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Crítica de "Mi nombre es Khan", por John Blutarsky

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Un poco de folklore. En mi pueblo, en plena carretera, hay un frankfurt típico que reúne toda la iconografía habitual del entorno bocadillero. Uno entra allí y se siente como en cualquier frankfurt de los de toda la vida, de los de plancha a la vista y grito pelao.
Lo curioso del tema es quién regenta el establecimiento. Unos japoneses se han remodelado su antiguo restaurante de sushi y lo han transmutado en el actual templo del tapeo donde no faltan sus cervelas y sus picanwursts, sus botes de ketchup enmohecidos, sus manchurrones aceitados ni sus cartas de Royne descoloridas.
Vale, pues esta serie de ejercicio de suplantación cultural no se aleja demasiado de la llevada a cabo por los responsables de la película india "Mi nombre es Khan": partiendo de unos preceptos puramente bollywoodienses y con actores indios (los camareros de mi frankfurt no hablan ni castellano) se han montado una gran superproducción made in Hollywood donde no falta absolutamente nada de lo visto en aquel tipo de películas.
Decidme si no: Rizvan Khan es un indio musulmán aquejado de síndrome de Asperger (un tipo de autismo que priva a quien lo padece de cualquier tipo de empatía emocional) que viaja a Estados Unidos para cumplir una promesa: quiere decirle al presidente que "me llamo Khan y no soy un terrorista". Por el camino se instalará en San Francisco y se enamorará de una joven hindú que le ayudará a ser aceptado por la comunidad en una aventura por la tolerancia más allá de las fronteras raciales, con el amor como bandera y la bondad como estandarte y... y paro ya que me está subiendo el azúcar en sangre.


Sí, el director Karan Johar se muestra más papista que el Papa (no literalmente, entendedme) y entrega una gran superproducción 100% yanki disfrazada de drama étnico. Y con la excusa de que "es que somos como muy de Bollywood" (hay música hortera y una trama amorosa primaria) se monta un tinglado Disney en el que, siguiendo la acartonada fórmula básica drama + comedia + ternura + valores + crítica social, no falta la profusión de buenrollismo inocentón y valores positivos a granel (de a tres por minuto, o así): solidaridad, perseverancia, tolerancia, afectos-allende-las-fronteras-existenciales y amor como fuerza redentora. Un amor, por cierto, incrustado en una trama romántica en la que no veía tantos niveles de estulticie pseudopoética quizá desde "El baile de la Victoria". Cuidadín.


Así que no es que "Mi nombre es Khan" eche mano de tópicos, lugares comunes y clichés, no. Es que toda ella es un cliché. Un plagio no acreditado de "Yo soy Sam" que no logra pasar de eso, de monstruo de Frankenstein fílmico hecho a base de retazos (la mayoría sacados de las mismas fuentes) sin auténtica alma y con una personalidad cercana al cero: esta gente se han montado su propio "Forrest Gump" y han logrado demostrar a occidente que India existe... y que es una sucursal de Hollywood. Forrest Gump, Rain Man o, en fin, como decía, el Sam de Sean Penn: del primero tiene que aprovechan su figura para repasar la historia nacional norteamericana (en este caso el periodo reciente que va desde poco antes del 11-S y llega hasta Obama pasando por el Katrina). Del segundo, la genialidad a pesar de la enfermedad (Khan es el loco que dice las verdades, el excéntrico brillante, el disminuido psíquico que resulta ser un genio en algún campo). Del tercero, la integración algo forzada en una familia que lo acoge. De todos ellos, la marginación de la que parte y a la que logra sobreponerse gracias a las circunstancias. Que no olvidemos que Estados Unidos es la tierra de las oportunidades. El único lugar donde cualquiera puede lograr lo que se propone, aunque sea una misión quijotesca como la de Khan. Tsk.
Más leños flotantes a los que se agarran: Khan es el arquetípico "pez fuera del agua". Un extraño en tierra extraña a través del cual vemos ese país de acogida multiculti, plural y algo enloquecido. No obstante, y no sé si muy a su pesar, Khan termina más cerca del exotismo graciosillo de Borat que de los "Cowboy de medianoche" o "Stroszek" a los que podría aspirar. Así que nada, a otro tema.
Vayamos al calado temático, a ver si podemos sacar algo de ello.
Mucho me temo que tampoco.
Porque, en virtud de ese ejercicio de clonación que se esfuerzan por mantener, los giros dramáticos se adivinan a horas vista. El cuándo, el cómo y el qué pasará después. De modo que si suponemos que la madurez fílmica se calibra por la audacia, por la capacidad sorpresiva o por la inquietud narrativa, esto es cine de parvulario. De desarmante simplicidad e ingenuidad de planteamientos narrativos. Vuelvo a lo de los valores románticos; ojo: el amor, aunque puede parecer imposible (él es musulmán, ella hindú... pero a Khan sólo le importa si las personas son buenas o malas -violines-) triunfa ante todo, gracias al corazón puro de Khan. No hace falta ser demasiado cínico, ni tener horchata en las venas, ni un oscuro trauma para darse cuenta: la parte emocional  de todo esto acaba convertida en una parodia, una caricatura (debo decir sinceramente que con "Mi nombre es Khan" me he reído de lo lindo... excepto en sus partes de comedia), y su emoción de baratillo se traduce en personajes como el de una tal Mama Jenny (maruja gospel de Georgia) o el del propio Khan, teórico caramelo interpretativo para el superestrella india Shahrukh Khan totalmente desaprovechado por culpa de su catálogo de vulgarcetes gestos estandarizados.
Así las cosas, el mensaje humanista termina siendo demasiado superficial, naïf en su simplicidad. Su radiografía social y política no tiene metáfora alguna y desconoce el concepto de sutileza. Todo es demasiado diáfano y simple, y al final resulta demagógica, manipuladora y de paso un ataque a la administración Bush tan poco sutil como el de un Michael Moore con rabieta. Por cierto, regocijémonos: Dios se ha manifestado y ha plantado a un ángel en la Tierra que responde al nombre de Barack Obama.


En fin, "Mi nombre es Khan" se pretende un drama bigger than life, la Gran Superproducción Embajadora India en USA, así que se ve obligada a alargarse durante unas infinitas dos horas y media para intentar abarcarlo todo: cuando ya nos ha contado la vida y milagros de Khan se enfrasca en una especie de road movie a lo "París, Texas", luego un drama social con un Khan en prisión. Más tarde se lía con unos jóvenes periodistas salidos de la nada, después le puede meterse en un fregado con un huracán. Y así. Resultado: quien mucho abarca, poco aprieta.
Pero ellos a lo suyo, y Johar a por el fusilamiento directo de todos los tópicos con su pomposa y exhibicionista realización: esa fotografía exageradamente preciosista, los travellings circulares, los ralentizados dramáticos, expulsan de la narración al más pintado al conformar un entramado de imposturas y ortopedias visuales de primera.

No sé, supongo que hay dos modos de ver "Mi nombre es Khan". El primero sería desde la inocencia, desde la candidez de quien quiere ver una historia de valores y superaciones personales pero no ha visto una puta película en su vida. Y estoy seguro que habrá algún alma de cántaro que entre en su tónica pastelera y la vea como un cuento de hadas bonito y positivo.
A mí, que las hemorroides se me garrapiñan con facilidad, a lo que me induce es a la autoextracción ocular con sacacorchos.
Y perdonadme el paroxismo.

3/10

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