforman un tapiz dramático centrado en una única familia cuyas peripecias afectivas se nos relatan en dos líneas temporales separadas por unos 20 años y muchos vuelcos personales de por medio. Nada, la clásica familia de clase media americana suburbial con su justo nivel de desestructuración: padre (Charles, Willem Dafoe) e hijo (Michael: Ryan Reynolds cuando adulto) se llevan a matar, principalmente por tener el primero una inteligencia emocional cercana a cero y el segundo ser un empollón atontado. Tía (Jane: Hayden Panettiere y Samanta Morton en su etapa infantil y adulta respectivamente) de edad cercana a Michael, viviendo con la familia e instruyendo al chaval en las artes amatorias al más puro estilo Lolita incestuosa. Madre (Lisa: Julia Roberts) amantísima pero indefensa ante el zopenco de su marido. Y por ahí pululando, en la línea argumental “adulta”, exmujer preñada y sobrinos pre-pavo.

Total, que cuando la madre muere en trágico accidente todo se va al garete, se impone reunión familiar y ya tenemos armado el cogollo dramático: al canto sentimiento de culpa (Charles conducía el coche siniestrado y sobrevivió), rencores que vuelven a la superficie (Michael y su padre parece que nunca supieron aceptarse el uno al otro), amores que también, y dolor omnipresente por el ser perdido, que vuelve en forma de una prenda de ropa, o de una canción recordada, o de una sensación olvidada. Al final la dichosa reunión sólo sirve para sacar a que les dé el aire a los trapos sucios. Como una especie de “Celebración” pero... bueno, menos “danesa”. Ergo menos tremendista. En seguida lo explico.


Todo parte de la experiencia personal del director Dennis Lee, que por lo visto sufrió la pérdida de su madre por culpa de un accidente y, en fin, años después escribió y dirigió el drama que nos ocupa. Así que la implicación emocional es notable. Demasiado, incluso. Como decía al principio todo está empañado de una tristeza solemne, tanto que al final, cosas de cuando la rosca se pasa, la seriedad termina resultando de lo más forzada y hasta pedante.
Gracias a Dios, los golpes de efecto dramáticos están servidos con cuentagotas, y los que hay chirrían lo necesario y ya. Y que la realización de Lee parte de la sensibilidad y de la delicadeza, evitando aquellos ramalazos histriónicos del melodrama barato. Como comentaba recientemente con “Sólo ellos”, “Luciérnagas en el jardín” no resulta la radiografía más acertada que hayamos podido ver últimamente de los sentimientos de pérdida y de todo lo que de ellos se deriva. Pero en este caso el resultado tiene algo más de sustancia. Algo.
A nivel narrativo, la cosa retoza con placer en una especie de antiépica humana que podría suponer contar una historia a largo plazo, utilizando dos líneas temporales distintas separadas por dos décadas para mostrar una visión familiar de conjunto.
Se juega bien esta carta, no diré que no: Lee demuestra ser un narrador de lo más listo (que no sabio) y sabe conjugar las dos líneas de modo que se complementan mutuamente. Yendo de la una a la otra de manera natural y fluida va sembrando datos aquí y allá que cambian nuestra percepción de los hechos veinte años anteriores o posteriores. Bien por él. Especialmente porque, frunciendo el ceño y poniéndose un traje de “escrutador de perfiles psicológicos” sabe ornamentarlo todo con un tono de “examen de sentimientos” de lo más resultón. En realidad las relaciones entre los personajes terminan siendo de manual, tópicas hasta decir basta, pero acaban pareciendo complejas y ricas. Mejor eso que la opereta, digo yo.
Lo que no se termina de entender, o quizá lo entendemos terriblemente bien, es por qué termina yendo todo a petar al happy ending. ¿Por qué no poner toda la carne en el asador? Ya que estamos en un tono tan ceñudo, conspicuo y seriote la tensión dramática podría mantenerse hasta el final e intentar evitar quedar diluida, no se sabe bien cómo, en una especie de “todo va bien” en el que los personajes no solucionan completamente sus vidas pero aprenden a llevarlas maravillosamente bien. No niego la necesidad de ir sembrando aquí y allá rayos de luz, pero esto ya está con un ojo puesto en “la magia de los buenos sentimientos”.


“Luciérnagas en el jardín” queda al final a medio camino de todo. Hasta de su valoración crítica. No es una culebronada insoportable, pero tampoco un retrato especialmente lúcido de la pérdida, la culpa, la maduración y los conflictos paternofiliales.
No es puramente un estudio de personajes, pero sí hay más de profundización en sus atolondradas mentes que en el resultado de sus acciones. El rutilante reparto cumple, pero no brilla. El director pone empeño, pero no remata la faena.
Y como espectador no te insulta ni te escupe a la cara, no es todo lo indigna que uno podría llegar a pensar a priori, pero termina siendo más bien poquita cosa, casi terreno reservado a tristones empedernidos. O a sádicos (es con cariño) que lo pasan en grande viendo que hay gente por ahí que aún está peor que ellos. En otras palabras, a los devoradores empedernidos de TVmovies.
Uy, ya lo he dicho.
Pues eso, a medias:

5/10

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