Crítica de "Twelve", por John Blutarsky

Hay directores que, o bien por incapacidad o bien por mala suerte, siempre han visto su empeño y buenas intenciones recompensados por una respuesta popular y crítica tirando a lo discreto, cuando no a lo desastroso. Es el caso de Joel Schumacher, al que como mucho se le reconoce un jitazo de los ochenta ("Jóvenes ocultos"), una película genuinamente buena ("Un día de furia"), algunas tirando a templaditas ("Última llamada", "Un toque de infidelidad", "Tigerland") y un arsenal de bodrios flagrantes, a cuál más. Capitaneados probablemente estos últimos por el infame díptico del hombre murciélago, que confinó al desgraciado Batman a los terrenos del homoerotismo kitsch.
Así que no extraña demasiado que su último intento antes de la futura "Trespass" sea un nuevo tiro errado, un fallo mayúsculo. Bueno, sí, pues uno más.
Lo peor de esto es que en esta ocasión Schumacher ha querido asegurar el tiro y parece haber buscado una especie de prestigio declinándose hacia un drama urbano y -pretendidamente- realista (esto es, drogas), después de las hostias que ha podido recibir a lo largo de su carrera con géneros "menos nobles". 

Es como si quisiera demostrar que él en realidad es un tipo serio, preocupado por los terremotos vitales de la edad postadolescente y suficientemente capaz para plasmarlo todo en la película que dé sentido a esta generación. No soy quién para analizar las fortalezas y debilidades del señor Schumacher, pero vive Dios que en este caso se ha mostrado totalmente incapaz.


Porque el director no es David Simon, eso desde luego: su visión no transmite la fuerza y la suficiente imbricación con la pura realidad. Y tampoco puede codearse con Gus Van Sant y sus incómodos retratos de la angustia juvenil: le falta conexión, frialdad y capacidad analítica. Además de una marca autoral que lo distinguiera de la muchedumbre artística, eso por descontado.
Y tampoco logra llegar a convertir su producto en el "Trainspotting" de los dosmildiez por su falta de riesgo, de mordiente, de capacidad punk y de simple adrenalina narrativa.
¿Entonces? Entonces nada. Es lo que nos ofrece Schumacher. Vacío. Una serie de historias personales interconectadas y con tres denominadores comunes: todos sus protagonistas son jóvenes, con ganas de juerga y mucha pasta que gastar.
Y sí, de acuerdo que el placer culpable de "vidas huecas de mujeres adineradas" está cada día más presente en las sobremesas catódicas de medio mundo (el occidental con pocas preocupaciones reales), ya sea por envidias diversas o por un síndrome "pobres ricos estúpidos". Pero este compendio de historias de niños pijos neoyorkinos a uno termina poniéndole los nervios de punta. Por lo tópico (padres ausentes), por lo repelente (todos son unos malcriados de agárrense) y, muy especialmente, por lo irreal del asunto.
Porque ese es el gran pecado de "Twelve". No sólo que se pretenda moderna y resulte hortera; ni que quiera escrutar a sus personajes (la cámara los sigue allá donde van) y en realidad no profundice en prácticamente nada. No, el gran fracaso es la tremenda distancia que existe entre la gente que puebla los planos de "Twelve" y el espectador que los recibe. El problema: la falta de verdad en todo ello, la práctica ausencia de credibilidad que puedan aportar unos personajes que involuntariamente son parodias y que no generan ningún tipo de empatía. La dificultad de tragarse una píldora tan rugosa como una trama basada en unas relaciones interpresonales tan efectistas como anodinas. El tener que soportar una constante narración en off (cortesía del amigo Kiefer Sutherland) impostada, pesada, lapidaria. O la sensación de que todo eso va a terminar conduciendo a un clímax dramáticamente risible seguido por una serie de epílogos casi moralizantes. Peor aún: la constatación de que, efectivamente, así es.


La conclusión es que "Twelve" hace aguas por todas partes al intentar llegar demasiado alto saltando demasiado bajo. Que ni es retrato generacional, ni thriller juvenil, ni drama sentimental, ni nada de nada, excepto pretenciosa, hueca y desenfocada. Así que, en serio, mister Schumacher, what was the point?

3/10

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