Sitges 2011: Crítica de "The Tempest", por John Blutarsky

poster the tempest
Si el corpus creativo de William Shakespeare puede ser un auténtico caramelo, un regalo para cualquier director que pretenda tomar para sí grandes palabras y convertirlas en grandes fotogramas, más es así para cualquier actor, especialmente con formación clásica, que quiera marcarse ese su momento de gloria que lo proyecte a la posteridad. Meterse en la piel de cualquier gran personaje del bardo inglés es ya un clásico del matiz sutil y de la pasión interpretativa desatada.
Así las cosas, a menudo una adaptación shakespeariana termina siendo un previsible vehículo de lucimiento interpretativo que luego gasta de resultados dispares a un nivel puramente audiovisual. En otras palabras, es fácil y tentador reducir la crítica cinematográfica entorno a una obra inspirada en Shakespeare al puro apartado actoral. Y eso no quita, ojo, que algunos de los directores más relevantes de la historia del cine hayan obtenido cotas de excelencia mediante traslaciones de Hamlet, de Otello, de Macbeth o de El Rey Lear (Welles, Olivier, Kurosawa, Polanski, Zeffirelli, Mankiewicz o Brannagh han despachado algunas de sus mejores obras al amparo de textos de Shakespeare). Pero puede justificar la simple existencia de algunas películas. A Helen Mirren, Chris Cooper, David Strathairn, Djimon Hounsou o Alfred Molina ya les va muy bien que Julie Taymor haya decidido adaptar al poeta. Pero es que Julie Taymor no ha hecho los deberes.

Esto es, la nueva adaptación de La tempestad puede alardear de estupendo reparto, encabezado por una Mirren tan desbordante como siempre, aquí rozando el esperpento interpretativo y sin embargo alcanzando la excelencia. Pero aquí se le terminan las virtudes a la película.
Con pretensiones epatantes, la versión Taymor es un empachoso festín de efectos especiales (de saldo, además) e imágenes atiborradas de retoque digital, de un manierismo idiotizante, y una colección de barrabasadas visuales inabarcable. No es que la opción estética de la realizadora sea reprobable por hortera, que lo es, es que sus elecciones aparecen en todo momento equivocadas y sus recursos indignos de una directora que ya lleva varios titulos a sus espaldas.


Concretando. No es sólo la utilización de recursos de dudoso gusto (superposiciones de planos, constantes encadenados, etalonajes desmesurados, un trabajo plástico excesivo y tratamiento musical muy dudoso), es que The Tempest se pelea con un continuo desnorte audiovisual y deviene en un atentado contra la sabiduría fílmica en el que caben planificaciones aberrantes, un montaje con soplo cardíaco crónico, un desprecio inintencionado por el raccord de mirada y los ejes de cámara y una elección de planos injustificada o totalmente inadecuada.
Presumiblemente, Taymor considerará que lo suyo es una apuesta arriesgada. Que hacer una especie de dislocación temporal(1) de La tempestad tomando elementos del teatro clásico tanto como de la performance contemporánea para llegar a una especie de visión entre el goth y el steam punk debe ser lo más radicalmente autoral que existe. Dede luego, no lo es. Su visión redunda en un panorama fílmico, el de la fantasía de puesta en escena barroca y espíritu operístico, que se encuentra saturado por productos similares ejecutados por parecidos temerarios de la imagen y la postproducción digital, todos ellos más preocupados por pegar un pixel tras otro que por hilvanar un discurso propio. 


Y esto se hace especialmente peliagudo en un caso como este. La película clona literalmente la palabra (en verso y prosa) shakespeariana. Sus vericuetos argumentales no escatiman en venganzas, traiciones, envidias y ambiciones. Su tono es teatral en lo literario y sus pretensiones líricas en lo audiovisual. Pero la presuntuosidad de la autoría radical que parece practicar Taymor convierte los ciento y pico minutos de The Tempest en un hueco y tedioso carrusel de imágenes esteticistas pero eminentemente feas. Con lo que convierte un texto que debería seguir siendo universal en algo caduco, monótono, pasado de moda y ajeno a cualquier tipo de emoción real.
Porque al final, lo pretenda o no, The Tempest es un espectáculo irritantemente grandilocuente, estéticamente procaz, conceptual y visualmente decadente y, en el fondo, por todo ello, único. Tan grandilocuente, decadente y único como un concierto de Britney Spears o un espectáculo de El Molino.
Así que ya puestos, para versiones estrambóticas casi prefiero seguir quedándome con Planeta Prohibido y, desde luego, con la visión de Derek Jarman.


2'5/10

                                                             
(1) Con bastantes licencias, por cierto. La más evidente es ese cambio de género del mago Próspero quien, personificado en Helen Mirren, queda rebautizado como Próspera


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