Crítica de "Another Year", por John Blutarsky

poster another year
No deja de resultar curioso el hecho de que así como algunos cineastas se ven compelidos a radicalizar su discurso en pos de una tesis igualmente radical y a violentar al espectador para colocarlo en un estado cercano a la catarsis vía paroxismo, otros son capaces de casi lo contrario. De alcanzar una madurez serena, basada en la exposición austera, aparentemente frágil, de unas intenciones narrativas, sí, decididamente magmáticas.
Ya hemos hablado en varias ocasiones de este fenómeno, la mayoría de ellas con feliz resultado: esa privación al espectador de un sentido del alivio mediante la exteriorización de sus impulsos emocionales, algo así como la asfixia de los sentimientos más primarios. Aquí, de nuevo, se le ofrece al respetable una copa de vino y luego pasa a informársele de que en realidad era veneno.
Es el caso de Mike Leigh. A simple vista, esta comedia dramática puede ser una nueva y rutinaria milestone en esa autopista secundaria (sin árboles, sin curvas, todo recto y plácido) que representa el pasarratos social sobre semipijos de clase media británica. Matrimonio maduro compartiendo horas, risas, penas, anécdotas autosuficientes y amarguras generacionales con amigos y parientes. Preferentemente con derrotismo existencial y languidez sentimental empapándolo todo.
Nada más lejos. Leigh nunca se ha regocijado en la autocomplacencia, siempre (casi siempre) ha preferido pinchar hueso y aquí lo pincha y lo agrieta. Enfoca las vivencias del matrimonio central en lo que parece ser una especie de cuento moral rohmeriano con guarnición de sorna british: el drama avanza fluido, sin sobresaltos, con una claridad narrativa pasmosa (madurez bien asimilada) y una cierta sencillez expositiva, situándose en una especie de punto intermedio entre el naturalismo y la teatralidad. Se va construyendo la estructura dramática mediante diálogos bien cincelados y silencios insospechadamente tremebundos, o sobre pequeños detalles cotidianos sin aparente importancia. Pero que sin embargo van perfilando el juego de relaciones de la pareja con sus allegados. Unas relaciones de amistad, afecto, amor o ejercicio del poder, según.


O sea, que lo que parece una comedia amable o un drama suave, de forma natural va alojando sinsabores y amarguras vitales de calado hondo: frustraciones afectivas, crisis de la edad avanzada (gente que se da cuenta de que el mundo ha corrido más rápido que ellos), ataques de soledad crónica, incomprensión intergeneracional, incomunicación. Entre meriendas a la brisa de la mañana y tes a media tarde, Leigh va incrustando cargas sentimentales que pueden pasar inadvertidas y que precisamente por eso agrian más. Los peligros de la infiltración. Las virtudes de los micromovimientos dramáticos, del minimalismo emocional.
En el centro de todo, como falso bastión el matrimonio de Jim Broadbent y Ruth Sheen funciona como una especie de columna maestra, de poste en el que se apoyan el resto de personajes, pero que terminan por desprender una cierta sospecha, una inquietud extraña en virtud de la cual nada puede ser tan perfecto. El espectador acaba por no saber dónde depositar su confianza. Por temer que de alguna manera la mierda golpee el ventilador y todo se vaya al garete. No llega a ocurrir, por supuesto: Leigh es pura contención. Pero ese plano final, ese prodigioso momento de dilatación que en la mente del espectador se alarga hasta el infinito y con consecuencias destructivas, eso termina poniéndolo todo patas arriba.
Leigh demuestra con ello un irreprochable control del tempo y dominio de la escena. El director practica un suave clasicismo formal, sobrio, delicado, con una muy medida composición de plano y un depurado diálogo entre los cuerpos y entre estos y la fotografía: la iluminación envolvente suele trabajar con la planificación para relacionar a los personajes con el fondo, aislándolos o bien aplastándolos contra el mismo. Al fin y al cabo es esta una historia de personajes solitarios que se niegan a aceptarlo o que necesitan madurar y enfrentarse a sus errores. O de personajes aparentemente felices pero que han construido sus buenos tiempos en una especie de sutil mentira cuya contrachapa emocional impide que se le vea un solo fleco.


Una elegancia visual con contenido literario, en fin, que sitúa a Mike Leigh, si es que no lo estaba ya, en un terreno a parte, en una hipotética premier league en la que podría jugar, también, Terence Davies y de vez en cuando Stephen Frears.
Y no es su mejor película, por supuesto, porque ahí tenemos Secretos y mentiras. Pero Another Year puede codearse perfectamente con Grandes ambiciones, con Indefenso, con Todo o nada. Esto es, con sus más destacados logros.
Más que mayores, palabras sabias.

8/10


1 comentario:

  1. Estupenda película británica. Elenco (Ruth Sheen, simplemente soberbia), director e historia de clase media urbana magistralmente narrada. No hay que dejar de verla.

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