Crítica de "Bicicleta, cullera, poma", por John Blutarsky

"Bicicleta, cullera, poma". "Bicicleta, cuchara, manzana". Una combinación de tres palabras al azar que constituyen una de las pruebas básicas en el diagnóstico de la enfermedad de Alzheimer. Una de las prubas a las que se sometió en su momento al ex-President de la Generalitat de Catalunya Pasqual Maragall y que terminaron conduciendo hacia una conclusión inapelable: Maragall tiene Alzheimer.
Todos los medios se hicieron eco y la sociedad catalana sufrió un pequeño impacto; Maragall puso en marcha una lucha a través de una nueva (Fundación Pasqual Maragall) y Carles Bosch empezó a rodar este su documental. Testimonio de la degradación mental, una decadencia pareja con las ganas de enfrentar la enfermedad por parte de Maragall y con las investigaciones científicas de nivel mundial.


Varios frentes se abren, pues, en el documental. Por un lado observamos la cotidianidad del ex-President desde casi el preciso momento en que le comunican la noticia. Las reacciones de sus allegados y de él mismo y su determinación a hacer frente a su desdibujado futuro.
Por otro lado, somos testigos de varios casos más, repartidos a lo largo del mundo (Estados Unidos, India, etc.) y seguidos por diversos profesionales, eminencias en la materia y empedernidos combatientes de la enfermedad.
De modo que la película va del particular al general en lo que pretende ser un gran retrato de la enfermedad en la sociedad actual, intentando calibrar todos sus aspectos y dimensionar su magnitud: aún hoy sigue siendo un mal incurable.


El primer problema de la película surge en este punto exacto. Dada la relativa inmovilidad de los avances médicos en el terreno (y a pesar de que miles de profesionales consagran su vida a ello día tras día), la evolución de la cura se hace casi imposible de apreciar. De modo que al final a uno le da la sensación que no sabe si todo sigue en exactamente el mismo punto que al principio de la película. Así que no nos engañemos: "Bicicleta, cullera, poma" funciona mucho mejor en las distancias cortas.
En el tú a tú con Maragall es donde se establece un diálogo realmente emocionante, muchísimo más efectivo y donde los sentimientos se manifiestan con claridad cristalina.
Es aquí donde mediante testimonios de familiares, compañeros y médicos (y sin esa molesta voz en off, culpable de algo así como un habitual Síndrome del Documental TV3) la enfermedad se presenta tal y como es. A través de un personaje que se pone voluntariamente bajo el microscopio, sin miedo a generar antipatía, compasión, empatía o rechazo. Donde Maragall muestra que puede mantener la vitalidad hata el final, un optimismo sobrehumano pero que también debe afrontar como pueda las reacciones adversas de quienes le rodean (los espectadores). O incluso de quienes lo aprecian (sus familiares y compañeros).
Aquí aparece, desde la sensibilidad y el tacto, la ironía de un personaje a quien le va costar perder cierta lucidez vital -los comentarios de Maragall a menudo son negros chascarrillos-, pero también el desamparo de quien va a perder la memoria lentamente. Pero en ningún momento se cae en la pirotecnia sentimental ni en la compasión aleccionadora.


El tacto con que se trata todo es admirable, la cantidad de fuentes y momentos recopilados generosa y los momentos de pura emoción, abundantes. No se puede reprimir el nudo en la garganta al oír de voz de su hija "el pare està malalt" ante miles de personas en el Palau de la Música. O empequeñecerse al escuchar a Diana Garrigosa (esposa de Maragall) diciendo cómo alguna vez ha sentido como su marido la miraba sin amor. O sentir cierto vértigo doloroso al comprobar el estado de una antigua amiga y compañera, ahora enferma avanzada y testimonio de a dónde puede llegar el futuro del propio ex-President.
A pesar de ello, sí es cierto que Bosch deja escapar algún momento de oro, que llevado con buena mano podría haber dibujado un poco más el estado actual del personaje. Un ejemplo, en ese momento único en el que Maragall pide estar el solo con el periodista y la cámara, la intimidad termina diluida a causa del montaje y al final termina por perderse la oportunidad.
Quizá Bosch debería haber concretado un pelín más. Haber echado mano de la tijera en la sala de montaje para concentrar su mensaje y desechar algunos que otros pasajes poco trascendentes. Intentar transmitir la idea de lo cotidiano, del paso del tiempo, economizando secuencias. O tratar de centrarse un poco más en lo personal y no echar tanta mano de las opiniones profesionales para ofrecer un relato que, dentro de la contención de lo imparcial, lograra un cierto clímax emotivo.
A pesar de esto, y de que a uno le puede llegar a sobrevenir la duda maliciosa de si cualquier otro enfermo de Alzheimer menos popular hubiera podido conocer un documental de este tipo, "Bicicleta, cullera, poma" funciona tanto como documento social, como testimonio de una etapa personal y como emocionante retrato de la vida, sus reveses y las ganas de vivirla por encima de todo.

7'5/10

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