Crítica de "La guerra de los botones"

crítica de la guerra de los botones
Opinión propia. Pura, dura e intransferible, no necesariamente suscribible por nadie más: si se hace de tapadillo y a traición, el vaciado simbólico de unas imágenes, ese ejercicio de reducción del plano fílmico a una simple evocación formal de una filosofía, de una corriente o de un estilo cinematográfico agilipolla al público. La eliminación de todo componente metafórico para practicar esa reducción pedestre cimentada en la falsa afirmación de que se está inventando algo nuevo logra justo eso, infantilizar a la persona que está sentada ante la pantalla. Me explico: no se nos puede vender como nuevo algo que sale envejecido y gastado de la fábrica sólo porque parezca ser bueno. No se nos puede vender cuento apolillado a precio de poesía. No se nos puede hacer creer que estamos ante un producto apasionado cuando en el mejor de los casos podemos decir que su propio autor podría no estar dándose cuenta que está facturando un mero producto artificial y artificioso.

La mala lengua diría que el tipo (Christophe Barratier, director de Los chicos del coro) en realidad sabe muy bien cómo funciona el mercado, ha decidido que el componente más puramente artístico del cine simplemente no le interesa demasiado y que va a ejercer de especie de chamán purgador de las inquietudes (autoSIC) del público menos exigente. La estrategia es justo esa: pergeñar un producto bien reconocible, fácilmente deglutible y digerible y au, a cascar taquilla. Pero ya digo, La guerra de los botones es todo corteza, no hay tuétano. Así que en el fondo tampoco debería disparar nuestras alarmas esa extraña carambola comercial, coincidencia según la cual han compartido las carteleras francesas dos adaptaciones, estrenadas al alimón, de la popular obra de Louis Pergaud: esta que nos ocupa y otra distinta, dirigida por Yann Samuell. Porque, en el fondo, uno intuye que el director de París, París sólo quería volver a meterse al público en el bolsillo ofreciendo una continuidad lógica a su carrera, con independencia de la historia que tratara.
 Pero la historia que trata es La guerra de los botones, que ya conoció una adaptación -estupenda- en los años 60 de la mano de Yves Robert. Y no por nada La guerra de los botones se presta a reunir un buen puñado de resortes y triquiñuelas puramente cinefamiliares y en general buenistas. Es más, la elección a la hora de ambientar el relato durante la Segunda Guerra Mundial parece haber sido única y exclusivamente de los responsables de la cinta: el título original de Robert data de 1912.


Así que se impondrá una primorosa reconstrucción. Y no precisamente de esa segunda Gran Guerra. Más bien de la imagen idealizada que tiene el consumidor de cine de a pie respecto a la misma. Barratier ha decidido pasar por el filtro de la épica más simplona -casi se diría jugar al Benigni de La vida es bella- para desperdigar por su relato los elementos habituales: resistentes, colaboracionistas, judíos amenazados; comedia tierna, drama humano. Y abordarlo desde una especie de prisma metafórico bastante naïf y decididamente poco sutil en la que los arcos de comportamiento y evolución de los personajes imberbes pretenden ejemplificar y servir como analogía del devenir de la guerra y sus actantes. Es definitivamente poco sutil la confrontación entre realidad y metáfora y casi irresponsable esa reducción según la cual los prisioneros son capturados y despojados de sus botones para tener que volver semidesnudos a sus filas. Al respecto, tanto en la obra de Pergaud como en la de Robert podía haber una pureza inocente que lo justificara plenamente. En esta nueva La guerra de los botones, sólo hay impostación y efectismo. Ergo, irresponsabilidad.
Eso sí, un efectismo que lo tinta todo de épica casi hollywoodiense, y da a la película una pátina de gran espectáculo familiar, casi en la línea de las películas de pandillas de los años 80. A este respecto, su banda sonora no esconde su deseo de emular las partituras que dieron color e intensidad a películas en la línea de Los Goonies.
Pero, obviamente, esto está lejos de ser uno de esos homenajes al cine de los ochenta que tanto abundan últimamente. No, el ojo de Barratier está puesto en el criterio según el cual cualquier pasado fue mejor. A resultas su cine está, en forma y fondo, envejecido, apolillado, con las articulaciones achacosas y la piel cetrina. Y todo se percibe anticuado. Esto es, ya visto, obturado de clichés, de lugares comunes que no dejan correr el fresco del aire. Se puede permitir parecer simplista, pedestre y teledirigido porque lo cierto es que lo único que pretende es probablemente reconfortar a un público poco exigente y nada receptivo hacia riesgos ni compromisos artísticos o autorales. Un público que acude al cine con la esperanza de ver algo bonito, a expensas de que pueda resultar demagógico y maniqueo(1). Siempre que la factura sea buena, y la película entre sin sentir. Y así es: en La guerra de los botones abundan los planos con grúa, composiciones de encuadres esteticistas, iluminaciones expresivas, travellings exhibicionsitas y demás.


Son las reglas, y vive Dios que más de uno y de dos va a aceptarlas, pero a cambio -y quizá no se dé cuenta o ni siquiera le importe- va a cargar con todo el equipo y a tragar con una irritante historia de una repelente ingenuidad forzada y guión descuidado, un lamentable subrayado de emociones y un relleno conceptual de limitadísima capacidad simbólica.
Lo que decía al principio: todo carcasa, cero profundidad. Pero, ah, cuestión de prioridades.

4/10

Xavi Roldan

                                                                   
(1) Tras haber escrito esta crítica, repaso mis anotaciones sobre París, París y me doy cuenta de que, inconscientemente, casi autoplagio mis palabras de entonces. Conclusión, uno de los dos -o el director Christophe Barratier o yo- no ha cambiado en todo este tiempo.


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