Crítica de "Anvil. El sueño de una banda de rock", por John Blutarsky

Anvil. Uno de los grupos más relevantes en el proceso de interpretación y bestialización en la importación a Norteamérica de los sonidos metal británicos en los primeros 80. Una panda de admiradores de los Iron Maiden, Motörhead o Judas Priest que cambiaron el panorama del rock duro mundial. Unos tipos que, a su vez, fueron artísticamente decisivos en el proceso formativo de otros gurús del cuero negro, la melena sudada y la muñequera, desde Metallica hasta Slayer o Anthrax. En resumidas cuentas, uno de los mejores y más influyentes grupos del metal clásico de los 80. ¿Verdad? Pues parece que las cosas no son tan sencillas en Las Casas de lo Sagrado, que la fama se tuerce y que cuando uno no nace con estrella, también muere sin ella.
Y en este punto es justo donde está ahora Anvil, reducida la banda a dos únicos miembros, talludos y maltratados y que nunca recibieron la atención que se merecían.
Y que nadie vaya a pensar que por el hecho de retratar una escena musical concreta, con sus propias leyes e iconografía particular pueda limitarse a dar una visión reducida y sólo para aficionados. Porque no, esto es para devotos, pero también para profanos y hasta para no creyentes. El metal es mucho metal, bien lo saben sus profetas, pero “Anvil”, la película, no requiere de ninguna predisposición para que uno se deslice por entre sus surcos emocionales. En otras palabras, “Anvil” es sentimiento y emoción, una historia universal, la de un par de vidas tocadas pero incólumes en un contexto de rock duro.

Es una lucha quijotesca, o irracional, o naïf, o lo que se quiera. Pero lucha, al fin y al cabo, resistencia a la marchitación, la pelea contra vientos, mareas y A&R’s de discográficas tan propia del rock. Una lucha en compañía, desde la amistad de dos ex cabezas huecas que se empeñan por seguir siéndolo o morir en el intento. Si puede ser no morir en el intento, cobrar un pastón e hincharse a publicar discos, mejor. Pero vamos, que eso, que rock and roll will never die.


Seré más concreto. “Anvil” es la historia de Lips y Robb, voz y batería de Anvil respectivamente, amigos  del alma que nunca se han bajado del camión. A sus 50 años han sentado cabeza y se han puesto familia, pero el gusano sigue ahí y berrea por salir. El problema es que nadie parece ya recordarlos, y eso termina traduciéndose en bolos en baruchos europeos donde no se les paga, en conciertos en grandes recintos a los que sólo van media docena de personas y en una torpeza vital tan propia del que no sabe hacer nada más que lo que ha hecho, con éxito o sin él, durante treinta años.
Así que cámara en mano, seguimos a los dos “compañeros del metal” en su periplo por publicar ese largamente deseado vigesimotercer disco, peregrinando por discográficas que van a apostar sólo por los más nuevos, por los más modernos y los que tengan más granos en la cara y menos pelos en las canillas.
Esta visión de los viejos rockeros que transmite “Anvil” no dejaría de estar impregnada de un cierto patetismo, parecido al del Mickey Rourke de “El luchador”, que debía ser “un retrato encubierto de la propia caída del propio actor”. Pues para retrato, el de “Anvil”, dolorosamente real y sincero. Ellos no son actores. Ellos son. De modo que, como en la de Rourke, la compasión lacrimógena o el escarnio podrían empapar los 80 minutos del documental con peligrosa facilidad.
Sin embargo, Sacha Gervasi, director y antiguo roadie de la banda, decide situarse justo al lado de sus dos héroes, en un plano de igualdad y respeto, mostrando reverencia, admiración y dejando que los momentos oscuros, si tienen que salir, salgan por sí mismos.
Y salen. Pero cualquier hora baja termina por importar un carajo en aquellos momentos de sinceridad entre los dos viejos amigos, los momentos entre tiranteces en los que mutuamente se pillan con la guardia baja y declaran su profunda amistad a prueba de bombas, de descalabros musicales y de familias incomprensivas.


Los momentos en que los dos dinosaurios se niegan a morir, ignorantes de que su extinción debería haber sucedido hace varias décadas y en cambio perseveran como mulas en lo que creen y aman.
Así las cosas, “Anvil” resulta ser un álbum de fotos en movimiento perfecto, un capturador de momentazos infalible y un inventario de peripecias y destellos tan emocionantes como el viaje a Japón, tan jodidos como el intento de empleo de Lips y tan humanos como los paseos de los dos amigos por los barrios en que los vieron crecer durante medio siglo.
Un documento con poco que envidiar a otros célebres compañeros de género, desde el clásico (y falso) “This Is Spinal Tap”, o el no menos mítico “The Metal Years” (segundo “Decline of Western Civilization”), hasta el tremendo “Some Kind of Monster” de Metallica. Entretenidísimo, emocionante, vivo y muy admirable por el respeto desde el que trata un universo algo decadente pero humano y, a su modo, aún muy vivo. Puro cuero, solo cazurro de guitarra y dildo de látex al aire.
Pues eso, a hacer el signo de la bestia con la mano, chillar, aporrear, buscar y destruir a lo vieja escuela, al más puro estilo Robbo & Lips, Lips & Robbo. Fuck yeah.

8/10

3 comentarios:

  1. Anoche vi Anvil, El Sueño de Una Banda de Rock y me ha parecido mucho más que una historia de música, me ha parecido un alegato a la amistad y a la lucha por los ideales personales.

    No sé si Anvil ha conseguido volver pero tan solo por la mirada de Lips en el segundo viaje a Japón se lo merecen.

    Un saludo!

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  2. Sí, la verdad es que es uno de esos documentales musicales para aquellos a quienes no les gusta la música (si te gusta la música, ya es puro gozo).
    Y es que la emoción que transmite "Anvil" puede llegar a atrapar al más pintado...

    Salud!!

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  3. acabo de ver el documental y la verdad que me encanto!he sentido mucha pena por esos dos grandes artistas y al mismo tiempo una gran admiración por como persiguen su sueño. me han han emocionado y las discusiones entre los hermanos?que se decian de todo y luego se abrazaban llorando!mmmm que bonito espero que les vaya bien , se lo merecen

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