Crítica de "El niño de la bicicleta"

Estos de Cannes son lo que no hay. Imbuidos en su condición de primer festival de cine del mundo (es un decir), y por ende en forjadores de carreras, apóstoles del art et essai, geniecillos que imparten el título (sambenito más bien) de próximo artista de referencia en la cosa ésta de hacer flims... La caraba, vamos. Cada uno o dos años el equipo directivo de La Croisette apuesta por un nombre relativamente desconocido del cine mundial, lo sitúa bajo la luz de los focos, lo aúpa a lo más alto del paradigma cultureta, lo defiende con uñas y dientes y, a muchos niveles, directamente lo adopta y le garantiza manutención y un techo para dormir. Y la cosa viene de lejos. Ya a principios de los 60, Cannes se alió con una cierta tendencia de la modernidad cinematográfica, y de paso con André Malraux y el ministerio de cultura, para premiar a Los 400 golpes, dando de paso el espaldarazo definitivo a la Nouvelle Vague y confirmándola como enésimo movimiento renovador de facto. Cierto es que luego Truffaut y compañía tuvieron sus más y sus menos con el certamen, pero para la historia del cine quedarán siempre las imágenes del bueno de François y de un pequeño Jean Pierre Léaud conquistando la noche cannoise a lomos de Jean Cocteau (por cierto, referencia patillera a Los 400 golpes en 2 minutos. Avisados quedáis).
¿Qué esto lo hacen los jurados, que cambian cada año? Según y como. El entorno pesa, y Cannes ostenta una tradición que engarza a todos los equipos que han otorgado el palmarés del Festival a lo largo de su historia. En los últimos años la tendencia se ha disparado: Cannes ha encumbrado a Lars Von Trier, a Idrissa Ouedraogo y a Ousmane Sembene, a Emir Kusturica, al nuevo cine rumano o, muy recientemente, a Apitchapong Weerasethakul (lo sé, parece esa prueba de formar palabras del Cifras y Letras, pero os aseguro que es un nombre). En ocasiones la jugada les ha salido un poco rana, como la salida de tono mayúscula de Von Trier este año, que le ha costado el repudio comprensible del festival. Otras veces en cambio, como cuando Kusturica apoyó a Slobodan Milosevic, el festival no tuvo problema en mirar a otra parte, y pelillos a la mar, en fin...
Los que hoy nos ocupan son los hermanos Dardenne, que también se han visto beneficiados de esta política de apropiación y tutelaje. Y lo que más joroba de este hábito que tiene Cannes es que en todos y cada uno de los casos han acertado de lleno. Vanidosos y autocomplacientes como son, es sin embargo muy raro que se equivoquen, y los profesionales que ponen bajo su punto de mira son todos cineastas de primer nivel con carreras que dan, o darán, que hablar.
Luc y Jean-Pierre Dardenne constituyen la cara más visible del cine belga (bueno, la cara más visible era Jean-Claude Van Damme, pero a día de hoy y con alguna apreciable excepción su jeta pertenece más bien al videoclub). Tras unos inicios algo vacilantes en la ficción, y con sólidos antecedentes en el mundo del documental, La promesa les abrió las puertas de Cannes allá por 1996, y desde entonces todas sus películas participan en el certamen y se llevan algún premio. No es por nada que se cuentan entre los escasísimos cineastas que han ganado 2 veces (¡dos!) la palma de oro, y ello en un lapso de 6 años (¡seis!) solamente. Su nueva película, El niño de la bicicleta, se alzó con el Gran Premio del Jurado compartido con Once upon a time in Anatolia de Nuri Bilge Ceylan, y sin que nadie les tosiera (a los Dardenne). Suma y sigue. Pasada la vorágine (casi la náusea) de los festivales, toca comprobar si su buen tino se mantiene en forma: y a eso vamos.


Cyril es un chaval de las afueras de Lieja con serios motivos para estar enfadado. Su padre lo ha dejado en un centro para menores, incapaz de cuidar de él, y de su madre nada se sabe. Aunque el trato en el centro no es malo, el pequeño solo espera a que su progenitor vuelva a buscarlo, tal y como le prometió. Pero los días pasan, el regreso no se produce, y cuando Cyril se escapa del centro descubre desolado que su padre se ha largado y que, encima, ha vendido su bici. Pero en su camino se cruza Samantha, una joven peluquera que le propone ejercer de tutora. El chico podría de este modo pasar algunos días fuera del centro y, ya puestos, buscar a su padre…
Aquellos que conozcan (más o menos) el cine de los Dardenne serán capaces de ubicar esta sinopsis en unas coordenadas espaciales, e incluso es posible que puedan darle un tono, una luz y una cadencia a las imágenes. Y no se equivocarán. El universo de los hermanos se conforma de aquello que les es más próximo. Todas sus historias se desarrollan esencialmente en Seraing, a las afueras de Lieja, terreno abonado para relatos de la clase media-baja a caballo entre la mezquindad y la ética más enraizada en el espíritu humano. Oh, está bien, admitámoslo, los Dardenne no salen de su pueblo ni así los maten, pero sobre estas bases se estructura un corpus temático que reivindica el sentido de lo que es correcto en una sociedad doliente, hundida en la miseria, pero capaz de engendrar individuos armados con una integridad sin fisuras. Desde La promesa todos sus trabajos se circundan a un microcosmos con personajes moralmente ambiguos, con la pobreza como espada de Damocles que sortean a diario armados de picaresca casi delictiva. Hay drama en sus relatos, es obvio, pero también hay un pequeño resquicio para la esperanza, aunque se articule en finales a menudo muy abiertos.


En El niño de la bicicleta los Dardenne se permiten el lujo de… bueno… de “experimentar” en su filmografía con innovaciones tales como la música extradiegética (solo 116 años usándose en cine) o una estructura narrativa que bebe de los cuentos de hadas, debidamente contemporaneizados. En este sentido, estamos ante su cinta más optimista, que aunque no rehúye el desgarro presente en sus anteriores relatos se permite el lujo de presentar un personaje, el de la peluquera, cargado de luz, casi bueno por naturaleza, capaz de dar un respiro a la tensión que respiran todos y cada uno de los fotogramas. Sin embargo, a través de las vivencias del pequeño Cyril reconocemos sin problema los temas que obsesionan a los cineastas, y también sus rasgos más característicos. El retrato de una sociedad arruinada, las relaciones paternofiliales, la necesidad de asumir una cierta responsabilidad con los otros, la falta de escrúpulos como motor de supervivencia… A su lado, una realización impecable y un guión soberbio. En ambos casos, el realismo más apabullante parece lograrse con la espontaneidad como bandera. Nada hay en sus escenas que parezca preestablecido. Los diálogos (y sus silencios) no solo determinan a los personajes y la historia, sino que dibujan una ambientación y un tempo que se enraíza casi en el documental, del que los Dardenne son deudores. En este sentido, la realización, impecable, se vale de la cámara al hombro, nerviosa, casi torpe, que parece perseguir a los personajes en lugar de encuadrarlos. Y pese a ello la cámara lo capta todo en el mejor ángulo posible para mantener la coherencia del tono de la historia. No se le escapa nada. Todo fluye. La forma y el fondo son un todo en su cine, orgánicamente anclados por un estilo tan improvisado en apariencia como fruto del talento y el trabajo milimétrico en realidad. Ahí radica también la genialidad de los belgas: el camuflaje perfecto de las tuberías de la representación cinematográfica tras toneladas de verismo perfectamente orquestado.
Para el colmo, sus cástings se cuentan por éxitos. Luc y Jean Pierre Dardenne tienen un ojo especial para fichar a nuevos talentos, y Thomas Doret, en la piel de Cyril, es otro botón de muestra. Algo tendrán estos tíos, porque los que trabajan con ellos, en la medida de lo posible, repiten encantados. Jérémie Renier, Olivier Gourmet (un monstruo) y Fabrizio Rongione son rostros habituales en su particular cosmos, y los tres están en El niño de la bicicleta. Emilie Dequenne y Déborah François se cuentan también entre sus descubrimientos. Y si, como en esta ocasión, pueden contar con una estrella como Cécile de France, que encima se introduce a la perfección en su mundo, pues mejor que mejor.

Pero no todo son parabienes. Tras las alabanzas, por aquello de no sonar excesivamente laudatorio, pasemos a los contras….
¿Contras? Bueno, sí. Quizá las motivaciones de la peluquera son excesivamente altruistas, especialmente cuando, en una disyuntiva con su novio, no tiene ni un atisbo de duda en su decisión. Y puede que un determinado personaje, en funciones de “hada mala” parezca un poco estereotipado. Incluso, ya puestos, los hay que tacharán a los Dardenne de tremendistas, de agoreros, siempre con el mismo rollo a cuestas, pero: ¿Qué queréis que os diga? Minucias. Pequeñeces que no empañan una historia que te clava a la silla, heredera de una temática que va desde Los olvidados de Luís Buñuel hasta el cine de Ken Loach, pero que se erige con voz propia, alejada incluso del vecindario de Robert Guédiguian o (palabras mayores) Bertrand Tavernier. Solo así se entiende que, en un determinado momento de la película, veamos un largo plano de Cyril montado en su bicicleta, una suerte de Antoine Doinel huyendo del reformatorio hacia la playa. Pero lo que en el filme de Truffaut es una huida hacia ninguna parte, un pequeño oasis de libertad desesperada y de reivindicación en medio de la miseria humana que lo rodea, en ese caso lleva una carga añadida, original, que no revelaremos aquí y que se refleja con el pequeño montado a bici, no a pie, y avanzando de derecha a izquierda, en sentido contrario al de Los 400 golpes (referencia patillera, que conste que había avisado).


Y sumado a ello, el retrato poliédrico de una sociedad que se ha visto arrastrada en 40 años a la miseria, marcada a fuego por el cierre de las minas. Los Dardenne dan un nuevo sentido al llamado cine social, llevándolo al terreno de la excelencia cinematográfica a través del despojo de todo discurso ideológico demasiado evidente, libre de esos recursos que nos hacen sangrar de tan facilones como resultan en ocasiones. Su retrato de la realidad belga (la del sur) es el que mejor traduce en imágenes a una sociedad deprimida, tras la que se esconden auténticos monstruos, pero también, si se me permite un apunte personal, capaz de engendrar al pueblo más noble y generoso que he conocido en mi vida. La dignidad de las clases bajas. La idiosincrasia del carácter valón traspasada al celuloide por los cronistas de la miseria continental, siempre a punto para convertir sus relatos en armas arrojadizas capaces de sustituir el panfleto por el cuestionamiento ético más rico, más angustioso pero también más estimulante. Y todo ello en 87 minutos de cine mayúsculo, armado con una historia sencilla elaborada con maestría.
Maldita sea, esos pájaros de Cannes vuelven a tener razón.

8'5/10

Manel Carrasco

9 comentarios:

  1. Excelente y preciosa crítica. Me han entrado ganas de verla. No he visto nada de los Dardenne, pero la veré. Y muy guay la contextualización previa, thkx.

    Y algo diver: al empezar a leer no me he fijado de quién era y me he pasado todo el rato creyendo que leía al Capi ("jolín, qué raro que está, muy guay tb, pero está extraño".) Así que he sido muy feliz cuando he llegado al final y leído Manel Carrasco.... uffff, menos mal, me pensaba que le había pasado algo raro ("joé, cómo afecta el cine de los Dardenne...") ;)

    Ya no me volverá a pasar: estilo archivado XD

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  2. juas, yo no escribo tanto!! De acuerdísimo con todo lo que dice la crítica, y a la espera quedo de que tú, querida Syd, vayas a verla (bonito eufemismo) y nos cuentes...

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  3. Ok Caps, cuando esté con calidad en el cine de mi casa. Y la longitud era una de las cosas que me hacían flipar: "pero qué le habrá pasado a este? se habrá quedado atrapáo en una mina?" ;)

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  4. "cuando esté"... sigues errando tiempos verbales... (yo no he dicho nada)

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  5. Muy linda. Yo un 7,5. Lo que te muestran no es muy agradable (cuátos hijosdeputa hay en esta peli?) pero sin caer ni un segundo en el tremendismo o en el melodrama. El crío está espectacular, lo hace muy muy bien (eso sí yo no entiendo cómo no le han robado muchas más veces la bicicleta, me he pasado toda la peli diciendo "nen, no la vuelvas a dejar suelta que te la vuelven a mangar"). En contra: creo que al personaje de ella le falta un puntito, la tendría que explicar un poco más porque queda demasiado plana, no por increíble, por poco dibujada. Yo creo que el personaje de ella es un poco fallido, les faltó cuidarlo un poco más (la actriz, pero, lo hace muy bien, suerte, sólo con lo que le da el guión podría haber quedado hasta caricatura). El resto la mar de bien (he flipado con el careto del padre, muy bien, y mira que es difícil ponerle cara y expresión a las acciones de su personaje). Y algo que me ha gustado mucho: no hay juicio en la mirada de los directores y eso se agradece, al menos yo.

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  6. ves que te iba a gustar? Si es que no sé por qué desconfías de Xavi y de mí, nunca te fallamos!!
    Por cierto, a mí me gustó el personaje de la madre. Fue la primera pista que tuve de que lo que me iban a contar era más una fábula que otra cosa... ;)

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  7. Perdona, pero en ésta en concreto me fiaba (y me estiró a verla) la crítica de Manel.
    Pero vaya, que insisto, no sé qué te ha hecho dudar de mi absoluta confianza en vosotros dos. Pero me mola leer las demás visiones porque matizan, yo no veo, ni leo, ni escucho TODO lo que es bueno -y no señalo a nadie-, así que me va bien matizaros para elegir.
    Y ya... fábula y hada madrina y así no os cortáis las venas después de haber visto esta peli, ya.... pero aún así al personaje de ella le faltaba un punto para ser edondo ( o que no hubiera habido novio directamente, tal vez eso ayudaría...) LO MISMO ES UN SPOILER O SEA QUE AVISO Nunca vemos emoción de ella hacia el niño, ni que le necesite, ni que la llene, no hay motivación egótico-emocional en ella, sólo nos muestran que le ayuda porque quiere (parece que lo haga porque sea "lo normal") y punto. Al ponerle al novio al lado y la escenita del coche... había algo demasiado "terrenal" que no me cuadraba, no sé si me entiendes... FIN SPOILER Pero vaya, no deja de ser mi visión.

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  8. AH, mierda, claro, te fías de Manel, no de nosotros XD
    Lo de la mujer... no sé, yo es que nunca me coloqué desde su perspectiva. Creo que aquí todo sigue el punto de vista del niño, y como tal, él tampoco entiende qué quiere esa señora en él. De hecho, creo que se juega con ello mostrando a un niño que es de todo menos Annie, precisamente. No? Como haciendo precisamente que el espectador piense "y esta tipa, por qué tiene tantas ganas de ayudar a ese niñato?". Vamos, que creo que forma parte del juego...

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