Crítica de "Morning Glory", por John Blutarsky

Y justo cuando uno se cree que lo ha visto todo se obra el milagro. O eso o el primero de los Signos del Fin del Mundo, no estoy seguro. A saber: comedia romántica absolutamente canónica, con actores de capa caída más actriz joven de supuesto potencial cómico y que no pretende nada más que entretener por lo sano y no provocar un daño neuronal demasiado masivo. Y va, y resulta que el invento no está nada mal. No, esto no puede presagiar nada bueno.
Pero que nos quiten lo bailado, que con "Morning Glory" ya fermentando en el tracto, uno se siente tan feliz como si se hubiera comido una enorme, reventona manzana de caramelo. Dulce y bien bonita de ver, poco alimenticia, pero agradecida a las papilas.
Por eso. "Morning Glory" no es que tenga especialmente nada (en concreto valores cinematográficos), pero el hecho de que no se le trate a uno como si fuera perdida e irremediablemente cretino ya ayuda. Principalmente porque se esmera un poquito más de lo normal en buscar la fórmula de la comedia perfecta, esa que parece moderna pero que en el fondo bebe de lo clásico, del screwball y la guerra inter-presonajes abierta. Del choque de caracteres y la búsqueda de situaciones-conflicto en perfecto equilibrio entre lo dialéctico y lo físico.

Y así. La cosa va como sigue: a Rachel McAdams la ponen de patitas en la calle y debe buscarse un nuevo trabajo como productora ejecutiva en un cochambroso canal que aloja un escuchimizado programa matutino, a medio paso de lo cancelable. Presentado para más inri por una auténtica diva (esto es, una bitch con la cara de Diane Keaton) del audiovisual marujoso. Primera medida: despedir al presuntuoso y canallil co-presentador (Ty Burrell siempre mola). Segunda medida: encontrar a otro que, encima, logre achicar el agua de su paupérrimo share y reflotar el barco. Entra el huraño Harrison Ford. Voilà. La fórmula. Agriada exestrella + prepotente pseudoestrella + pobre desgraciada que pasa por ahí = buen rato asegurado. Siempre, por supuesto, que esté ensalado con un buen aliño de diálogos chipeantes (check), de interpretaciones con garra cómica (check, check y check) y de un desarrollo de los hechos que no se crea demasiado lo que no es: una reflexión seria sobre los avatares laborales de la mujer moderna trabajadora. No, no quiero decir como "Armas de mujer": he dicho "seria".


Así que es un gusto ver cómo Harrison Ford sabe echar su carrera por el retrete con estilo, y que el encasillamiento de Diane Keaton le está sentando estupendamente bien en el cutis de su curriculum. Que ambos saben reírse de sí mismos practicando la ironía y la autoparodia con insultante deportividad. Que Jeff Goldblum sigue siendo Jeff Goldblum. Y que Rachel McAdams deberá controlar un poco sus histrionismos graciosos y su vena insultantemente pizpireta, pero que mientras tanto, pues eso que nos llevaremos a la buchaca.
Obligados momentos de ñoñez que se intensifican, no falla, hacia el final de la cinta. Un personaje masculino (el soseras de Patrick Wilson) de quita y pon y una relación con este de lo menos mullida. Un desarrollo predecible hasta la náusea. "Morning Glory" tiene sus cosas malas, por supuesto. Que estamos hablando de una romcom 100% Hollywood, 100% siglo XXI, no lo perdamos de vista.
Pero oíd, que lo de "tan previsible" no le quita lo de "tan simpática". Y que lo de "intrascendente" deberíamos predecirlo de un "deliciosamente". Y es que "Morning Glory" tiene la extraña virtud de demostrar, con esos muy bien puestos, que Hollywood aún es muy capaz de hacer buenas malas comedias románticas.

6/10

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