Sitges 2011: Crítica de "TrollHunter", por el Capitán Spaulding

sitges 2011 crítica de trollhunter
Hay ocasiones en que casi sabe mal sentarse frente a un teclado y ponerse a escribir la valoración (pretendidamente) crítica de una determinada película. Pasa cuando se trata de productos simpáticos, molones sobre el papel, que caen bien rápidamente por sus premisas desternillantes, sus presupuestos irrisorios o la voluntad por hacer cosas nuevas saliéndose un poco de la norma. Películas que, en definitiva, habría que defender como especies en protección, rarae aves en medio de una bandada de vulgares pajarracos. Pero que luego, ay, rara es la vez en que dan la talla. Hace poco ocurrió algo así con Serpientes en el avión, un fenómeno de masas previo a su estreno, que luego acabó resultando una decepción (bastante gorda, además); pero claro, cómo despotricar sobre ella, cinta que se limitaba a mezclar dos de los grades miedos del ser humano de la forma más descacharrante, que contaba con la heroica presencia de Samuel L. Jackson (soltando frases para el recuerdo), y que alguna de sus escenas incluía ataques de tan adorables animales a las partes nobles del ser humano. Un ejemplo más reciente aún se encuentra en Cowboys & Aliens, película predestinada a la antología y el culto, que tiene suerte si llega a considerarse como correcto entretenimiento, sin más. ¿Veis por dónde voy, verdad? Sí, TrollHunter corre la misma suerte.
Empecemos por los motivos para su canonización freak: estamos ante una producción noruega sobre un grupo de estudiantes que deciden hacer un documental sobre la caza de osos, y acaba topándose con un cazador de trolls (no, de los internáuticos no, de los de toda la vida: altos, peludos, convertibles en roca tal y como les dé el sol. esos trolls). Lo que se supone que ve el espectador es lo que se ha recuperado de su trabajo, mediante unas cintas encontradas misteriosamente y tal (quien quiera saber más, que lea la sinopsis de El proyecto de la bruja de Blair). Qué más. ¿he dicho ya que son trolls de verdad?
A priori, salta a la vista, caramelito para los amantes de disparates1 como este y potencial éxito en festivales como el de Sitges, o cualquier otro de corte similar. Ay, pero la vida es dura, y el momento de enfrentar expectativas y promesas con la realidad, no siempre es agradecido.

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A la hora de la verdad. mejor será decirlo del tirón: TrollHunter es un producto renqueante, irregular y desaprovechado. Que empiece con el habitual mensajito de advertencia ya sirve para prevenir de su ambigüedad: es un texto divertido pero previsible, cuyo éxito dependerá del resto de la cinta. Si se trata de una parodia del género, funcionará como parte del enorme gag. Si no, no. Y que no se acabe de entender nunca hacia qué dirección quiere ir la película, es lo que la acaba condenando, texto inicial incluido. Con veinte minutos de metraje ya queda patente una de las posibles tesis de André Øvredal (guionista y director): la fórmula está agotada, y lo de simular un documental con toda la documentación previa, entrevistas, preparativos y viajes hasta llegar al destino, aburre. Bien, expuestas tales teorías, a partir de ahí los personajes ya están perdidos en el bosque, con la amenaza evidente de los trolls de marras; hasta ahí parece que el rol del film se ha captado a la perfección, y la primera aparición de los bichos culmina las buenas sensaciones a base de sorprendentes efectos especiales y mejor sentido del ritmo. Los monstruos, a medio camino entre los de Donde viven los monstruos y David el gnomo, son de aspecto tan arriesgado como inesperado, pero no por ellos menos acojonantes; y el sonido que emiten hiela la sangre.

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Bien, estupendo, sí. sólo que luego el pasaje de acción se acaba, y la cosa cambia. En un inesperado (¡e indeseado!) cambio de rumbo, la película busca recuperar una seriedad innecesaria a base de recurrir a los estándares del género, con alguna pretensión de comicidad pero manteniendo tal rigidez en sus pautas como para acabar sucumbiendo a la tediosa repetición de una fórmula cuyo agotamiento ya había quedado demostrado en los compases anteriores. Inexplicable elección, y prueba de fuego para el aguante del espectador, cuya permanencia en la sala dependerá de las ganas que tenga de cámara al hombro dando mil vueltas y botes, rodaje amateur y toda la mandanga. Que está muy bien hecha, pero quizás no sea suficiente.
Y es que, de hecho, al final le pasa a TrollHunter lo mismo que a todas (a las que, ironías de la vida, pretendía tomar el pelo): toca valorar por un lado la eficacia de sus pasajes más vibrantes por un lado, y cuestiones más profundas (argumento, desarrollo, personajes...) por otro. En lo primero aprueba con nota, y afortunadamente Øvredal se muestra muy generoso ofreciendo un buen puñado de secuencias divertidas; en lo segundo suspende clamorosamente, y apenas evita el caer en lo irritante. ¿Suficiente para convencer a sus potenciales fans? Allá cada uno con sus exigencias.
5/10

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1: Ojo, que en absoluto sea considerada esta afirmación en sentido peyorativo. Bien sabe el lector más asiduo lo mucho que nos gusta este tipo de inventos cinematográficos.

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