Crítica de "Agua fría de mar", por el Capitán Spaulding

El debut en la dirección de largometrajes de la costarricense Paz Fábrega supone una nueva muesca en ese cine exigente pero gratificante que navega en un mar de emociones subterráneas, retratos sociales, historias íntimas y máxima importancia a los elementos pasivos de pantalla.
"Agua fría de mar" es la historia de una mujer que se dispone a pasar los últimos días del año junto a su pareja, un chico adorable pero siempre ausente por motivos de diversa índole. Y también es la historia de una niña de trece años que vive con su familia en condiciones desastrosas, con una figura materna que no acaba de congeniar con ella y una paterna que en cambio parece hacerlo demasiado. Sus caminos se cruzan en una playa poblada por peligrosas serpientes marinas, perfecta representación de sus respectivas vidas: pese a la debilidad de sus barrotes y la proximidad de su salida, ninguna de ellas puede acabar de escapar de la jaula que las retiene; no acaban de poder hacer uso de la libertad de la que, en teoría, deberían disponer sin mayores complicaciones.


Con un estilo sobrio, frío y desgarbadamente perfeccionista, el atractivo de la película reside no en su argumento, más bien parco en acción (por así decirlo), sino en en el abanico de sensaciones que su directora logra transmitir a través de sus imágenes y de sus obsesiones artísticas, y que culminan en el gélido contraste que se instaura en comparación con el teórico calor bochornoso del lugar. Con esa diatriba juega de manera constante "Agua fría de mar", haciendo que choquen, por ejemplo, la vida de pura diversión de los niños que conviven con una de las dos protagonistas y la amarga soledad de ésta, o la buena condición social de la segunda con su malestar, que en este caso trasciende lo psíquico para amenazar incluso lo físico.
Particularidad ésta, la concerniente al estado de salud de la más mayor de las protagonistas, como tantas otras que Fábrega apenas deja entrever si detenerse un segundo más para desarrollarla: no son pocas las ocasiones en que su film deja deliberadamente cabos sin atar, para que sea el espectador quien se encargue de ello. Y es que pese a su simplicidad aparente, el entramado esconde un universo entero del que la directora opta mor mostrarnos tan sólo una parte, sin que por ello el resto deje de resultar igualmente interesante.


El problema, sin embargo, asoma justamente en las innumerables ramificaciones con que ese universo se va enriqueciendo, que unidas a la dualidad de la estructura de la película provocan cierta dispersión que acaba por distanciar en alguna que otra ocasión al espectador. Y eso pese a los lógicos paralelismos de las dos historias, y a la por lo general acertada manera en que Fábregas va pasando de una a otra, recurriendo tanto a detalles técnicos similares como a pasajes argumentales equivalentes.
Nada de qué alarmarse, ojo, ya que eso en ningún momento impide disfrutar en condiciones de lo que realmente importa en tan atípica propuesta: valores como ese espíritu poético (o así) escondido en su aparente cruda cotidianidad, la vertiginosa profundidad de sus personajes o el vigor que desprende a pesar de su aparente sosiego, pesan más que esos ligeros tropezones a los que, quizás, habría que añadir la ingenuidad en determinados pasajes. Todo ello y un final que alcanza la perfección hacen de “Agua fría de mar” una cinta arriesgada y valiente, una revolución de sentimientos (que toca escarbar para encontrarlos) y una más que válida carta de presentación para su directora.
6,5/10

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