Crítica de "Nadie sabe nada de gatos persas", por John Blutarsky

En el ya clásico cómic "Persépolis" una Marjane Satrapi adolescente intentaba colar en el país, a lo resistencia cultural antisistema y para disfrute de su persona, gran cantidad de "música impía", pop y rock occidental (creo recordar que eran los Stones), prohibidísimo por el gobierno persa regido en aquél momento por el shá.
En el Irán 30 años posterior de Ghobadi esa misma generación, y las siguientes, han asumido plenamente esas influencias culturales, las han masticado, procesado, incorporado a un discurso propio y ahora lo que pretenden es regurgitarla justamente fuera del país. Radio de acción de "Nadie sabe nada de gatos persas"; un grupo de jóvenes músicos en la onda del rock indie que pretenden conseguir que el mundo escuche sus canciones a pesar de las vallas que en el campo va poniéndoles la sociedad a la que pertenecen.
Bonita evolución para explicar la pasión por todo un movimiento, el de la música pop durante las últimas décadas en un país donde la creación artística se encuentra diezmadísima, prácticamente proscrita.

Así que entre la ficción y la realidad (el argumento es inventado, pero los personajes comparten nombre con los actores, algunos recursos formales son propios del documental y el contexto es terriblemente real) va nadando Bahman Ghobadi en su última película, ganadora del premio especial del jurado en Cannes y curioso documento generacional alrededor de una banda, o el germen de una, que pretende, pues en fin, lo que pretenden todas: proyectar su música al extranjero, si puede ser a Londres mejor, reunir a los músicos necesarios y grabar una maqueta. Pero hay que recordar que estamos hablando de Irán, y ahí hay varios hechos diferenciales: para lo primero deberán antes conseguir unos pasaportes bajo mano, para lo segundo recorrerse locales clandestinos buscando músicos y para lo tercero hacer malabarismos económicos y de contactos sin llamar excesivamente la atención.


Pero no parece importarles demasiado: lo que realmente cuenta es el rock. Y el rock es la revolución, la rebeldía. Los jóvenes iraníes huyen de la música más tradicional para buscarse una voz propia en el pop, el rock, el jazz, el punk, el dance-rock, el hip hop, el metal o lo que se tercie. Reflejan la rebeldía juvenil en una ruptura de las reglas sociales más estrictas que uno pueda plantearse.
Por eso nos encontramos, siempre pegados a la espalda de esos personajes (¿se pretende Ghobadi un Gus Van Sant de la juventud persa?) con un contexto inesperado. El de “Nadie sabe nada de gatos persas” es un Teherán mucho más moderno de lo que los Kiarostamis, Makhmalbafs, Majidis y Panahis nos tenían acostumbrados hasta ahora. Urbano, inquieto y con una juventud preocupada por los movimientos culturales, desmarcada de los métodos anquilosados del gobierno represor.
Pero a pesar de -o mediante- esto, Ghobadi no pierde la ocasión de retratar la situación social del país y poner en tela de juicio lo sensato de unas leyes absurdas y de un sistema legal caduco y retrógrado. Lo bueno del asunto es que por lo general logra evitar caer en el panfleto facilón, dejando que la denuncia se exprese por sí misma. Coloca la cámara ante unos hechos y un contexto tan degradados que no le hace falta acentuar nada.
Lo malo, que prefiere centrar su fuerza creativa en una ilustración de los temas musicales que pretenden crear ese fresco cultural más o menos underground. Resultado: cuando la música es buena, la cámara se siente inspirada, y sonido e imagen se compenetran con fluidez. Cuando pasa lo contrario, el resultado roza el desastre.
En estos casos, el director adopta soluciones formales excesivamente sobadas y las aplica torpemente: en más de un momento la cosa parece una sucesión de videoclips baratos, filmados con desgracia, sin aportar ninguna innovación técnica ni narrativa y con una estética que tontea con lo hortera. Sirva como ejemplo ese momento del grupo de gangstas con rap de garrafón que uno diría sacado de principios de los 90.
Para colmo de males cuando nos hemos dado cuenta de que en “Nadie sabe nada de gatos persas” las intenciones tienen más fuerza que los auténticos resultados, sobreviene un final de un dramatismo ortopédico, forzado y que rompe la tónica general del relato.
En honor justamente a esas buenas intenciones de que hablaba podemos concederle al director que dicho final, sin embargo, transmite moderadamente bien la idea de la dificultad del acto creativo en una sociedad tan represora como la iraní.


Una de cal y una de arena, pues. “Nadie sabe nada de gatos persas” es un ejemplo de cine iraní “distinto”, estimulante en su pasión por un hasta ahora desconocido hervidero de locos de la música popular en todos sus estilos. Que logra transmitir la urgencia del rock y ligarlo fuertemente con un sentimiento de resistencia, tanto juvenil como cultural, frente al monstruo del fundamentalismo.
Con momentos realmente impagables (ver a un grupo de heavy tocando en un granero y cantando en farsi resulta, por lo menos, curioso) y una voluntad por generar un discurso autoral propio.
Pero que queda lastrado por una realización en algunos momentos muy poco acertada, y por un final que no le hace justicia.

7/10

2 comentarios:

  1. Me imagino que la veré la semana que viene. Pero me sorprende el cambio de registro tan espectacular de Ghobadi, recordando la trágica Las tortugas también vuelan.

    Un saludo!

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  2. Bueno, digamos que... no deja de ser Ghobadi. Dejémoslo así

    Gracias por dejarte caer y por comentar, y cuando la hayas visto si te apetece pásate otra vez y comentamos la jugada!

    Saludos

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