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Crítica de "La verdad de Soraya M.", por John Blutarsky

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Que quede claro desde un principio: "La verdad de Soraya M." no es una película iraní. Transcurre en Irán, parte de un bestseller iraní de un periodista de la misma nacionalidad (Freidoune Sahebjam) basándose en hechos reales acontecidos en Irán en los años 80 y su director, Cyrus Nowrasteh, es americano de origen iraní. Pero no es una película puramente iraní.
Es producción norteamericana y poco o nada tiene que ver con los modos narrativos del cine persa. Al contrario, "La verdad de Soraya M." es una película muy occidental en su ritmo, en su planificación y en el uso de sus recursos cinematográficos.
Así que quien se espere nuevas vías de entender el drama, que busque mejor en otro lado.
Porque "La verdad de Soraya M." lo que encierra es un dramón sobre una situación real, la de las mujeres que son lapidadas en el mundo islámico, pero el enfoque es, en mi humilde opinión, totalmente erróneo. Perjudicial, incluso.


Nadie va a poner en duda la necesidad de un discurso de denuncia frente a tan aberrantes prácticas, que quede claro. Cuando el cine trasciende la etiqueta de la pura evasión a menudo tiene la posibilidad de recuperar su carácter guerrillero para dar cobijo a inconformistas, denunciantes, lo que sea. Ya digo, no sólo es lícito, sino también necesario que de vez en cuando se vaya dando el caso.
Un tema muy serio que debe tocarse con extrema delicadeza y si me apuráis hasta sabiduría narrativa. Justo de lo que carece la película, vaya por Dios.


"La verdad de Soraya M." desconoce la sutileza y la sugerencia, porque prefiere venderse al mejor postor, que en este caso es el artificio, lo dramáticamente subido de tono. No ofrece personajes, sino caricaturas de los mismos. Caracteres tan exagerados que con demasiada facilidad caen en lo maniqueo. Con todo esto "La verdad de Soraya M." resulta una película eminentemente demagógica, de sensaciones facilonas e inmediatas. Sin dejar que uno piense por sí mismo, llegue a unas conclusiones que, bien, son impepinables (la lapidación y la situación de la mujer en el mundo musulmán sólo puede caclificarse de horror) pero altamente delicadas. Reducirlo todo a un batiburrillo culebronesco no sólo es insensato, sino casi amoral.
Como lo es (mierda, quería centrar mi crítica en los aspectos puramente cinematográficos) convertir un hecho muy grave en un auténtico cliché: la Soraya de "La verdad de Soraya M." no es una mujer, sino una especie de mártir al más puro estilo Hollywood. O peor, al más puro estilo Mel Gibson: duele la manera que tiene Nowrasteh de privar a Soraya de auténtica humanidad (y privarle de su condición de víctima) para convertirla en una especie de William Wallace persa, con su propio momento de gloria trágica concretado en esa escena "cumbre" de la película.
Supongo que no hará falta decir de a qué me refiero: ese teatro del espanto que representa ese final termina de convertirlo todo en una caricatura, en una farsa maquillada, pirotécnica y sanguinolienta. En un montaje más cercano a la épica hollywoodiense que al drama real. Los efectos especiales están muy logrados, sí. Los sentimientos son límites, también. Pero el tratamiento es absolutamente granguiñolesco.
Todo lo demás es muy bonito, pero puro artificio. La visión que se da de Irán es simple exotismo de postal (esa fotografía sobretrabajada buscando como sea la belleza; esa música que acomoda los sonidos tradicionales al vago oido occidental) y todo el aparato formal está hinchado: la cámara no sabe estarse quieta, siempre se mueve en lentos zooms, se desplaza en tráveling circular o cae en absurdos ralentizados dramáticos. Siempre, siempre, enfatiza el discurso, tratando de idiota al espectador mientras teledirige sus sentimientos y negando el matiz, el detalle o el claroscuro.


Para terminarlo de redondear todo, las interpretaciones son casi de telefilme (¿qué te han hecho, Shohreh Aghdashloo?) y el guión resulta de un truculento que asusta. Al final, lo único que consigue con su conspiración propia de "24" y sus villanos de opereta es perder de vista el auténtico objetivo de todo esto, lamentándose, por ejemplo, de que la pobre lapidada fuera en el fondo inocente y víctima de un complot. Cuando de lo que debería realmente preocuparle a la película es que hubiera una sola mujer asesinada; culpable o no. Víctima de maquinaciones o no.
Los extremismos religiosos no hacen ningún bien a la humanidad. La sharia está anclada en un pasado que cuesta incluso imaginar. Se siguen cometiendo atrocidades como la que relata "La verdad de Soraya M." aunque sea negado por quienes más les conviene negarlo.
Es obligación del arte, o de parte de él, hacernos partícipes de todo esto. Pero esta no es la manera.
Disculpadme, igual es falta de objetividad, pero es que me ha cabreado mucho.

3/10

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