Crítica de "Poesía", por John Blutarsky

En la medida de lo posible, enfréntese uno a "Poesía" con una taza de té de azufaifa calentito y todas las tensiones, las prisas y los perjuicios cinematográficos de raíz occidentalista aparcados en casa. Véase la nueva propuesta del surcoreano Lee Chang-dong con ese estado de espíritu abierto y receptivo, limpio y sobre todo téngase muy presente su título.
"Poesía" es prosa manchada de poema, o al revés. Una historia que transpira sencillez -que no simplicidad- y sinceridad -que no vacuedad. La de Mija, señora que de camino a la tercera edad se topa con los primeros síntomas de Alzheimer y los primeros indicios de un sangrante choque generacional. El tiempo se le escurre entre los dedos y le aseguran que su mundo va a difuminarse con el paso de los meses, pero la realidad sigue siendo contundente: el nieto de quien está al cargo está muy quinceañero, pero para colmo le reserva una desagradable sorpresa en forma de tremendo drama personal, moral y hasta penal.


Ya que no entiende la realidad en la que vive (y, gentileza de la enfermedad, cada vez lo hará menos) se decide a intentarlo a través de la poesía y la observación de la realidad. Ver las cosas con otros ojos, sentir el mundo que la rodea, dejarse empapar de la belleza de la vida cotidiana que se desprende del ejercicio de aplicar un cristal distinto al habitual. Y se propone escribir un poema, posiblemente el último de su vida, mientras se enfrenta a la realidad que intenta superarla a cada vuelta de esquina: el dichoso nieto, lejos de ser un angelito; el hombre al que cuida de vez en cuando para sacarse unos wons y que logra acceder a la cara más desagradable de Mija; su propio grupo de poesía, hatajo de heridos y ex-lastimosos que han encontrado en la letra escrita su curación.
¿Muy espiritual? Y qué. Cuestión de sensibilidades.


Lee Chang-dong abandona el bestial desgarro a herida abierta de su anterior "Secret Sunshine", pero no el retrato femenino elaborado, matizado y sutil. Mija no parece especialmente nadie. Pero poco a poco va abriéndose y manifestándose como una personalidad compleja, un ser entre la inocencia, la experiencia, la curiosidad y lo estrambótico de los achaques del Alzheimer. Un personaje tan discreto como apasionante, trazado con sabiduría y delicadeza e interpretado a las mil maravillas por Jeong-hee Yoon, actriz superdotada para el gesto imperceptible y la hondura inesperada. Centro lógico del relato, catalizador de todas las emociones que todo esto pueda llegar a transmitir.
Chang-dong nos habla del paso del tiempo (tan severo como el hecho de que el olvido pueda sobrevenir a los 65 años… o la muerte a los quince) porque la propia Mija intenta capturar su esencia en ese su futuro poema, contemplando el lento marchitar de las flores o el cauce imparable de los ríos.
Por eso, en este clima tan zen probablemente desentonaría una catarsis emocional tan descarnada como la de la anterior película del realizador. Así que aquí opta por la serenidad, por el pulso firme del "despacito y con buena letra", por la parsimonia y una complicada contención.
Y logra una historia a medio camino entre el melodrama, el costumbrismo oriental, la comedia suave y el culebrón. Un relato maduro, bien templado y mesurado, pero también poco complaciente para con los que tengan sed de información, de grandes sucesos y de gritones berridos dramáticos. No le sentaría mal a una historia semejante recrearse en la tragedia, en el dolor profundo, pero entonces no quedaría demasiado espacio para la poesía. ¿No?


Porque aquí el lirismo surge de la austeridad formal más absoluta. De parar atención a los detalles, a los pequeños gestos llenos de emoción. De saber destilar un poco más los hechos hasta llegar a su núcleo dramático. Oh, pero no a base de imágenes vacías, precisamente. Lo bueno del naturalismo de Chang-dong es que a uno se le escapa el estilo del director sin que se dé cuenta. El hombre sabe integrar tan bien en su discurso unos encuadres precisos, una métrica de montaje tan calculada que lo normal es que uno lo absorva, que el espectador se lo trague con facilidad y fluideza, la que consigue la caligrafía de cámara de Lee Chang-dong.
Es hacer fácil lo difícil. Y construir un relato no amigo de las comodidades, pero perfectamente compatible con quien esté dispuesto a abrirse a él. A dejarse empapar despacito por la tristeza que no lo parece, hasta llegar a la coda emocional más intensa y el desenlace más estremecedor que un servidor ha vivido en los últimos meses.

8’5/10


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