Crítica de "Pájaros de papel", por el Capitán Spaulding

No podíamos pasar por alto que el debut en la dirección de largometrajes de Emilio Aragón le haya supuesto, al protagonista de “Médico de familia”, una nominación al Goya precisamente en la categoría de mejor dirección novel (amén de la obtenida a la mejor canción original por “No se puede vivir con un franco”); por ello, a un par de días de la ceremonia que podría ver al hijo de Miliki alzando tan preciado galardón, recuperamos estos “Pájaros de papel” que significan una nueva aproximación a la posguerra española, desde la perspectiva de tres personajes vinculados profesionalmente al teatro (en general; al humor en particular) pero irremediablemente enfrascados en la problemática social que llevó consigo la instauración del régimen franquista. Dos compañeros de escenario, uno con secretos inconfesables y otro afectado por la pérdida de sus seres queridos, a los que se le une un niño extraviado con muchas tablas y mayor desparpajo, del que se acaban haciendo cargo. A través de tan dispares ojos pasa una vida marcada por la intolerancia, la vejación y el miedo, por la pobreza y el hambre... pero con espacio para el buen humor, mejor espíritu humano e indómita sed de revuelta. Nobles objetivos los de Aragón, sin duda, que sin embargo a la hora de la verdad acaban sucumbiendo ante terribles tachones que acaban haciendo demasiada mella en una película coja.


Coja porque si se debiera usar tan sólo un término para describir “Pájaros de papel”, sin ninguna duda se la tacharía de irregular, y es que acumula tantas fortalezas como debilidades. Sirvan como ejemplo los primeros compases de su metraje: no cuesta apreciar el gran esfuerzo técnico e impecable gusto artístico de los que se sirven el director y su equipo para recrear la época, y sin embargo no resulta menos evidente la tendencia del film a tirar por la lágrima fácil, particularmente buscada por una banda sonora vergonzosa en su intento de conducir las emociones del espectador en los momentos clave, a base de subidones de violines o similar. Y a la inicial muerte en ficción de mujer e hijo de Imanol Arias me remito. Actor que, por cierto, arranca con una interpretación cargante (cambio de voz incluido) pero tras el drama recupera el estado de forma habitual, yendo por consiguiente muy a la par de los acertados Lluís Homar y el joven Roger Príncep. Son ellos tres los protagonistas encargados de dar humanidad a una relación que no tarda en cuajar haciéndose creíble, divertida y entrañable, muy visceral. Sin duda lo mejor de un guión no exento de otros aciertos, destacando el misterioso año perdido de Arias (del que no hace falta decir nada para que se entienda todo) y sobre todo los diversos enfrentamientos entre fuerzas de la ley y pueblo, con un sentido de la tensión encomiable.


Una pena que una y otra vez, la cinta acabe cayendo en recursos sumamente fáciles y efectistas, convirtiendo a los malos en muy malos (el personaje de Diego Martín es un ridículo estereotipo con el que el actor poco puede hacer) o cortando de raíz cualquier posibilidad a hacer del suyo un guión inteligente, verdaderamente intenso o, por qué no, incendiario. Claro que todo ello es de esperar cuando quienes lo escriben son el propio Emilio Aragón y Fernando Castets, cuyo mayor éxito sigue siendo “El hijo de la novia”... Sea como sea, por muy interesante que resulte su visión de tan difíciles momentos, por muy curioso que se antoje el parecido establecido entre ella y la posterior “Balada triste de trompeta” (por recurrir a enfoques muy similares desde los que tratar la posguerra), por muy bien hecha que esté o mejor interpretada parezca, al final acaban pesando en exceso sus limitaciones. Entre la música que sigue erre que erre en su empeño por suicidarse, la constante simplificación por la que opta a cada situación compleja a la que se enfrenta, o los clichés exagerados, “Pájaros de papel” va rebajando mucho su listón, y se acaba convirtiendo en un productito demasiado largo (muy mermado por sus casi dos horas de duración), de lágrima fácil y carencia de verdadera enjundia. Agrias sensaciones que adquieren demasiado protagonismo especialmente cuando, a medida que se aproxima el final, el espectador ya ve venir el desastre, que confirma con uno de los clímax más ridículos que un servidor recuerde, impropio de esa teórica aura de capciosidad que rodea el cine histórico español (o así). Menos mal que el epílogo con invitado de honor sirve para salvar los muebles, al ser curiosamente el único momento en que, de verdad, las emociones afloran con todo su esplendor. Salvada por la campana.
5/10

2 comentarios:

  1. La vi en su momento en el cine y ya no la tengo tan fresca, pero, aunque me gustó, en el sentido de que ni me aburrió, ni se me hizo pesada y me mantuvo pendiente, no me pareció una maravilla. Lo que más me gustó fue Carmen Machi, sin duda. Y lo que más me desconcertó, el final. Y no digo el final de la historia, sino el final final, el "actual".
    De todas formas, y aunque existen las posibilidades de que esta peli se lleve el Goya en su categoría, yo apuesto por David Pinillos.

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  2. Pues ea, te llevaste el gato al agua. Y eso que Bon Appétit nos pareció, por utilizar la jerga al uso, un ojete de dromedario... Pero bueno, ahí está triunfando en taquilla y llevándose Goyas, en fin... Sobre Pájaros de papel, sí que es verdad que la Machi se lo curra, pero haciendo un poco lo de siempre. Para verla de verdad, te recomiendo La mujer sin piano. Gloriosa ella, y gloriosa la película! (aunque no apta para todo tipo de público, aviso...)

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