Crítica de "La prima cosa bella", por el Capitán Spaulding

Las fiestas de verano de Livorno, 1971. Se elige a la madre más guapa del pueblo, y gana Anna, quien desde el escenario saluda a sus dos hijos, y luego a su marido. Vaya pintas, ya se ve venir de qué pasta está hecho. Sigue la fiesta con un concierto de esos de mala muerte, Anna vuelve a la mesa, sonríe, y llora a la vez. Ya en la actualidad, Bruno recibe la visita de su hermana: su madre está a punto de morir víctima del cáncer, e iría siendo hora de que fuera a visitarla. Así comienza la última película de Paolo Virzì (director y co-guionista de la misma), historia que transcurre por dos vías entrecruzadas (actualidad y recuerdo) para dibujar al detalle la personalidad de su personaje principal, de sus familiares y amigos, y de la relación que lo une a ellos. Y de paso, para retratar a la Italia de los últimos treinta años. Porque "La prima cosa bella" habla de reconciliación familiar al tiempo que repasa su vida conjunta para que se llegue a entender el porqué del distanciamiento actual. Pero quien quiera ver en ello discursos a mayor escala que no se corte, que las intenciones de Virzì también pasan por ahí. Por extrapolar un discurso sobre (básicamente) tres personas a la sociedad actual, y ver valores comunes entre unos y otros para poder rescatar elementos definitorios. Para que luego digan que desde el país de la bota sólo se hacen comedias románticas.
Y eso que, cuidado, la cinta que nos ocupa no escapa de ello y, por momentos, al género cómico es al que más parece acercarse. A ese que del dolor sabe sacar humor punzante, para que el espectador ría e inmediatamente después se sienta culpable de ello. E incluso a unos niveles más primitivos, vía banda sonora propia de otras casas. Claro que poco a poco, la gravedad de sus diversas cuestiones (cáncer, drogas, malos tratos, rupturas familiares, madres coraje y hasta sentimientos no correspondidos) acaban pesando demasiado, la opresión latente se abre camino y esa ligereza inicial se desfigura hasta que no se descubre el verdadero pastel (especialmente evidente en sus últimos diez minutos): en verdad, estábamos lidiando con humor humano, de ese que nos sale a veces para paliar golpazos en la vida. Y es precisamente este término el que mejor sirve para describir "La prima cosa bella". Lejos de que su entramado pueda pecar de previsible y de que su desarrollo se antoje trillado hasta la saciedad (no será esta la primera vez en que se asista a un film que habla de reconciliación familiar con la excusa de un miembro moribundo, y se construya a base de flashbacks), Virzì ha sabido hacerse una película 100% humana, y lo ha hecho desde un guión (Francesco Bruni y Francesco Piccolo figuran como co-guionistas) sumamente cuidadoso con su progresivo desfloramiento, a la par que respetuoso con el espectador y la espiral sentimental por la que se ve obligado a pasar.


Claro que también han intervenido otros factores. Desde el costumbrismo italiano al que parece adscribirse formal, estilística y argumentalmente, al trato que reciben algunos de sus leitmotiv (el retorno al pueblo de infancia, la adicción, la madurez...); desde el aspecto físico tan terrenal de sus actores a la contención de (la mayoría de) sus pasajes más dramáticos. Tan esforzada está la cinta en este último aspecto, que se le perdonan e incluso funcionan sus concesiones a lo peliculero (el baile, el rapto de los niños)... salvo en cierto vídeo casero final cuya inclusión en el montaje final sigue siendo un misterio. Al margen de este último pero, todo ello lleva a una comunión prácticamente inmediata entre espectador y pantalla, por así decirlo, e invitan a sentirse identificado ya sea con la totalidad de su historia y sus saltos generacionales, como con los sentimientos por los que puedan pasar sus protagonistas aquí y allá. Camino allanado de sobras para su emotivo final, conclusión brillante, cálida y gélida a la vez, tan entrañable como demoledora, tan bella como hiriente (esa conversación a tres bandas en la cama, ese aguijonazo final protagonizado por la hermana). Vamos, que el pañuelo se saca y se emplea a fondo.


Me reservo un aparte para hablar del estilo de Virzì, cámara en mano la mayor parte del tiempo, rabioso y derrochador de vigor... hasta el punto de pecar de exceso en más de una ocasión y volver una de las apuestas más interesantes del film puntualmente en su contra. Esos borrones sumados a un guión agotador por no hacer nunca uso del silencio, empañan un pelín más de lo esperado el resultado final de "La prima cosa bella", que por todo lo demás raya a un muy alto nivel.
Los premios del cine italiano y algún reconocimiento más a nivel internacional (incluyendo el haber sido escogida para representar a Italia en los Oscar), no hacen sino confirmar las sensaciones que se desprenden de una película de visionado, aprovechando su recuperación para la cartelera española, francamente recomendable.
7,5/10

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2 comentarios:

  1. Esta película tiene buena pinta y si la crítica refrenda esa sensación, habrá que ir a verla sin lugar a dudas. Caterina va in città es una de las películas italianas que más he disfrutado.

    Saludos

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  2. Argh, me falta! Apuntada queda en el apartado de recomendaciones, que tiene muy buena pinta!
    Y esta... pues eso, a ver si te gusta!

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