Crítica de "Territorio prohibido", por John Blutarsky


¿Cómo, otro drama coral de vidas que se cruzan trazando un retrato de la sociedad con la inmigración como telón de fondo? Pero este por lo menos va a tener algo que lo distinga... ¿no? Mucho me temo, amigos y amigas, que sí a lo primero y no a lo segundo. Este es “otro de esos”. Y lamento confirmaros que no, que “Territorio prohibido” no aporta absolutamente nada nuevo al subgénero, así que pocos asideros podrá encontrar esta crítica más que los que suponen hablar, una vez más, de lo de siempre.
Está claro que la era Bush fue puro trinitrotolueno para la percepción que tienen parte de los americanos de su propia sociedad, desgastada en políticas agresivas en lo que respecta a asuntos exteriores y que de ahí surgieron varios ejemplos de manifestaciones artísticas, en el caso que nos interesa, películas, reaccionando a la bitonalidad ideológica de W. ¿Lo bueno? Que esas películas no se quedaban tras la trinchera autista de lo autoral ni se reservaban exclusivamente a cineastas-francotirador. La parte negativa, que los principios cinematográficos se simplificaban en la necesidad de llegar a ese gran público, y que las virtudes fílmicas aparecían finalmente bastante erosionadas.

Sí, me refiero a productos tan resultones como “Crash” (la de Haggis, no la de Cronenberg), al “Babel” de González Iñárritu y demás. Películas con más ruido que nueces y con más reconocimiento popular que verdadero alcance artístico. Sin embargo, a su manera, aquellas dos eran productos competentes (el primero por ser un ultracomercial ingenio de relojería dramática; el segundo por no renunciar a una cierta carga lírica), mientras que esta nueva aparece ya de entrada desgastada. De haber llegado un lustro antes, igual…
Pero no es el caso. Y todo se debe a un “medalomismo” que sus responsables agitan como bandera artística. No se puede partir de un material presuntamente explosivo y esperar que, ala, las cosas salgan bien por obra y gracia del “concepto elevado” y de esa corriente por la que dejarse llevar. No, en “cine comprometido” (ejem) hay que ser siempre un poco salmonete, y si luego uno se lleva un zarpazo de oso, pues bueno, no se podrá decir que no lo haya intentado.
Lo que hay que decir cuando no se tiene demasiado que decir…


Yendo al tema, estamos, eso, ante un drama a múltiples bandas que pretende acotar el amplio tema de “la inmigración” y enmarcarlo en una serie de ítems más o menos reconocibles por el ciudadano de a pie y preocupado por aquello que se da en llamar “temas sociales” (qué queréis que os diga, así es como se le llama): desde el mamón de inmigración que aprovecha sus influencias burocráticas con fines poco legítimos (Ray Liotta) hasta el agente que decide ayudar a la familia de musulmanes que se le pasa por delante (Harrison Ford), pasando por otra fría agente, probablemente herida en su psicología interna (o así), que paga sus frustraciones con el inmigrante de turno (Ashley Judd). Todos ellos son ilustrados mediante una serie de dramas personales bien contados y bien trenzados pero poco o muy poco originales y, desde luego, nada apasionados.
El propósito es noble. Se trata de huir de las ideas prefijadas por todos nosotros, pecadores del mundo occidental, y de conductas irracionales fundamentadas en el prejuicio y el arquetipo. Bla. A este respecto, la película juega conscientemente la carta del relativismo, pretendiendo transmitir la idea (tan cierta como el Sol sale por el Este) que la sociedad es un delicado líquido amniótico en el que nadamos todos y una red de complejísimos y delicados eslabones que nos une. Un ámbito de interrelaciones llenas de matices y detalles.
Sin embargo, a los responsables de esto les cuesta conseguir esa objetividad pura a la que parecen aspirar. Y al final las construcciones de los personajes acaban siendo maniqueas y simplistas. Aun partiendo de esos principios más relativistas, la mayoría de los caracteres terminan tendiendo peligrosamente al trazo único.
En otras palabras, que ya se sabe, aquello del musulmán terrorista y el occidental superhéroe está pasado de moda. Ahora el hijoputa no siempre es el del turbante, sino que también puede ser el del Armani. Eso sí, el hijoputa es de lo más hijoputa.
Lo cual no deja de ser una lástima viniendo de una película que intenta mostrar cómo hay algunos elementos interesados en simplificar las relaciones sociales para fundarlas exclusivamente en tópicos reconocibles. Y nocivos. Al final todo termina cayendo en su propia trampa.
Porque no, a “Territorio prohibido” le interesa más bien ser un muestrario atractivo, un catálogo buenrollista y modernete. Y como tal, todas las minorías se encuentran representadas: hay musulmanes, hay judíos, hay hispanos y hay asiáticos, todos partiéndose la espalda para sobrevivir como se pueda. Lo cual es, en mi opinión, la gran tara de la película: “Territorio prohibido” no tiene una tesis clara, un punto de interés concreto más que demostrar lo jodida que es la vida del que pertenece a una minoría; de modo que involuntariamente termina poniéndose en un estado de superioridad paternalista, con la única voluntad de sensibilizar.


Bien, las cosas tampoco son tan terribles, no quisiera ponerme destroyer. La película oscila continuamente entre los momentos más histriónicos (que son los que la pierden, los que la invalidan como “drama realista”; ejemplo, el atraco a la licorería) y otros más sutiles. Ahí es justo donde todo encuentra un sentido y donde logra destacar. Cuando la cosa encuentra su propósito y lo sabe llevar a cabo con sutileza, elegancia o valentía, es cuando todo gana enteros. Un admirable ejemplo de ello es cómo no titubea al echarle al espectador un pedazo de carne cruda en forma de niña musulmana relativizando la figura del terrorista y demandando una cierta dimensión humana para aquellos que se autoinmolan. Lo dicho, la película se pone espinosa, pisa suelo realmente peligroso y todo cobra un cierto interés. Aunque sea por el simple hecho de poner al espectador contra las cuerdas.
Por desgracia estos momentos son los menos.
Los demás son una acumulación de minutos que en el mejor de los casos van a la deriva y en el peor saben exactamente qué teclas tocar en las conciencias del respetable, todo en una colección de momentos que, para colmo, terminan tonteando con unos terrenos, los del thriller, que no sólo no les favorecen, sino que encima lo reducen todo a lo simplón, casi a lo frívolo.
Eso sí, unas casi dos horas bien ejecutadas. “Territorio prohibido” es una película eficientemente rodada, fotografiada e interpretada, irritantemente pulida y tan correcta e impoluta como previsible y aburrida.
Una operación con la que las conciencias de un puñado de actores han quedado más limpias que el Netol, pero que por un quítame allá esos espectadores inteligentes termina haciendo aguas cochambrosamente.

4/10

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