Crítica de "Le quattro volte", por John Blutarsky

le quattro volte
Está claro que cada espectador le pide lo que le pide al cine. Que las necesidades son muy de cada uno y las filias y fobias totalmente personales. Vale. Pero parémonos a pensar un minuto. ¿Podríamos llegar a encontrar una película que de tan pura pudiera llegar a tocar la fibra a cualquiera? Bueno, sí, claro, para eso está "El globo rojo". O "¿Dónde está la casa de mi amigo?". Se puede llegar a la potencial película apta para todo el mundo, pero muy probablemente la operación a seguir será despojarla de artificios y construcciones colaterales para ofrecer el núcleo duro, su tesis desnuda.
Es más o menos lo que es "Le quattro volte". Una película que demuestra que a veces lo que parece hermético, ensimismado y autista no es sino un tratado de naturalidad y simplicidad universal aplastante. Que de tanto que lo es llega a parecer otra pajarada autoral, si se quiere; otro momento de iluminación del genio de turno, pero que en realidad pide a gritos un visionado desprejuiciado y transparente.
Otra cosa es que todo el mundo pueda llegar a conectar con la espiritualidad de aplastante sencillez y con la filosofía en miniatura de la película. Que la gente considere que ya ve suficiente naturaleza cuando sale al parque (sic), que lo que necesita son aventuras excitantes tras cada esquina y una profusión de argumentos, razones, dramas encapsulados a razón de a siete por minuto. Eso es muy respetable. Pero los demás a lo mejor pueden disfrutar con "Le quattro volte".
La excusa que envuelve la película de Michelangelo Frammartino es simple. Cuatro historias, cuatro momentos de la materia en cuatro estados distintos entrelazados en un ciclo vital, en el marco rural de la italiana región de Calabria: un pastor anciano que fallece y que tras su muerte da paso al nacimiento de un cabritillo. El cual se pierde en un bosque y muere a los pies de un gran árbol; que será talado y troceado tras un ritual ancestral y convertido en un gran horno de carbón en beneficio del hombre. Fin de la historia.


"Le quattro volte" tiene tanto de pequeño cuento filosófico sobre los ciclos de la vida y la muerte como de documental observacional. No lo es; supuestamente esto es una construcción ficcionada, pero hay tanto de retrato rural, de reflejo telúrico de unas costumbres ancestrales y de una antropología de la tradición que a menudo no sabemos cuánto hay de escrito y cuánto de cine directo. Hasta dónde penetra la construcción dramática en este slice of life campestre. Y es que aquí no hay ni siquiera música incidental, ni diálogos explícitos más allá del que establecen los hombres con los animales, estos con las plantas o ellas con los seres humanos de nuevo. Con ello, remite todo a una concepción del mundo con elementos que podrían hacernos pensar en el hinduismo y a conceptos relacionados con el animismo. Sea como sea, lo cierto es que todo gira entorno a un pueblo que se ha detenido en el tiempo, que sigue haciendo co-depender todos los elementos naturales y que parte de su interdependencia para subsistir.
Así que nadie debería esperar de "Le quattro volte" algo que no fuera tan sosegado, tan minimalista como los propios ciclos naturales. La sensación que ofrece la película es la de la construcción sobre sí misma. La de una soterrada épica pastoral que va avanzando poco a poco en relaciones causales, pero con una voluntad más poética que narrativa: en muchos momentos, en todo esto cuentan más las sensaciones que los mensajes. Incluso la expresión de la belleza pura y dura más que la sumisión a la tiranía del guión.
Porque hay mucha belleza serena en todo esto. Fotografiada con impresionante capacidad plástica, Frammartino presta atención a los detalles para lograr esa interconexión entre los elementos. En los nexos físicos que unen sus cuatro aventuras; las motas de polvo flotando en el aire, los rayos de sol asomando por la montaña, el ladrido de un perro que llega a todos los rincones y callejuelas del silencioso poblado. Es un tratamiento extremadamente sensible que requiere de paciencia y sosiego, casi como si se sentara uno ante una película de Erice o de Kiarostami (sí, otra vez ellos). Al final, si se está dispuesto a entrar en el juego, "Le quattro volte" va calando y termina conmoviendo profundamente, más allá de sus connotaciones espiritualistas y de la tolerancia del espectador hacia las mismas.


Y es que dejando al margen consideraciones elitistas o ramalazos snob, el cine ha demostrado siempre, y lo sigue haciendo, ser un arte libre y desapegado de cualquier limitación formal y narrativa. Que aún haya gente que pueda valorar las películas por su nivel de somnolencia es perfectamente lícito, pero no deja de responder a una lamentable falta de educación audiovisual. Porque "Le quattro volte" es, al final, una nueva y sincera muestra de esa libertad a la que puede aspirar la creación cinematográfica: la de tener la posibilidad de contar una historia universalmente sencilla; y viceversa.

8/10

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