Crítica de "Blackthorn (Sin destino)", por el Capitán Spaulding

El western lleva estando en las últimas alrededor de medio siglo. A veces por voluntad de las propias películas, que con cada nuevo crepuscular parecían querer despedirlo definitivamente; y a veces porque los resultados en taquilla no acompañaban, así de sencillo. Pero tan válido es hablar de su agonía como hacerlo de su inmortalidad. “El asesinato de Jesse James”, “El tren de las 3:10” o la reciente y muy celebrada “Valor de ley” son las últimas muescas del género (a las que cabría añadir los acercamientos nipones y la futura “Django Unchained” de Quentin Tarantino) y demuestran un estado de forma envidiable de un cine del oeste que ha sabido reinventarse y acoplarse a los tiempos que corren, a base de extrapolar discursos ubicados hace un siglo a cuestiones universales de carácter atemporal, e incluso a la más rabiosa actualidad. Es a este contexto al que se adhiere ahora “Blackthorn (Sin destino)”, segundo trabajo de Mateo Gil como director y continuación de “Dos hombres y un destino”, a la que muchos no han dudado en verle discursos implícitos sobre la(s) crisis de hoy en día. Que están ahí, sí, pero no hace falta bajar a niveles tan terrenales para reconocerle suficientes valores como para considerarla, ante todo, una más que decente propuesta vaquera parida desde la mayor de las devociones al género.


Un rótulo abre la película para informar de que recientes excavaciones demostraron que ni Butch Cassidy ni Sundance Kid se encontraban enterrados donde la historia situaba el final de su viaje, sino que siguieron vivitos y coleando para desaparecer por Bolivia. A partir de aquí, Miguel Barros (guionista) y Mateo Gil se colocan varios años después de su desaparición, para contar los pasos de un Cassidy (ahora renombrado para darle el título a la cinta) retirado en una cabaña escondida, que se plantea volver a casa. Recoge bártulos y emprende la marcha, pero por el camino se encuentra con un nuevo kid, esta vez un español perseguido por haber robado ingentes cantidades de dinero a la mina en la que trabajaba. Así comienza el canto de amor que es “Blackthorn”. Una vistosa producción (nada se ha arrugado en lo que a medios se refiere) que busca englobar en 98 minutos el espíritu de todas las generaciones de cowboys pasadas, haciendo referencias más o menos veladas y nunca empalagosas a grandes títulos que van desde la propia “Dos hombres y un destino”, a “Sin perdón”, sin olvidarse de Cooper ni Wayne, ni del spaghetti western del que Leone hizo bandera. Referencias que se traducen en recursos técnicos (deliciosos esos zooms tan sumamente anacrónicos), en canciones y pasajes de la banda sonora (de Lucio Godoy), o en los temas expuestos, y a los más poéticos y universales (que no a las metáforas de la actualidad) me refiero.


Y es que ante todo, “Blackthorn” habla de lo que hablan muchos. Del final próximo, de la madurez, de la última aventura. El Butch Cassidy de Sam Shepard es un Clint Eastwood amenazando por las calles del pueblo; un John Wayne de espaldas a la puerta. Demonios, es un Paul Newman todavía más experimentado. Y en su inesperado sidecick encuentra el contrapeso, quizás incluso sustituto de Sundance (¡o del propio Butch!), pero no es lo mismo, ya nada es lo mismo. Los valores cambian, los viejos deben aceptar que antes o después verán cómo les arrebatan el terreno los jóvenes. Sólo que esos jóvenes asustan. En este caso concreto no por la mediocre interpretación de Eduardo Noriega (poco creíble y a años luz de distancia del protagonista), sino por la falta de confianza que depara su personaje, perseguido vete a saber por quién o por qué.
En este último apartado toca detenerse. Desde bien pronto se hace efectiva la presencia de tales perseguidores, y un servidor duda de si hubiera sido mejor dejarlo, en esta ocasión, como una amenaza menos palpable. Se trata de uno de los puntos más cuestionados de un guión del que hasta ahora hemos hablado maravillas, pero que no logra evitar ciertas carencias que, a la postre, reciben severo castigo en el cómputo global. La de los némesis, la del torpe twist final, o de los discursitos innecesarios, son decisiones cuestionables que sumar a un mal mayor: la sensación de que “Blackthorn” no acaba de profundizar, de hacerse grande. La evolución de la relación de los personajes se queda en un nivel muy superficial, el entramado se antoja endeble en exceso, el giro recién citado es facilón… Es como si Gil y compañía llevaran a su producción a la línea de meta, y al último momento la dejaran escapar.


Una pena, ya que esas sensaciones escuecen tanto como el inglés de Noriega, la actuación de Magaly Solier (récord por la actriz echada a perder en el menor tiempo) o ciertas irregularidades rítmicas, y en conjunto evitan que la fiesta sea completa. Pero que nadie se asuste, que “Blackthorn” sigue siendo una película sumamente disfrutable tanto para los amantes del género como para quienes, simplemente, gustan del cine hecho con pasión por el medio, y desde un prisma distinto al que suelen usar Michael Bay y compañía. Es una buena película, bien interpretada por casi todos, mejor realizada y técnicamente inapelable. Cuando se vuelven a encender las luces de la sala, la impresión es la de haber visto un largometraje digno de la gran pantalla, y eso a día de hoy no tiene precio (máxime en relación al cine español más popular). Lástima que no sea todo lo perfecta que podría haber sido.
7/10

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