Crítica de "No mires atrás", por John Blutarsky

Sabemos que las buenas obras de género suelen extralimitarse en su condición -presuntamente- escapista para abarcar más sutiles o más gruesos análisis sociales o políticos (deliberadamente o a su pesar) y así llegar a una especie de ejercicio de contextualización que define el marco en el que han sido concebidas. Que el suspense, el terror, el negro, por lo menos sus ejemplos más y mejor recordados, han sido memorables retratos del momento.
Así que concretando un poco, sería algo miope reducir todo el movimiento de reciente literatura (por extensión, cine) negra escandinava a una pura voluntad de evasión. A una manera más o menos oportunista (oh, y puede que también) de despachar libros o películas a ritmo de churrería sin prestar atención a unas motivaciones más profundas: que hasta una sociedad tan ordenada y rigurosa como la sueca (por ejemplo) tiene sus fallas, sus brechas por las que se puede llegar a colar lo sórdido.
Bien, queda recordado.

Lo que puede resultar más curioso es el proceso de transposición de esos códigos al panorama de ficción situado en otros lares del mapa europeo. Que los italianos se hayan apropiado de una novela de la noruega Karin Fossum y la hayan trasladado a un frío pueblo de los Dolomitas puede tener tanto de experimento, como de mera explotación comercial, como de reflejo de unas inquietudes sociales que se plantean menos localistas, más a nivel de continente: el malestar por la violencia latente en las sociedades actuales no es patrimonio exclusivo de los escandinavos.


O sea que sí. Andrea Molaioli experimenta con forma y fondo y tinta de borealismo lo que se podría esperar -a pesar de que transcurre en los Alpes- un fresco muy italiano, en el más tópico de sus sentidos. El asesinato de una joven a la orilla de un lago es la excusa negra para que un inspector de la capital despliegue su investigación en un páramo en el que lo rural y lo urbano colindan. El pueblo de "No mires atrás" es menos eso que una comunidad cerrada, un caldo de cultivo para silencios, secretos y códigos internos. Y lo que podría haber desembocado fácilmente en una investigación criminal pura y dura con tendencia al montalbanismo se torna en un relato con más simpatía hacia el ínclito inspector Wallander, la más popular creación del holmiense Henning Mankell. Y con más tendencia hacia Arnaldur Indridason que hacia Stieg Larsson, por decir algo.
Y no es gratuito citar a Wallander, por cierto. Amén de las circunstancias personales del inspector Sanzio (solitario, sin esposa, con una hija), la desidia de su protagonista se imbrica en vivo y en directo con el hermetismo de los vecinos y se confronta con los miedos pueblerinos, los mitos rurales y las supersticiones arcaicas. Es esta la vieja historia de investigador que choca con un pueblo autogobernado: hay en todo esto algo de "Conspiración de silencio", de "El dulce porvenir", de "Lone Star". De "Twin Peaks". Y como en todas ellas, la información tiene que ser literalmente exprimida y va goteando poco a poco, ofreciendo nuevos datos que van completando el puzzle, no de manera excesivamente compleja, pero con una cadencia ajustada, casi sinuosa.


Y paralelamente los personajes se van definiendo con el avance de la trama hasta el punto de que uno se da cuenta con franca facilidad: el asesinato no es sino el macguffin, la coartada narrativa. El motor que alimenta el whodunit -una investigación policial tirando a canónica- no es más que una excusa argumental final para obtener la catarsis de esos personajes, que van abriéndose progresivamente hasta la resolución de sus lineas argumentales.
Al final, la trama criminal vertebra (el asesinato al fin y al cabo es el nexo común entre todos los personajes) y el inspector hace avanzar la acción a golpe de gesto escrutador y mirada cansada, estupendamente suspendida en la constante sospecha por Toni Servillo. El resultado, un drama humano de excusa policíaca con más de uno y de dos momentos de gélida elegancia, de cortante asepsia. Combinados, ay, con otros más vulgarotes, de sobremesa televisiva (algunas soluciones de realización parecen poco estimulantes). Pero que consigue sacar pecho gracias al tono que imprime Molaioli, quien logra una narración vigorosa y vertiginosa sin ser atropellada y sin renunciar a los momentos de calma chicha casi introspectiva.
Buena película, dignísimo pasarratos y notable retrato antropológico polar. De dolor de articulaciones.

7'5/10


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