Crítica de "Kerity, la casa de los cuentos", por John Blutarsky

crítica de kerity
¿Es sentimiento apocalíptico, alarmismo y derrotismo? ¿O es que me estoy haciendo viejo y este tipo de chocheces vienen en pack con la arruga? ¿O realmente tengo razón y las nuevas generaciones de chavales son, en su mayoría, una panda de paramecios mentales? Oh, y no lo digo porque las condiciones de fabricación hayan variado y puedan salir de la cadena de montaje con un desarrollo fisiológico y cognitivo mayor o menor. No, no. Lo digo simple y llanamente porque se las trae literalmente floja eso de "leer". No es que no sepan, es que no les da la puta gana. Para muchos mozalbetes de hoy día (definitivamente es lo de hacerme viejo) eso de leer es una cuestión carpetovetónica, una costumbre ancestral, un pasatiempo de ancianos apergaminados que reposan en una mecedora chirriante peleándose con la fuerza de la gravedad por la posesión de sus propias babas. Leer es de dinosaurios.
De dinosaurios que cuando eran pequeños siempre, siempre tenían un libro (o un tebeo) pegado a las manos. Coño.
Así que entre campaña del ministerio y campaña del ministerio ya viene bien, ya, que se le haga un poco de publicidad al pobre libro (como ente), alta sociedad intelectual de ese conjunto de parias funcionales cultivadores de ácaros que suelen ser los muebles del comedor.
Chavales, hay que leer. Señores, hay que contagiarle al vecino peradolescentil el amor por la lectura.
Bien. Hasta aquí la mayor virtud de Kerity, la casa de los cuentos. Y no es poca, ojo. Que el de transmitir cultura y ese afecto íntimo por la letra escrita es un sentimiento no sólo loable, sino también, como decía, tristemente necesario. A nosotros, una simple portada molona nos robaba la atención y nos tiraba de la nariz en dirección a la costura de las páginas abiertas. Ellos igual necesitan la película (¿es muy ligero hablar ahora de la velocidad y el tocino de los estímulos audiovisuales de la sociedad actual o qué?), necesitan la cadencia de los 24 por segundo. Bien, pues así sea.
Kerity es la historia de un niño que hereda una biblioteca. El chaval no sabe leer, así que el regalo se parece más a una caries que a un regalo. Hasta que descubre que la biblioteca es mágica, que los protagonistas de los cuentos populares y la literatura universal cobran vida por las noches y que, a la postre, debe leer un conjuro para evitar que desaparezcan todos. Conflicto, ¿lo he dicho ya? no sabe leer.


Pero digo que poco más puede ofrecer Kerity. Se trata de una de animación francesa (cortesía de la autora Rebecca Dautremer, institución en el cuento ilustrado galo) con buena voluntad y bastante coherencia estilística, pero con mayores objetivos que autoconsciencia. Esto es, sus miras son más altas de lo que se puede permitir, quizá porque se quiere una de aventuras (para niños, pero de aventuras) emocionante y trepidante y se queda en realidad en una sosez bastante diluida, poco achispada y llena de momentos reciclados.
Y no es que Kerity sea un mal producto. Es una película humilde que no pretende rivalizar, por lo menos no de manera directa, con el voraz mercado internacional. Es más, es de agradecer que su factura visual la coloque en las antípodas del modelo Disney y se aplique en buscar representaciones de los personajes literarios que la pueblan algo distintas de las estándar. Además las texturas palpables de Dautremer, granuladas, de un encantador aire artesanal en el diseño de los fondos aportan un cierto interés al apartado visual, por lo demás muy justito (la animación, el tratamiento de la luz y el trazo de los personajes son de baja estofa).
Y la idea de los personajes populares penetrando en nuestra realidad a través de la biblioteca como portal transliterario, que se constituye como metáfora de lo contrario (sumergirse en un libro es internarse en un mundo privado), es un recurso siempre agradecido. De regalo, la película ofrece sus dosis de magia y hasta alguna secuencia destacable (esa pesadilla de revoltijo de letras en blanco y negro).
Pero por lo demás, Kerity está desprovista de fuerza real, de inventiva, de emoción y de originalidad. Es un producto que pasa el corte para la gran pantalla muy, muy por los pelos.


Y su mayor pecado es su escaso alcance ya desde sus propios planteamientos conceptuales: ya que habla de la emoción del descubrimiento y la aventura del conocimiento y la maduración, ya que la película pretende indisimuladamente transmitir la idea de la aventura del leer, se le habría agradecido una mayor audacia, haber intentado encontrar nuevos caminos expresivos, tener un, uno sólo, un miserable hallazgo narrativo. Antes que quedarse en esa tierra de nadie que pueblan año tras año las películas con buenos sentimientos esgrimiendo como coartada su target objetivo, los críos de más tierna edad.
Y no es por desmerecer. En un panorama prácticamente dominado por el muchísimo más competente producto norteamericano, la mera existencia de títulos como Kerity siempre es motivo de celebración. Pero el champán (sin alcohol) lo guardamos para otra ocasión. Preguntad a Sylvain Chomet, si acaso.

5'5/10


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