Crítica de "Carta blanca", por el Capitán Spaulding

Quizás suene a baladí, pero puede que aún quede algún aficionado que no lo reconozca. Que no reconozca que lo que hizo grandes a los hermanos Farrelly, esa mala leche incontenible que permitía a “Dos tontos muy tontos”, “Algo pasa con Mary” y “Yo, yo mismo e Irene” salirse por la tangente para instaurarse en un subgénero cómico ajeno a lo puramente romántico, ha desaparecido casi por completo. De hecho, su filmografía desde la primera hasta la última película que ahora tratamos, ha vivido una vuelta de tortilla total, y si antes lo grueso, lo doloroso y lo moralmente dudoso sellaban herméticamente los escapes hacia lo pasteloso, ahora dedican presentan comedietas de blanquísimo espíritu edulcorado, donde el humor incómodo apenas logra asomar la cabeza para tomar alguna bocanada de aire. Claro, a veces sale bien (a “Matrimonio compulsivo” hay quien la considera como su mejor trabajo desde Mary) y otras mal (“Pegado a ti”), pero lo que está claro es que lo que les hacía únicos se echó a perder más o menos desde “Amor ciego”. Cuanto antes se acepte, mejor se podrán digerir sus cintas recientes así como las que vendrán en el futuro (“Los tres pirados”), de las que mucho cambio no habría que esperar habida cuenta de lo que pudo haber sido y lo que es “Carta blanca”. La historia sobre dos amigotes a quienes sus respectivas mujeres conceden una semana de soltería podía haber tomado dos rutas bien claras, desmadrándose lo indecible o convirtiéndose en una inofensiva moraleja y poco más. Y por esa segunda vía han optado sus responsables.


A sus sesenta y pico años, los hermanos han decidido que por fin les ha llegado el momento de hacer su película definitiva sobre la maduración, el complejo de Peter Pan y los asentamientos de cabeza en general (temas que más o menos acaban tocado todos en el género), lo que deja muy poco margen a la sorpresa y sí una puerta abierta de par en par a la decepción: a cualquiera de nosotros se nos ocurriría un sinfín de opciones con las que llevar al límite la propuesta, explotarla al máximo y buscar lo inesperado, bien sea con un desarrollo algo menos manido o con alguna pincelada de espíritu incendiario en su mensaje de fondo. Lejos de ello, “Carta blanca” es absoluta y lastimosamente previsible, de una transgresión que brilla por su ausencia y falsamente macarra. Se trata de una comedia más, simple y llanamente. De esas que lo mismo se estrenan en cines que directamente en DVD sin que nadie se rasgue las vestiduras por ello. De esas que se consumen sin prestar demasiada atención, consienten echarse cuatro risas, y luego se olvidan a velocidad de la luz. Como tal tiene sus chistes para todos los públicos, sus gags algo más guarretes, sus momentos de ternura y sus discursos universales; pero también carece de nada que justifique demasiado su existencia.
Y es que hay que buscar mucho para hallar situaciones genuinamente distintivas, bien sea por la incomodidad que puedan provocar en el espectador como por la brocha de tamaño portaaviones con que se conciben. Esas puntuales salidas hacia lo juguetón y lo malévolo son los pocos resquicios que quedan de la personalidad de los Farrelly, las escasas situaciones en que “Carta blanca” se torna menos olvidable y, desde luego, sus pasajes más descharrantes. Todo lo demás podría colar perfectamente como escenas eliminadas de los rollos más endebles de Owen Wilson y cía, a lo “De boda en boda” y similares. De hecho, como muchas de ellas aquí parece que no haya más que una premisa lograda alargada a duras penas hasta cumplir con las duraciones de un largometraje normal, con su correspondiente sensación de dispersión, sus tropiezos rítmicos y sus giros hacia el cliché más vergonzoso.


Muy poquita cosa, en definitiva, para una película que podía haber sido el acabose de la comedia y que, en cambio, hay quien ya la describe como un anuncio de cerveza alargado1. Dicho lo cual, que nadie se lleve a engaño con la dureza de mis palabras, fruto de la decepción por la sensación de oportunidad perdida y de cineastas echados a perder (de ahí la perogrullada inicial). Considerada como simple comedia de domingo por la tarde, “Carta blanca” es perfectamente válida, y la sana risotada está asegurada en más de una y de dos ocasiones, en especial si su equipo de actores (Owen Wilson, Jaosn Sudeikis, Christina Applegate y Jenna Fischer) cae simpático. Pero se echa en falta la brillantez inicial de sus directores, aquella que distinguía sus películas de la ola Apatow de la que, hasta hace poco, se habían logrado mantener un poco a salvo. Han perdido toda su mala leche. Lástima.
5,5/10
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1: Lo dice Elizabeth Weitzman en su crítica de la película para New York Daily News

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