Yes We Can: 13 Películas Clave del Fantaterror Español, por John Blutarsky. X- EL JOROBADO DE LA MORGUE (Javier Aguirre, 1973)

Tras el impasse highbrow del último "Yes We Can" retomamos sección cogiéndola por donde más nos gusta: el terror patrio de regustillo guarrete, incipiente dermatitis cocorotera y toneladas de carisma, cortesía, como ya vimos en "La noche de Walpurgis", de la cosecha personal de nuestro queridísimo Paul Naschy.
Y si en aquella ocasión el mito terrorífico a exploitear era el del hombre lobo, aquí el prolífico actor se metía en una trama con ecos más que evidentes del shelleyano "Frankenstein".
"El jorobado de la morgue" era justo eso, la historia de un jorobado que cargaba en la chepa las miserias habituales del personaje que tan bien parodió Marty Feldman (marginación, explotación por parte de los aprovechados de turno) utilizado por el doctor Orla, pérfido mad doctor (Alberto Dalbes) para que le ayudara en su febril investigación por devolver la vida a un cuerpo inerte.
Frieda (María Perschy), la amadísima de Gorth (que así es como se llamaba el personaje de Naschy) moría en medio de agonías linfáticas y el pobre jorobado se quedaba desamparado y obsesionado por ver revivir a su amor platónico; así que no dudaba en quitarse de en medio a quien hiciera falta cegado por la promesa de Orla por revivir a Frieda.
Multiplicidad referencial habemus, una vez más. Si todo es una especie de interpretación no demasiado libre de "Frankenstein", también es cierto que tiene ecos, inevitables y más que evidentes, de "La Bella y la Bestia". Gotho es un ser brutal, deformado y de una rudeza en decidido contraste con la fragilidad de Frieda. Pero no deja de ser también un personaje desvalido, sensible, el "animal de buen corazón aunque vitalmente despistado". Hecho que aprovecha el doctor Orla para desplegar su catálogo de abyecciones médicas, a medio camino entre la modernidad de la utopía científica y el primitivismo salvaje que aporta una iconografía directamente sacada de la inquisición (el doctor instala su laboratorio en unas catacumbas cuyo decorador podría haber sido Fray Tomás de Torquemada) y unas criaturas que parecen paridas por una mente del estilo Lovecraft: ese repugnante monstruo informe hecho básicamente a partir de casquería no deja mucho lugar a dudas. Ni tampoco a la imaginación, hay que decir: "El jorobado de la morgue" es decididamente una película con poca fe en el poder de la sugerencia.


Lo cuál da a todo un aire especial, no digo que no. Una gran cantidad de cadáveres en descomposición, cuerpos corroídos por ácido, cabezas cercenadas y órganos extirpados hacen acto de presencia en algún u otro momento. Al respecto, la leyenda dice que se montó un gran revuelo legal y moral al rumorearse que se habían utilizado partes humanas reales para rodar algunas secuencias. Llamadlo necesidad económica, llamadlo inmoralidad, llamadlo gran chorrada anecdótica. Pero la verdad es que el voltaje de asquerosidad llega a cotas muy altas en una película que, recuerdo, data de 1973.
Oh, el hecho de quemar ratas vivas para una secuencia, momentazo entre la fascinación, la sorpresa y el asqueo del respetable hacia la decisión de producción también es muy como de unos 70 pre-derechos de los animales.
Barbacoa de roedores y aires a los relatos más escabrosos de Poe (sí, también) a parte, también es cierto que no deja de tener todo un cierto aire al giallo italiano más spaghettiesco, el de las excentricidades enfermizas de los Argentos y los Bavas.
Y además de todo ello, ya tardaba, sobrará citar a la Hammer como uno de los motores creativos y de inspiración ¿verdad? Lo sé, el nombre de la productora británica aparece comentario sí comentario también, pero es que la sombra de Fisher, Lee, Cushing y compañía era pero que muy alargada. Y en este caso, la influencia europea resultó la mar de bien entendida por el director Javier Aguirre. No sólo la película transcurre en tierras teutonas, cosa que la aleja del iberismo más abierto (y logra un hermanamiento curioso entre lo patrio y lo germánico), sino que pese a sus numerosas sangrías, sus excesos y lo limitado de su nivel de producción, la película está recorrida por una cierta elegancia británica.


Las atmósferas están medio logradas, la realización tiene su qué, logrando narrar una historia clara y meridiana, y algunos de sus momentos climáticos recuerdan lejanamente a algún que otro producto de la Hammer. A mí por lo menos me evocó al de aquella maravillosa "Dracula, príncipe de las tinieblas".
Bien, se le va la mano un poco con todo el montaje monstruesco. Especialmente si entendemos la historia como un drama romántico (es lícito, la película empieza pareciéndolo), pero el oficio de Aguirre, otro de nuestros Quijotes de las producciones de baja estofa, termina imponiéndose. Y, seamos sinceros, a ninguno nos amarga un cierto descontrol de vez en cuando.
Y en medio de críticas al avance brutal y descontrolado de la ciencia, de la morbosidad humana por los límites de la vida y la muerte y por los caminos misteriosos del amor y la atracción física, el obvio protagonista de la función: un fantástico Naschy (premiado en París) y cada vez llevando más y mejor las riendas de sus proyectos y convirtiéndose ya en dueño absoluto de su propia imagen como "monstruo oficial del cine español" (lo de "monstruo", en todos los sentidos), azote de la superficialidad de los juicios sociales y gran representante del desclasado y el freak: sí, hasta se encargó de escribir el guión.

La muerte del actor el pasado noviembre quizá redimensiona un tanto una película que es lo que es y no tiene más. Pero es que ese "lo que es", vale, es gozoso, divertido y chisporroteante. Una (otra) pequeña maravilla fantaterrorífica aun a pesar de sus varias dioptrías.

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