Crítica de "Chloe", por el Capitán Spaulding

Tras meses y meses olvidada y perdida por las estanterías de los distribuidores, por fin parece que podremos ver la nueva película de Atom Egoyan, quien se sirve de un guión de Erin Cressida Wilson (firmante de la provocativa “Secretary”) para adaptar “Nathalie X”, tórrida historia amorosa protagonizada por Fanny Ardant, Gérard Depardieu y Emmanuelle Béart a quienes relevan Julianne Moore, Liam Neeson y Amanda Seyfried en la que ahora nos ocupa.
El argumento de “Chloe” suena a ya visto en mil y una ocasiones: una mujer pacta con una joven chica (una prostituta) una estrategia para poner a prueba al atractivo marido de la primera, de quien desconfía: la chica deberá forzar un encuentro con el hombre y tentarle con leves insinuaciones, y luego rendir cuentas con la mujer. Premisa harto decepcionante y digna de producción televisiva de sobremesa, que sin embargo se va tornando interesante conforme se desarrolla, hasta desembocar en un argumento bastante más oscuro de lo esperado (para quien no haya visto la original, claro está) y del que bueno será no decir demasiado.


Mejor centrarse, pues, en las sensaciones que provoca el último trabajo del cairota, que lo mismo pueden llevar a pensar en una nueva obra maestra del cine reciente, que en una auténtica tomadura de pelo... teniendo ambas perspectivas argumentos perfectamente válidos para ser defendidas.
“Chloe” puede suponer un tenso y fascinante thriller sentimental (o así) de cocción lenta pero constante y con una descripción más que acertada de cada uno de los personajes. Las inquietudes de una ¿desmejorada?1 Julianne Moore en relación a su cada vez más atractivo marido constituyen un reflejo excelente de las tribulaciones que suponen el paso del tiempo y el agotamiento de la pasión en una pareja, temáticas perfectamente revueltas con un entramado que no sólo puede resultar de lo más interesante, sino también proponer ciertas cuestiones a las que dar varias vueltas aun habiendo concluido la proyección, habida cuenta de su inesperado devenir.


Por su parte, Egoyan realiza una labor encomiable tras la cámara, haciendo del suyo un film sumamente cuidado y detallista, frío y sobrio pero también calculado al milímetro para evitar precipitaciones emocionales; hasta en el momento más tórrido de la película, la sensación es de un control total del cineasta sobre el espectador.
Por supuesto, gran parte de esos logros también se deben al trío de actores, lo suficientemente en forma como para hacer colar a la Seyfried como ardiente femme fatale, y sobresaliendo una Julianne Moore fantástica, como de costumbre.

Claro que todas estas argumentaciones pueden sonar a forzadas excusas para aquél que desde un primer momento no se deje convencer por un par de giros de guión medianamente inesperados y cuatro primeros planos elegantes. Igual que hasta ahora hemos enumerado las virtudes de “Chloe”, no menos relevantes son sus posibles carencias, que la hacen flirtear con la molesta sensación de estar ante una tv-movie con algo más de caché que de costumbre. Y es que lo mismo que puede llevar al éxtasis a un cierto rango de espectadores puede antojarse del todo insuficiente para muchos otros tipos de público (y de ahí que haya tardado tanto en estrenarse), y en ese caso todo dependerá -como en todas las películas de sobremesa a fin de cuentas- de la afinidad del espectador con la trama; de no existir, puede convertir los escasos noventa minutos de su metraje en una eternidad. Y como decía al principio, esta postura es exactamente igual de válida que la anterior.


Por mi parte dejaría así el comentario, ya que francamente me resulta muy difícil decantarme por una u otra vía. Es cierto que “Chloe” tiene pasajes la mar de interesantes, algunos momentos chocantes y por lo general muy tórridos. Su argumento tiene potencial para mantener intacta la atención del espectador, y su negrura general se agradece.
Pero no menos cierto es que a fin de cuentas, la intrascendencia de todo el conjunto provoca que se olvide con bastante rapidez y al final, lo que realmente perdura en la memoria son las escenas de cama, pocas pero suculentas...
Por todo ello, la cinta de Atom Egoyan se convierte en un visionado tan recomendable como totalmente perdible sin que por ello se esté dejando escapar una gran oportunidad.
Allá cada uno con sus necesidades cinéfagas.
5,5/10


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1 Al que esto escribe le sigue fascinando la quincuagenaria actriz.

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