Crítica de "Carancho", por John Blutarsky

22 muertos por día, 683 por mes, más de 8.000 por año, 100.000 muertes en la última década.
En Argentina, los accidentes de tránsito son la principal causa de muerte en menores de 35 años.
Esto sostiene un millonario negocio en indemnizaciones.


Así abre fuego "Carancho" y no, no se trata de un panfleto por la seguridad vial y la responsabilidad al volante de cada uno. Es más, si me pedís que sea sincero, no termino de ver el sentido a semejantes datos, habida cuenta que a Pablo Trapero y su equipo de cronistas de lo salvaje lo que le interesa es orquestar una historia seca, dura, sin concesiones y mucho menos sin didactismos ni mensajes cívicos de ninguna clase. Excepto, claro, en la parte de "millonario negocio en indemnizaciones".
El accidente de tráfico y "la vil plata" aquí es el marco para una historia negra que se pretende muy negra y un romance apasionado que también se lo cree mucho, el de un empleado en una agencia clandestina y una doctora de guardia en horas bajas. 

El primero (Sosa, Ricardo Darín) organiza montajes fraudulentos para sacar pasta a las aseguradoras con pólizas de accidente de por medio. La segunda (Luján, Martina Gusman) se mete de todo, vena directa, y aguanta como poste las ventiscas de la vida urbana metida en una ambulancia bonaerense. Sus destinos se cruzan, las circunstancias los ligan amorosamente y ambos terminan arrastrados por el agujero de la corrupción, los trapicheos mafiosiles y el fraude peligroso, cortesía de un puñado de depredadores, buitres que los sobrevuelan esperando su carroña.


Detrás de "Carancho" hay oficio (lleva el barco con seguridad Pablo Trapero, el deslenguado de "Leonera"), eficacia, consciencia (material inflamable, altamente peligroso) y, gracias a Dios, mano firme. Trapero y sus guionistas se montan un drama negruzco de alcance social (un thriller en entorno argentino no es lo mismo que uno en los USA, se entiende), que empieza como una de amour fou y va soltando su veneno a medida que pasa el rato. Como en las historias bien calculadas de antemano y narradas con eficacia, la madeja va liándose progresivamente y van apuntando todos sus elementos hacia un final que va tomando peso aun bastante antes de llegar. Todo se pone fatalista, los horizontes de los personajes se van revelando como oscuros cul-de-sac y sus pasados y futuros empiezan a resultar opresivos respecto a sus presentes.
Todo muy de reloj suizo, de vertedero urbano y de trapicheo callejero.
Cómo, ¿que todo esto ya lo habíais oído antes? Pues sí, parte de ello sí hay. De déja vu. Pero es que no se puede tener todo, y no se puede ser perfecto. A cambio de un sentido del drama eléctrico, hay que decir que Trapero no puede evitar caer en algún que otro lugar común del género y especialmente de la descripción de cierta angustia urbanita, ni recurrir a algunos recursos visuales algo gastados. Como ya hizo Scorsese hace su buen puñado de años, el director asfixia en muchos momentos a los personajes con un entorno que no conoce las palabras "profundidad de campo" y juega con un foco caprichoso (el desenfoque siempre da esa cosa como de "moderno" ¿verdad?) y una cámara al hombro que, aun necesaria para dar cierta cualidad orgánica a unas imágenes palpitantes, no es suficiente para transmitir por sí sola la urgencia de lo que se cuenta.
Y el plus que requeriría todo para inscribir "Carancho" en el grupo "thriller desgarrador" igual termina por no aparecer: Trapero probablemente debería poner más carne en el asador e inventarse algo más. Quiere incomodar y resultar audaz, y lo consigue. Pero quizá debería dejarse más los cuernos en resultar realmente original e intrépido.


De todos modos ya comentaba antes que todo esto termina siendo un poco simples futesas gracias a las virtudes de la película, que no son pocas. Gracias a ese planteamiento descarnado de la violencia (más de una y de dos secuencias se encaran al espectador y le hablan de tú a tú) y el juego con lo mostrado y lo escamoteado (en un ejercicio de sequedad y síntesis donde casi lo más pirotécnico que podemos encontrar es el uso del "fuera de plano"). Gracias a un Darín en permanente buena forma y a pesar de que, como de costumbre, él y sus personajes terminen avasallando a todo incauto que se les ponga por delante (en este caso la pobre Gusman, que no sale demasiado bien parada). Y gracias también a la visión tangencial y nada complaciente de una sociedad en un país gobernado con mano corrupta y de un orden social crispado, conscientemente alejado de los buenrollismos de gran parte de la producción cinematográfica comercial del país.
Pero especialmente, especialmente gracias a esa brillante secuencia final, maravillosamente orquestada entorno a un par de largos y vibrantes planos (más un último suceso bastante gratuito que no citaremos por decoro). Puro thriller callejero de coreografía endiablada y engranaje perfecto.
La balanza se decanta sobradamente hacia lo positivo en una película que, admitámoslo, es de notable. Pero ¿por qué no de sobresaliente? Ya lo apuntaba antes: quizá una visión más personal, más radical, más extrema, más iconoclasta, más original, o más sangrante lo habrían hecho posible. Los Coen habrían sacado oro de todo esto, y James Gray también. Pero esto ya es un tema personal.

7/10

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