Crítica de "Larry Crowne, nunca es tarde", por John Blutarsky

Varias, infinidad de tesis podrían llegar a explicar el por qué, oh Dios mío, por qué, de Larry Crowne, nunca es tarde. Por lo pronto, y reconociendo que la nueva película del Tom Hanks director no es terreno abonado para grandes reflexiones ni construcciones de tipo intelectual, se me ocurren tres.
La primera es la más simple, una vieja conocida nuestra en nuestros líos de faldas con el cine de consumo de Hollywood: Tom es su proxeneta; Tom quiere tu dinero y lo quiere ahora. Fin de la historia.
La segunda explicación es un poco más compleja, aunque no mucho más. En un punto indefinido entre principios y mediados de los años 90 Hanks sufrió algún tipo de traumatismo craneal severo y su personalidad se disoció en dos. Uno de sus nuevos yoes se convirtió posteriormente en productor ceñudo de, entre otras cosas, series televisivas ambientadas en la conquista de la Luna o la Segunda Guerra Mundial. El otro nuevo yo se quedó estancado en esa época en una suerte de amnesia anterógrada, un síndrome de Korsakoff en virtud del cual el buen Tom, incapaz de generar nuevos recuerdos, aún cree vivir en los tiempos acotados entre Pretty Woman y Tienes un E-mail.

La tercera explicación, que es por la que abogo, es la más extraña, pero aúna en cierto modo las dos anteriores. Tom quiere tu pasta, Tom cree que lo que funcionaba entonces puede seguir funcionando ahora pero, ojo, Tom ha decidido hacer una de ciencia ficción con viajes en el tiempo.
Y se destemporaliza a sí mismo a una época en la que el Larry Crowne del título es un pobre (y hostiablemente vitalista) diablo que ha trabajado hasta allá donde le alcanza la memoria como dependiente de un IKEA cualquiera. Un cierto día, no obstante, y en aras de una crisis económica siempre presente, el pobre Larry es despedido bajo argumento de no tener estudios universitarios. ¿Oís ese sonido? Bien, es la posibilidad, yéndose por el retrete, de profundizar en las consecuencias personales de la pérdida de trabajo en la edad madura. No, lo que hace Crowne es apuntarse a la universidad, vivir una segunda juventud, emular moñilmente a Community y de paso enrollarse con Julia Roberts, que aquí está en calidad de Mrs. Musso de Introducción a la Oratoria 101.


El problema es este. Que en todo esto no hay ni rastro del paso de los dosmiles. Del cinismo, el sarcasmo y la mala leche que ha ido destilando la Nueva Comedia Americana, o el posthumor (llamadle como queráis, nunca lograremos describirlo del todo) de la mano de Judd Apatow y sus vástagos. O de Larry David. O de Ricky Gervais y Stephent Merchant. Y no digamos ya de Sarah Silverman, o George Carlin, o Louis CK.
Y no es que abordar el humor desde una perspectiva distinta, en plan back to basics a un momento en que la gente pedía menos ácido úrico, sea malo, al contrario, pero es que Larry Crowne y su humor cándido es de un blanco que quema las retinas.
Y ahí voy yo. Cuidado con las paradojas, querido viajero temporal. En toda buena historia de tiempo en sus manos que se precie, tiene que terminar por aparecer un elemento que disrrupcione la realidad. Algo que mande al traste la continuidad temporal y la buena salud cuántica de nuestro querido universo. Algo que desestabilice las reglas de la física hasta el punto de mandarlo todo al garete (un clásico: Hitler ganó la guerra). En este caso, el elemento son los malditos teléfonos móviles y su diabólico wassap. La ficha que vuelca el dominó entero. La mariposa que aletea en Tailandia y hace caer el castillo de cartas en el Paseo de la Fama. La constatación de que, aunque Larry Crowne, nunca es tarde se quiere una comedia como las de antes, ya no están las cosas como antes. Somos todos perros viejos, vivimos en 2011, no nos la dan con queso.
Pero lo cierto es que todo parece a expensas del pobre Tom Hanks. El actor parece caído a la Tierra de muy bien no se sabe dónde. Y se ha traído consigo una movida muy moderna, troncos (no le faltan tejanos ajustados con cadenita colgándole de un bolsillo), una selección musical demodé (que no intemporal), un racimo de gags translúcidos interpretados por una colección de personajes de sitcom de Lorimar, una estructura dramática agotada y reiterativa. Y, claro, un puñado de mensajes de buen rollo general del estilo "todos merecemos una oportunidad", "nunca es demasiado tarde", "la vida vivida con optimismo pasa mejor" o "los chicos buenos llegan antes". En otras palabras, re-ac-cio-na-ria.


La verdad, ni funciona como película de ciencia ficción (ts...) ni marca una muesca en el subgénero de la comedia romántica. Lo máximo que alcanza a lograr, si acaso, es una especie de mirada de ternura del espectador, entre la compasión y la vergüenza ajena, cuando ve cómo su pobre primo tonto hace imposibles por ser tan guay como el resto de la familia. Como la lástima que provoca el payaso de fiesta de cumpleaños que no se ha dado cuenta que ninguno de los chavales le presta atención, todos pendientes del Facebook en su iphone.
Lástima, sí. Pero la última vez que comprobé, tenía la glándula de la sensibilidad (eufemismo para "los huevos") bastante pelada ya y me di cuenta de que como nostálgico de la comedia romántica soy una mierda. Así que no sé vosotros, pero yo en el fondo prefiero reírme de Larry Crowne a reírme con Larry Crowne.

3/10

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