Crítica de "La vida en tiempos de guerra", por John Blutarsky

Lo que tienen estos autores destacados en la realidad cinematográfica actual es que pueden cultivar un género más o menos convencional, con unas reglas ya pre-establecidas y unos mecanismos perfectamente catalogados y aun así seguir resultando personales, únicos e incluso corrosivos. Es lo que ocurre con Todd Solondz, que practica el arte de narrar historias corales del estilo "vidas cruzadas" y, con todo, su cine sigue siendo únicamente suyo. Porque, al César lo que es del César, pocos se atreven a tocar temas tan "peligrosos" como los que él toca y encima a hacerlo desde una óptica tan perversa como lúcida, aparentemente convencional pero transgrediendo en el fondo géneros, convenciones y correcciones políticas. Atacando donde más duele.

Así que esta nueva obra, "La vida en tiempos de guerra", rezuma Solondz por los cuatro costados hasta el punto que, tengámoslo por seguro, invitará a la audiencia a dividirse: ¿obra continuista, repetición de esquemas o simple lógica creativa?


Lo cierto es que lo que tiene "La vida en tiempos de guerra" de hostil hacia el espectador en su fondo, lo obvia en su forma, o por lo menos en su capacidad sorpresiva. No en vano, esto es una especie de continuación, revisión, reinterpretación, o lo que sea, de la seminal "Happiness", aún hoy la mejor película de su director. Así que quien la haya visto, y quien haya seguido a Solondz a lo largo de sus posteriores actos de sangría cinematográfica (las también estupendas "Cosas que no se olvidan" y "Palíndomos") o sus primerizos ataques furibundos ("Fear, Anxiety & Depression", "Bienvenidos a la casa de muñecas") poco se sorprenderá ahora.

Solondz retoma temática y personajes de "Happiness", dándoles nuevos rostros (estupendos Allison Janney, Shirley Henderson y Ciarán Hinds) pero situándolos en un punto vital más o menos consecuencia de los hechos de aquella: el padre de familia pedófilo acaba de salir de prisión; su mujer intenta rehacer su vida con un nuevo hombre; sus hermanas viven atormentadas por el peso de sus amantes muertos y las relaciones que no salieron bien; y sus hijos lidian con el hecho de tener un padre criminal y pervertido.



A partir de aquí, Solondz despliega todo el catálogo de incomodidades de la clase media-alta norteamericana, poniendo a sus actores en posiciones de difícil solución. La vida fácil de la comunidad judía de Miami en el fondo no lo es tanto, especialmente cuando viven atenazados sus miembros por los tabúes, por la amenaza planeante de un pasado turbio y por la presencia de elementos incómodos: para esta gente la homosexualidad, el terrorismo o el abuso sexual es una misma cruz, elementos que están presentes aunque uno no quiera abrir los ojos a ello.

Así que sólo les queda como salida la alienación, la negación y el autoengaño. Y todo termina convertido en un sistema social podrido que encierra sus cadáveres en el armario hasta que irremediablemente empiezan a apestar. Una dinámica familiar que consiste en simplificar los principios, pulir las aristas y eliminar los elementos de incomodidad para poder funcionar. Pero que está recorrida por neurosis de la vida moderna, complejos edípicos, paranoias post 11-S, amenazas de violaciones y una serie de ítems que al final terminan salpicando y destruyendo a las personas como individuos, aunque en el fondo puedan ser seres sensatos. Véase ese inofensivo personaje que termina expulsado de la comunidad, por ejemplo.

Correcto, el blanco, o uno de ellos, es el seno familiar. Solondz dinamita la institución como estilo de vida inamovible; hace temblar los cimientos teóricamente inquebrantables del concepto de familia tradicional (de tendencia republicana, para más inri) y se convierte, una vez más en el azote de las clases medias altas, acomodadas y conservadoras.

Y en el tipo que planta la semilla de la culpa, del peso molesto del pasado y plantea la posibilidad de la redención y del perdón en un sistema social con una preocupante atracción por el linchamiento, por los juicios de valor poco fundamentados y por el etiquetado apresurado.


Como decía más arriba, las herramientas utilizadas son las habituales. Solondz evita lo directamente escabroso, lo abiertamente sórdido para ir colándonos su cuento moral torcido, su comedia negra dislocada sin que nos demos mucha cuenta. Lo disfraza todo de retrato costumbrista amable al que añade constantes bestialidades que terminan por incomodar casi más al espectador que al personaje, como esa secuencia (que tiene su correspondencia temática en "Happiness") en la que el pequeño le pregunta a su mamá "cómo lo hace un hombre para violar a un niño". Alto voltaje.
Sin embargo, como los recursos formales son serenos, casi melosos (vuelve a tirar de esa fotografía de tonos cálidos, reconfortantes y de esa música suave), el espectador más desprevenido se tragará la película como si fuera casi una sitcom o una comedieta hogareña simpática, algo así como un Woody Allen familiar. Y ahí es donde el daño será más extensivo, el arañazo cogerá por sorpresa, los diálogos afilados se clavarán como cuchillas y el visionado a la ligera podrá ocasionar graves consecuencias. Que es lo que se espera.
Por eso no se le puede encontrar tacha a la película de Solondz... más que el propio Solondz y la reputación que le precede. "La vida en tiempos de guerra" es muy buena, muy punzante, muy venenosa, más afinada incluso que de costumbre...
Pero por lo menos yo, ya la he visto antes.
Eso sí, si se quiere, se le puede llamar coherencia autoral.

7’5/10


1 comentario:

  1. 'Happiness' me encantó en su momento. No sé si con el paso de los años resistiría igual de bien.

    Pero sí, Solondz se mantiene firme en su coherencia autoral. Por cierto, a ver cuando se anima a dirigir alguna peli de superhéroes, ahora que están tan en boga, sería buenísimo lo que podría salir de allí.


    Un saludo.

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