Crítica de "Miradas de amor"

La primera en la frente: señores traductores, cuando uno lee "miradas de amor" en el título de una película que protagonizan varios actores de comedias románticas (y uno de ellos ejerce además de guionista y director), se hace una idea muy clara de lo que va a ver. Algo que no guarda ninguna relación con lo que en realidad esMiradas de amor, cuyo título en su versión italiana original es mucho más ambiguo y, además, guarda relación directa con algo de lo que sucede en el film. Aviso a navegantes, pues: esto no es un exploit de Manuale d'amore. De hecho, lo que propone Sergio Rubini con su nueva película ante y detrás de las cámaras sólo tiene uno o dos momentos entendibles como cómicos, siendo todo lo demás un drama tormentoso, un thriller con secretos latentes en cada fotograma, personajes que podrían no ser lo que parecen, y la sensación constante de que todo está condenado a acabar como el rosario de la aurora (ojo: ni confirmo ni niego nada). Eso sí, romántica es un rato, y es que no es novedad que la cinematografía italiana viva de esto y se haya convertido en toda una experta en materia, hasta el punto de haber conseguido una línea bien definida que hace que, pasado un rato, a uno le sea imposible distinguir una cinta de otra (con independencia de si es comedia, drama, o cualquier otra que lleve la coletilla "romántico" al final). Miradas de amor no es la excepción.
Sergio Rubini dirige con gracia la gran mayoría del tiempo (excepto en cierto flashback que casi hace perder la fe en el cine) y hace del suyo un producto ágil, dinámico y que, en definitiva, se sigue con facilidad. Lo dicho, ningún mérito, puesto que habiendo participado (como actor, eso sí) en dos de los tres manuales, es de esperar que algo se le haya quedado. Miradas de amor es tan igual a las otras, que todas y cada una de sus escenas podrían formar parte de ellas, y hasta los momentos de desnudo femenino parecen cronometrados para llenar el cupo establecido, ni un segundo más, ni uno menos. Así las cosas, la única forma de que perdure en la memoria pasa por su guión (las propias caracterizaciones de sus dos actores principales, el propio Rubini y Riccardo Scamarcio, parecen salidas de sus comedias románticas previas) y lamentablemente, parece una exigencia demasiado cara.
Y eso que las cosas empiezan bien. En un arranque algo pretencioso pero acertado, Rubini se dirige a su audiencia para explicar lo que va a pasar en lo que está a punto de ver, como si de una obra teatral se tratara. Y no es en balde, puesto que de hecho, su historia sobre una mujer muy joven que deja a su pareja de toda la vida tras enamorarse de un chico mucho más acorde con su edad, genera sensaciones muy de drama para escenarios; y la caracterización del hombre a quien abandona, un marchante de arte que es a la vez serpiente y manzana para el joven escultor que le ha robado a su chica, casi parece sacada de un alumno aventajado de Shakespeare. Es más, las propias sensaciones que se desprenden desde un primer momento, que dejan intuir el drama en el que poco a poco va cayendo Miradas de amor, no da pie a demasiadas dudas. Comienzo francamente interesante, por tanto, que sin embargo pierde fuerza cuando pasados 20 minutos, empieza a vérsele el plumero.


El problema reside en lo básico de su libreto. Ocurre todo de manera demasiado planificada, no hay lugar para la espontaneidad. Causa-efecto, causa-efecto; de A se pasa a B para llegar a C. En ocasiones se llega incluso a forzar la máquina de tal manera que la propia credibilidad del film es la que acaba pagando el pato: la escena de la comida con el amigo del escultor, aquella en la que él oye como se ríen de él a sus espaldas, la puñeta que le da en cuanto se le sube la fama a la cabeza... Todo demasiado sencillo y cerebral, suficiente para que a fin de cuentas, el espectador sienta más bien poco apego, y lo vea venir todo desde lejos. Porque sí, hay alguna resolución inesperada, pero en todo caso no desvía de la consciencia de que esto tiene pinta de acabar como el rosario de la aurora. De hecho, el propio film va mutando poco a poco hacia un nuevo referente: sin apartar nunca al dramaturgo inglés del teleobjetivo, de repente Rubini apunta a otro autor radicalmente distinto (o no), como es Alfred Hitchcock. Casi nada. La banda sonora, la precipitación de sucesos y algún que otro giro de guión disfrazan a Miradas de amor de thriller pasional (o así) en el que parece que en cualquier momento vaya a salir James Stewart a resolver el entuerto. Referente obvio, el del maestro del suspense, al que cabe añadir un puntual homenaje a las persecuciones por Venecia de Amenaza en la sombra que definitivamente desvelan las intenciones de la película.


A la vista está, pues, que Colpo d'Occhio (¡Al menos una vez tenía que decirse su título original!) cuenta con buenas ideas. Buenas ideas que se confirman con una puñalada trapera al espectador que a buen seguro, hará que más de uno salga de la sala escaldado (y a nosotros nos encantan estas situaciones, claro está). Lamentablemente, no han sido resueltas todo lo bien que deberían. En primer lugar porque una cinta como esta merecía, quizás, un tratamiento distinto, más arriesgado y acorde con su entramado. Y en segundo, porque el devenir del mismo se consigue mediante pasajes demasiado simplones. Lo que queda de todo ello es una cinta presentada con eficacia pero carente de personalidad; bien pensada pero mal realizada; y en la que de una revisión global, sólo acaban sacando buena nota sus intérpretes y poco más. Una pena, puesto que podría haber sido una de las grandes sorpresas de la temporada.
5,5/10
Por Carlos Giacomelli

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