Crítica de "Circuit", por el Capitán Spaulding

Xabier Ribera Perpinyà se guisa y se come su segundo largometraje después de “A+”, un “Circuit” que escribe y dirige (entre muchas otras cosas) dando rienda suelta a sus inquietudes artísticas reflejadas en la planificación, fotografía, cromatismo y, en general, el estilo (audio)visual con que se presenta el film. Con Sophie Auster, Vincent Martínez, Misia Mur, Óscar Jaenada, Leticia Dolera y Michelle Jenner en los roles principales, el argumento gira entorno al mundo de la fotografía y la moda, presentando a un grupo de jóvenes vinculados, de manera más o menos directa, al pase de modelos cuyo nombre sirve de título a la película. Enamorados, solitarios, hastiados y/o soñadores, las relaciones entre todos ellos se acaban transformando en el reflejo de una sociedad (compuesta por jóvenes fotógrafos, modelos, periodistas y demás artistas) deformada y pervertida, que hace del exceso su modo de vida, del aburrimiento vital su personalidad, y del poner los pies de nuevo en la tierra una utopía que alcanzar para escapar de ese círculo cerrado y vicioso en el que se halla inmiscuida.
Todo ello en una estructura que lo primero que hace es derrocar el circuito cerrado por el que teóricamente debe transcurrir la narración de una historia, el tiempo, a base de fragmentar diversos sucesos y presentarlos de forma desordenada, con flashes que avanzan y retroceden en lo que pretende convertirse en una atípica experiencia sensorial que responde, intuyo, al desorden de las vidas de los protagonistas. Aunque también puede que todo se deba a un homenaje de Perpinyà a Quentin Tarantino, que “Circuit” no deje de ser una ficción pulp y que todo lo demás sea fruto de tratar de comprender los verdaderos objetivos del film.



Que el catalán tenga en el director de “Reservoir Dogs” un referente primordial queda patente en otros dos aspectos que destacan en su trabajo: los pantallazos negros con las definiciones etimológicas de circuito, y al intento de extrapolar conceptos de una sociedad en otra. Sólo así se explica la caracterización de esos personajes y, sobre todo, sus diálogos, que pretenden normalizar conceptos y aptitudes de carácter teóricamente más exclusivo (es decir, lo contrario que sucedía en “Pulp Fiction” y las hamburguesas del McDonald's, donde se le daba un trato elevado a un tema de lo más mundanal).
Lo que diferencia a Tarantino de Perpinyà es que ahí donde el primero es consciente en todo momento de su público, se mantiene bien cerca de él y no se aleja un ápice, el segundo parece haberse olvidado totalmente de él. A causa de ello, no hay nadie en “Circuit” que pueda crear el más mínimo vínculo con el espectador, cuya empatía con el film se hace fugazmente visible cuando se recurre a la tierna figura de un animal de compañía (no antes de la media hora), y adquiere cierta insistencia cuando, encaminándose a su tercio final, el guión se relaja puntualmente al centrarse en temática puramente sentimental. Esa carencia de simpatía hace que sus diálogos, alargados en demasía, se conviertan en el principal punto de mira, puesto que difícilmente se le pasan por alto pedanterías aparentemente rutilantes y teóricamente trascendentes a quienes no despiertan más sentimiento que el desprecio (especialmente en el caso de Vincent Martinez). Así, pasajes como el del chico profesando su amor recurriendo a una metáfora con James Stewart, o el de la conversación en el taxi (algo como “¿Quién eres tú? Tú no eres tú. Yo sé que soy yo, pero tú no eres tú”) se convierten en una losa excesiva, herida irremediablemente mortal para una cinta basada en la profundidad de un guión que a la postre se antoja de lo más superficial.


Entre sus imposibles personajes, que siempre parecen tener la frase más grande, el razonamiento más relevante, o la angustia vital más perturbadora, y una esforzada realización que peca de excesiva con su montaje videoclipero, sus ralentizaciones o sus planos artísticos (feos en más de una ocasión) salidos de la mente de un fotógrafo, a medida que avanza “Circuit” se va haciendo más inaccesible, un recorrido excesivamente escarpado para el espectador, con un premio demasiado exiguo en la meta.
Aunque premio al fin y al cabo: ahí está esa mutación fría y alienígena de una Barcelona desconocida, la embriagadora potencia visual de alguna de sus imágenes, o los apartados trastornos sensioriales provocados por una dirección técnico-artística lograda.
En conjunto sabe a poco, sin duda, pero semejante apuesta por el riesgo cinematográfico, por el preciosismo de la puesta en escena o por argumentos de corte emo-depresivo, tienen la posibilidad aquí de valorar un producto ombliguista y autodestructivo, pero no exento de interés.
A los que no, que pasen de largo salvo fanáticos de alguno de sus actores.
4/10

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