Crítica de "The Way", por el Capitán Spaulding

Tras su buena acogida por el festival de cine de Toronto, se estrena en España “The Way”, nueva película de Emilio Estévez como director que cuenta con su padre, Martin Sheen, como principal impulsor y protagonista. Fue el propio Sheen quien le propuso a su hijo mayor la escritura del guión y posterior rodaje (cámara digital en mano) de la historia de un hombre que viaja a Francia para hacerse con los restos de su hijo, fallecido en los Pirineos cuando empezaba el Camino de Santiago, y se acaba convirtiendo en un peregrino más. Junto a los caminantes interpretados por Deborah Kara Unger, Yorick Van Wageningen y James Nesbitt, el doliente aprovechará la ocasión para conocer a su hijo (el propio Estévez) y entender el porqué de una visión de la vida radicalmente opuesta a lo inculcado en el seno de su familia, y para descubrirse a sí mismo.
Película emocional, introspectiva, sentimental y, en una palabra, ñoña, que sin embargo supone una agradable sorpresa por varias razones entre las que sobresale la voluntad de no querer tratar al público como idiotas.
 Sólo con eso ya logra “The Way” esconder carencias (que no son pocas) y sacar a relucir virtudes (que tampoco son pocas), haciendo del suyo un visionado como mínimo inofensivo, que variará en entusiasmo en función de la capacidad del espectador por aguantar, a día de hoy, largometrajes que sobrepasen de largo las dos horas de duración.



Esos 140 minutos (minuto más, minuto menos) a los que recurre Estévez son precisamente la mayor losa con la que debe lidiar su último trabajo, ya que se antojan excesivos para un argumento tan sencillo. El motivo de semejante dilatación es el desarrollo episódico del entramado, que presenta numerosos personajes que aparecen y desaparecen (Ángela Molina, Eusebio Lázaro y los propios acompañantes del protagonista) y situaciones de interés variable que, en conjunto, suponen inevitables altibajos rítmicos.
Tales sensaciones empañan el resultado final especialmente desde el punto de vista del público español, pues pese a ser sumamente respetuosa con la cultura nacional en general y la(s) que rodea(n) al Camino en particular, la cinta no puede evitar ciertas concesiones a los clichés más burdos (decepcionan los episodios del torero en ciernes y de la familia gitana), que de haber sido sencillamente borrados en la sala de montaje nadie hubiera echado de menos en un film ya de por sí parco en intensidad.
Del mismo modo, determinados pasajes pecan de repetitivos y le restan contundencia al discurso final, sobre la salvación de un hombre a manos de su fallecido hijo y la última posibilidad del primero por conocer realmente al segundo (justo cuando debe despedirse de él para siempre).


Todo ello hace de “The Way” una película carente de momentos realmente álgidos a nivel emotivo, cosa que parece irle perfectamente a un Emilio Estévez esforzado por primar la elegancia y la sobriedad por encima de la lágrima fácil. Y es por ahí por donde despunta ese logro al que hacía referencia, esa agradable impresión de no haber sido tomado por el pito del sereno que permite al espectador una hermandad mucho mayor con sus personajes y sus respectivas historias.
Puede que no se requiera el uso del pañuelo en ningún momento, pero eso no evita que, al final, uno acabe convertido en un peregrino más y sienta la expedición con la misma pasión pasión, el drama con igual desgarro y las relaciones entre compañeros con igual ternura.
El haber recurrido a un par de cámaras digitales resalta la vivencia, haciendo de él un film prácticamente amateur, como si del rodaje de un viaje entre amigos se tratara sin que por ello desprecie una puesta en escena que se antoja arrebatadora y visceral.

En resumidas cuentas, cierto es que a priori “The Way” parece una propuesta muy poco atractiva. Lo normal ante estos casos es arrugar la nariz y pasar de largo, y sin embargo el espectador cae aquí en el error, pues al darle una oportunidad, se encuentra con personajes profundos, realistas y muy bien delineados, enfrascados en una travesía cotidiana (a la par que heroica) que acaba suponiendo una revelación vital. Esa es la virtud con la que dicen que cuenta el Camino de Santiago, y es exactamente lo que acaba evidenciando el trabajo de Emilio Estévez, al que se le pueden achacar varios males, pero no cabe duda de que su visionado acaba haciéndose reconfortante. Dos horas y veinte de humanidad que acaban en una sincera sonrisa, y eso a día de hoy, tampoco viene mal.
7/10

4 comentarios:

  1. Me llamaba bastante la atención y ahora que leo lo que hay, MÁS.

    A veces pagar 8 pavos para después comprobar que has visto una buena peli te hace sentirte mejor persona.

    Pendiente me la dejo.

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  2. A ver, tampoco te esperes una gran película. Ya ves que hablo de cierta apatía y momentos demasiado alargados. Pero es eso, que al salir te paras a pensar y oye, qué a gusto te quedas...

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  3. A mí me encantó, precisamente por eso, por su sencillez argumental...también me gusto la interpretación de Sheen padre, no sé si es así de neutro en su vida real pero da una idea de la relación padre-hijo en la peli...y la banda sonora creo que está bien escogida, me imagino que intenta acercar la figura del hijo a través de la música que escucha en su viaje...en esencia, creo que está bastante bien si no vas con muchas espectativas...

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  4. Yo creo que sí, oye, que esto tiene mucho de autobiográfico y que, por tanto, el Sheen sr de esta película no se alejará demasiado del Sheen de la vida real.

    En fin, celebro que te haya gustado la película. La verdad es que a veces no todo tienen que ser grandes historias!

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