Crítica de "Stella", por el Capitán Spaulding

Trate de imaginarse, por un momento, a un Dexter que ni mata, ni es policía, ni siente una fuerte aversión por la sangre. Tómese, en definitiva, su doble personalidad, ese contraste entre sus actos y relaciones con quienes le rodean, y lo que verdad piensa de todo ello, lo que cuenta al espectador vía voz en off constantemente. Bien, trasládese esa personalidad al cuerpo de una niña francesa de nueve años, que vive en el bar de sus padres, sólo tiene una amiga en el pueblo, y le ha tocado vivir esa época de los tardíos 70 en que corrientes de pensamiento masificadas estaban enfrentadas, y en que por lo general había más libertad, pero también más represiones a nivel personal, sentimental o profesional. Esta niña es Stella, y empieza a contarnos su vida desde el momento en que comienza el curso lectivo: vía voz en off constante (ya digo, muy similar a la de Michael C. Hall en la serie de la cadena Showtime) y con una cámara que rara vez sube de esa media altura desde la que la protagonista lo ve todo, nos explica sus difíciles comienzos en un colegio de alta gama en el que no pega ni con cola y del que nada le interesa, y sus inexistentes relaciones con sus compañeros de clase. A ella le interesa lo que aprende en casa: cómo se tira una caña, cómo se juega a las cartas, cómo se mantienen relaciones sexuales... de ahí que considere amigo de verdad a uno de los borrachos del bar porque le falsifica la firma de los padres, o que cada día se acueste más tarde y, por supuesto, atienda menos en las lecciones de sus profesores.
Así es Stella, una niña tan perfecta como imperfecta, tan completa como incompleta. Una niña adulta, madura y de vuelta de todo, que a la hora de la verdad ni siquiera sabe cómo se mantiene una amistad con alguien de su edad. Una niña malhablada y respondona, pero porque no sabe hacerlo de otro modo. En definitiva, una niña pequeña, inmadura, y de vuelta de nada. Y Stella película es, precisamente, el recorrido por el que pasará la joven para corregir la ruta, volver al punto de partida y esta vez, antes que pegar pasos de gigante, avanzar pasito a pasito. Empezando por conocer a una compañera de clase totalmente distinta a ella, de padres ricos y aplicada en clase. Punto de referencia perfecto para nuestra niña y golpe de suerte inesperado: como bien es sabido, para que un mecanismo inicie un proceso de cambio es necesaria la introducción de un elemento externo, y la amiga en cuestión, por mucho que sea despreciada al inicio, le sirve a la protagonista para descubrir que hay otras formas de vida tan o más felices que la suya. Y como está en ese periodo-esponja, es lógico que antes o después empiece a imitarla (de la misma manera que la otra lo haga con Stella, que lo hace, pero muy poquito).


La película de Sylvie Verheide es, de hecho, un canto al optimismo del cambio. Todo se tuerce, todo adopta vicios erróneos, todo pierde el norte; pero todo tiende a encauzarse por su propio pie, por muchas patadas que se le den. No, no estoy afirmando (ni negando) que la película acabe con la culminación de ese cambio, me refiero al proceso. El proceso es posible y el futuro ya se verá. Lo que importa es ver a una niña de los bajos fondos que un buen día, porque ve a sus amigas haciéndolo, coge un libro y empieza a leer; que un buen día atiende en clase, aprueba su primer examen, descubre que le interesa una asignatura; que un buen día ve una gran trifulca en el bar de sus padres y desvía la mirada, se le ofrece jugar a las cartas y prefiere hacer los deberes... y que ante el progresivo deterioro de su núcleo familiar, intenta mantenerse al margen, siempre escudada en su apatía vital, pero en verdad porque, como niña que es, le corresponden otras cosas. Hasta juraría que, conforme pasan los minutos, el lenguaje se va moderando poco a poco.
Ahora bien, no se espere el espectador que este es un paseo color de rosa. Algunos de los baches del camino a recorrer por Stella son francamente abruptos, y de alguno de ellos se opta por no explicarnos demasiado: como esta es la presentación de un arco de tiempo en la vida completa de una niña (equivalente a un curso escolar), lo que quede fuera de sus fronteras será cosa del espectador. Como la vida misa, a fin de cuentas. Y desde luego, la opción se agradece: del mismo modo en que no se sabe con absoluta certeza todo lo ocurrido en el pasado de esa familia tan disfuncional, tampoco podrá uno salir de la sala de cine con la tranquilidad de saber con exactitud lo que ocurre en el presente ni lo que ocurrirá en el futuro. Por mucho que algunas cuestiones sean de lo más graves. Lo que sí habría que recriminarle al guión de la Verheide es que tiene tantos frentes abiertos, que algunos no es que no acaben, es que quedan en una superficialidad excesiva; y otros, simplemente, entorpecen el ritmo del film. No, Stella no es perfecta, y de hecho da la sensación de que con algo más de concreción, se hubiera aliviado un poco la pesadez de su bloque central, y su(s) mensaje(s) ganarían en contundencia.


Entre esos trompicones, su estilo frenético e improvisado que a veces resulta en evidentes erratas de principiante (sombras de cámara, micrófonos), y la sensación de que, en el fondo, no nos cuenta nada nuevo, la cinta se queda en un estado de corrección absoluta, sin acabar de dar la puntilla. Donde sí destaca, por supuesto, es en la actuación de la joven Léora Barbara, un todoterreno de la interpretación, con mucho potencial para convertirse en la reina de la industria francesa. Sin duda lo mejor de una película buena pero no buenísima, eficaz pero no del todo incisiva, y que si pasa a la historia, será por constituir la obra de despedida de un Guillaume Depardieu que fallecía poco después de concluir el rodaje, víctima de una neumonía fugaz.
6,5/10

1 comentario:

  1. Para mí, esta película es una verdadera Joya!!... Todo un hallazgo haberla visto ayer en "I Sat". No sé ni me importa cuán perfecta o imperfecta pueda ser desde un punto de vista "técnico". Hay tanto más que eso en este film! Hay Belleza en estado puro. Hay Verdad, o Autenticidad... Me refiero a que en ningún momento percibí algo falso, edulcorado, hecho con la intención de dar un "golpe de efecto" o de agradar a un posible público "experto". Todo lo que veo en "Stella" es creíble y esa honestidad me conmueve. La Belleza está presente todo el tiempo y el interés no decae ni por un instante.
    Creo que es una película para ver muchas veces y cada vez descubrir algo que antes uno no percibió. Diría que es el tipo de Cine que uno no olvida y que siempre se desea volver a mirar.
    Gracias, Luz

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