Crítica de "Dos hermanos", por John Blutarsky

Algo nos han enseñado los dramas familiares, y es que cuando se rompe un vínculo entre dos hermanos, ello terminará por matarlos o hacerlos más fuertes. Por ahí zanganea esta “Dos hermanos”, nueva película de Daniel Burman y, de rebote, la gran sorpresa argentina del año. O eso se dice.
Todos los países tienen una por temporada, y todos sabemos que al final lo que termina por darle a una u otra película el título de “taquillazo en la sombra”, los motivos que llevan a fabricar un bombazo sorpresa, siguen siendo aún inescrutables.
Desde luego, la calidad intrínseca del producto no es uno de ellos. No a juzgar por “Dos hermanos”, una dramedia sosainas de grandes miras y acusada hipermetropía.
Porque la turbulenta (o así) relación de Marcos y Susana una vez que fallece su madre debería estar empapada en vitriolo y soltar veneno a cada mordisco, pero desde el principio se presenta como una historieta tímida, que no quiere, o mejor no puede, trascender su condición de peliculilla menor.
Y mirad que el tema se las trae: el argumento orbita sobre los dos personajes protagonistas, que acaparan la atención casi al cien por cien, pero es incapaz de darles vida más allá del arquetipo que representan ni romper las líneas esquemáticas sobre las que están dibujados. 


Marcos es un bonachón inocente, abnegado hijo con un cierto complejo de Edipo. Susana, una trasnochada aspirante a la jet-set más rancia, tarambana con tendencias ególatras –Norma Desmond or bust- que se ha despreocupado toda su vida de su familia. Para terminar de acusar las diferencias, cuando la madre muere, Susana propone a Marcos un retiro en una urbanización de esas de “ancianos y petanca”, más para quitárselo de en medio que para procurarle un lugar de vida digno. Pero recordamos que Marcos es un pedazo de pan, y allí encontrará, contra todo pronóstico, un lugar donde quedarse, apuntarse a un grupo de teatro amateur (cuya próxima representación no es otra que …“Edipo Rey”; muy sutil, sí) donde da rienda suelta a su libertad (y su homosexualidad reprimida) quizá por primera vez en su vida. Y por su parte Susana irá ablandándose progresivamente, que en el fondo no es una mala persona e incluso es capaz de convertirse en aquella “hermana reencontrada” para Marcos.
Buenas intenciones, sí. Pero que raramente llegan a puerto. No es que haya nada malo inherente a la película. Es más, es tan correcta que hasta da dentera. Es simplemente que Burman termina realizando automáticamente, sin chispa ni especial gracia. Y sin decidirse en ningún momento a tensar la cuerda, a rasgar el drama a lo bestia o a apelar a las pasiones, bajas o altas, da igual.
Vaya, que el tema daba para  mucho más, especialmente teniendo en cuenta que al director se le presupone una cierta mano en el subapartado “familia” en el gran género de los dramas. Burman se granjeó cierta popularidad y/o prestigio con “El abrazo partido”, “Derecho de familia” o “El nido vacío”, así que esa especie de realización tropezada aún se hace más embarazosa.
Pero lo que ya es imperdonable es el apartado interpretativo. Hay que tener en cuenta que la historia está capitalizada por esos dos protagonistas, de modo que si ellos no están suficientemente trabajados desde el guión y especialmente desde la interpretación, la cosa va a hacer aguas en el mar del aburrimiento.
Sí, en lo que respecta a ello de nuevo nos movemos en el terreno de lo regulero. Cuando no, esto debería ser un duelo actoral de los gordos. Antonio Gasalla es uno de los más populares cómicos argentinos, nos cuentan, pero su interpretación está lejos de la profundidad, de los matices que el personaje requeriría. Lo mismo que Graciela Borges, actriz por lo general solvente pero que aquí está sólo correcta, más bien discreta, cuando debería ser absolutamente volcánica.
Con todo, y a pesar de ni quitar ni poner, “Dos hermanos” tampoco es un bodrio. Simplemente “va pasando” pero sin divertir demasiado, ni emocionar mucho, ni arañar casi nada y termina convertida en otra muestra más de cine diluido e inofensivo.
A nadie le va a provocar una apoplejía, pero más de una siesta no digo yo que no pueda suscitar.

5/10

3 comentarios:

  1. Decime John, para vos el cine es solo historia e interpretación;a eso ceñís tu crítica? Pues mal te veo, querido. Si observás bien, al final de cada película (y en esta también) aparece una extensa lista de nombres, que vos, como posiblemente seas analfabeto, no habrás podido leerlos(¿no será bruto en lugar de bluto?),razón por la cual, no pudiste emitir un juicio crítico sobre el director de fotografía, el montajista, el músico, vestuarista, maquilladora y demás profesionales,que ciertamente trabajaron en la película.
    Pero acostumbrado a pontificar con la arrogancia típica de muchos críticos, la tirás a la mierda de un plumazo.

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  2. Tienes razón, miguelk. Me has pillado, soy analfabeto. La realidad es que tengo un mono (se llama Christophe-Luc) que escribe por mí. Normalmente le dicto lo que quiero que escriba, pero sospecho que a veces él pone lo que le da la gana. Pero mi analfabetismo me impide comprobar si me ha hecho caso o no.

    Para esta película le dije que hablara sobre el asistente de steady cam, el meritorio de sonido, el ayudante de grúa, el pinche de cocina en el cátering para el equipo y el hermano del técnico de luces, que ha ejercido una influencia moral muy positiva en el resultado final. Pero por lo que me dices, sospecho que no me ha hecho demasiado caso. Tendré que decirle algo. Espero que no se enfade conmigo y me lanze sus excrementos.

    Aun así estoy muy contento con mi mono. Te recomiendo uno. Son baratos (apenas una bolsa de cacahuetes al día), te tiran poco del pelo, requieren de pocos cuidados (sólo quitarle las liendres de vez en cuando) y te ayudan a superar tus frustraciones vitales.

    Te convendría mucho, de verdad. Luego me darás la razón.

    Muchas gracias por tu comentario, miguelk. Las participaciones con contenido son las que nos ayudan a mejorar día a día

    Un abrazo

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  3. Incluso hay otra gente que tiene monos ciegos a los que obligan a lucir con orgullo los colores de la bandera de su país. Hale, ya lo he dicho

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