Crítica de "Women without Men", por John Blutarsky

Aunque luego aguantan poco más de un par de semanas, tenemos la enorme suerte de poder disfrutar a menudo en nuestras carteleras de propuestas llegadas, grosso modo, de Oriente Medio. Luego la suerte ya no es tanta cuando esas propuestas resulta que incluyen títulos tan nefastos como "La verdad de Soraya M"... pero sea como sea, y aun siendo menos de lo deseado, si uno pone la oreja será capaz de captar voces de esos ciertos países en las carteleras con cierta asiduidad. Y afortunadamente nosotros no tenemos que vender nuestra alma al DVD para ver cosas que se hablen, qué sé yo, en farsi, por ejemplo.
Por eso sorprende una propuesta como la de "Women without Men". Porque uno se la encuentra de cara y de buenas a primeras la considera indiscutiblemente inscrita en los modos y argumentos del cine de temática relacionada con el islam, pero de poco que le hinca diente se da cuenta de que al mismo tiempo se encuentra alejada de lo que tenemos por costumbre ver. Que es, y a mucha honra -por la necesidad de su existencia-, dramas-denuncia de corte social (la miseria de un país castigado) o humano (lo miserable de algunos castigadores: la violencia de género amparada en una repugnante relectura de los preceptos religiosos).

Y sin embargo, "Women without Men" en seguida muta hacia otros terruños. Situada en pleno chup-chup social, en vísperas del golpe de estado que al gobierno de Mohamed Mossadegh propinaron los partidarios del Sha, instigados por ingleses y americanos (corría 1953), la película fija su mirada en las vidas de cuatro mujeres de condición distinta: Zarin, una joven prostituta cuya humanidad va camino de la destrucción; Muni, una mujer concienciada, de vocación activista, interesada por la situación política de su país aunque pisoteada por el puerco de su hermano; Fakhri, esposa de un militar favorable al régimen del Sha insatisfecha con su matrimonio; y Faezeh que está enamorada del tiránico hermano de Muni.
Una cortante colección de vivencias personales bien nutrida de momentos de un dramatismo humano terrible, desalentador. 


A pesar de ello, la voluntad historiográfica no tardará en salir: a pesar de que los personajes con estas dos características principales ("mujer" y "musulmana") tienen que ser por fuerza arrebatadores, "Women without Men", encuadrada como está en ese marco histórico, se quiere documento de aquel momento. Lo es: su afán testimonial la sitúa más cerca del "Persépolis" de Marjane Satrapi que de cualquiera de sus coetáneas (las obras de Panahi, de Ghobadi, de los dos Makhmalbaf, desde luego de Kiarostami), excepción hecha, quizá de Majid Majidi. Y es que lo que busca la directora Shirin Neshat es trazar una contextualización histórica aun sin renunciar a una carga sugerente, a una cierta transmisión de sentimientos implícitos en todo cambio histórico, alejada de la frialdad de la acumulación de datos pura y dura.
Y aquí es donde debería sonar la alarma y alertarnos: esto es distinto. Y peliagudo, pero de entrada, distinto. Lo de Satrapi no lo digo porque sí: en la Historia que se nos cuenta intervienen sentimientos, creencias y hasta espiritualidades. Al fin y al cabo se relata la Historia de un país, y un país está habitado por personas; sacos no sólo de huesos y carne sino también de sentimientos. Así que "Women without Men" confía gran parte de su arsenal narrativo a lo simbólico, a lo metafórico, y camina, con cada vez mayor temeridad, por la cuerda floja de lo fantasmal, rozando en algunas ocasiones el género fantástico; directamente el terror. Y decide que si le da la gana puede hipotecar la veracidad de la historia para usar recursos que responden más a esa fantasía sugerente que a una lógica realista. Se recurre casi, y salvando las distancias, a una especie de "realismo mágico".
Y el caso es que Neshat se lo puede permitir. Por lo menos a nivel formal: "Women without Men" es un auténtico retablo fantasmal en movimiento, tocado por una iluminación sencillamente impresionante y una fotografía inusualmente bella, siniestra o luminosa, según se tercie. Planificada siempre con una voluntad plástica (la geometría está muy presente en la mayoría de tiros de cámara). Y rematado todo por esa banda sonora firmada por el gigante Ryûichi Sakamoto en una insólita(1) combinación de sensibilidades artísticas que, sin embargo, terminan encajando los dientes de sus respectivas ruedas con envidiable precisión.


Un estado de ánimo el que construye Neshat, en fin, marcado por el denominador común de la delicadeza a la hora de enfocar los temas más espinosos y coronado por una serie de momentos de escalofriante factura visual y terrible fondo conceptual, de esos que se anclan al cerebro y no se sueltan en tiempo: la secuencia que abre la película, o la que protagoniza Zarin en los baños, o el mismo mensaje final son de un voltaje emotivo que espanta.
Pero ojo, que el exceso es difícil de vadear, y otra cosa es que a veces los delirios de la directora la lleven a chapotear en un charquito de aguachirri lírica recalentada algo desagradable. Y que sus escapes poéticos terminen resultando algo forzados por autoconscientes, lo que sitúa la película en un plano algo incómodo en el que su fuerza visual, evocadora y plástica se sitúan por encima de su guión. Un guión, especialmente cuando se aferra más al relato de los hechos históricos que a las historias personales, que peca de convencional y quizá de buscar amistades en el espectador occidental más acostumbrado a viajes narrativos poco turbulentos.
Pero son quizá detalles de menos relevancia (depende de la consideración de cada uno) frente al caudal expresivo de Neshat y su equipo técnico y artístico, si uno se toma "Women without Men" como un retrato evocador de una época, un drama que denuncia una lamentable situación social -que sesenta años aún sigue intacta- de manera mucho más sutil que lo acostumbrado. Si uno se toma la película, en fin, como una experiencia audiovisual de primer orden. Que al fin y al cabo es lo que es.

7/10


                                                  
(1) O no tanto: a decir verdad no es la primera colaboración entre ambos artistas: ya se habían visto las caras antes, en 2005, en "Zarin", un corto dirigido por Neshat...


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