Crítica de "La bendición de la tierra"

critica la bendicion de la tierra
Hay que ver, qué tristeza la cartelera de cine. Es que echas una ojeada y siempre ponen lo mismo, sea verano, primavera, otoño, o esa otra estación que no paran de dar la tabarra con que se acerca (eso, el invierno). Llega un momento en que ya te sabes la programación de memoria: El enésimo blockbuster palomitero, la enésima entrega de la enésima saga adolescente, el enésimo sleeper llegado de un país impronunciable, la enésima película española del año, la enésima comedia indie yanqui, la enésima película noruega muda de 1921, el enésim... ¿Cómo? ¿Película noruega muda de 1921? Espera un momento...
Caramba, pues sí. Damen und Herren, sin mediar psicotrópico ni irrigación craneal insuficiente, si uno abre el periódico por la cartelera se puede dar de bruces con La bendición de la tierra, una película de Gunnar Sommerfeldt, de 1921, noruega, y (sí, en efecto, lo han adivinado) muda. ¿Qué ha pasado aquí? Pues esencialmente que la distribuidora Sherlock Films se ha tirado a la piscina, y no solo no ha mirado si había agua sino que se ha asegurado de saltar en el lado que no cubre. Bendita sea, porque con su apuesta por semejante rareza no solo abre una brecha por la que se cuela el entusiasmo gafapastoso más inveterado, o un posible nido de infecciones bacterianas gerontológicas propias de algunas filmotecas; despojado de prejuicios y de engolamientos casposos, el espectador medio con un poco de curiosidad puede descubrir que el film de Sommerfeldt es una pequeña joya.

La bendición de la tierra es una adaptación de una novela del premio Nobel sueco Knut Hamsun, que relata las peripecias y los dramas personales de Isak, un rudo aventurero que se instala en las montañas, forma una pequeña familia y empieza a trabajar la tierra. Con el paso de los años se levanta una comunidad a su alrededor y la historia se abre como un árbol. Las vivencias de Isak se alternan con las de sus descendientes y con los diferentes núcleos familiares que surgen de la matriz del pionero. El espectador asiste a una colección de tramas que actúan como la quintaesencia de algunos grandes temas de la historia del cine: el amor, la envidia, la traición, la fatalidad, pero también la alegría de vivir, la perseverancia y la fraternidad. Y todo ello enmarcado en un paisaje tan inhóspito como atractivo. Si tenemos en cuenta que el film dura poco más de hora y media, la capacidad de compendio y de síntesis narrativa es notable, si bien es cierto que faltan 15 minutos que se centraban exclusivamente en desarrollar otra subtrama que en nada afecta a la estructura principal.


Como el reverso dramático de La quimera del oro, tocada por el humanismo ecologista pero también por la aridez de Las aventuras de Jeremiah Jonson, el film de Sommerfeldt se enmarca en el género del cine épico (tan querido por los norteamericanos) del self-made man por la vía del buen campesino. No parece casual que el único personaje de la gran ciudad sea interpretado por el propio director, ni que manifieste una enorme admiración por la honradez y la dignidad de los habitantes de las montañas, que dibujan en las marcas que el frío deja en la cara el mapa de su trabajo y de sus pequeñas victorias.
La dirección de Sommerfeldt se ancla en servir siempre de soporte a la historia, muy lejos de veleidades autorales. Su mérito es aún mayor si tenemos en cuenta la paradoja que respiran todos los planos de La bendición de la tierra: encuadrada esencialmente en escenarios naturales, precursora del naturalismo cinematográfico, uno no puede dejar de pensar en la extrema dureza del rodaje, con los medios rudimentarios con los que contaban en 1921, armados con aparatosas cámaras y cubiertos con pieles húmedas. Ahí yace la correspondencia entre ficción y realidad: Una película sobre pioneros en un medio hostil rodada por pioneros en un medio hostil. Otra buena razón para ver el film, reconstruido a través de varios negativos y bajo la batuta musical de Frank Strobel.


Raro testimonio del primer cine noruego, llama la atención la abundancia de sobrios y recargados intertítulos, en contraste con los experimentos visuales que la UFA alemana empieza a realizar en aquellos años. Es una pena que el espectador medio (tanto o más importante que el minoritario de arte y ensayo) probablemente se vaya a perder esta oportunidad de comprobar cómo los grandes relatos ya estaban presentes, y con mucha fuerza, en los primeros balbuceos del séptimo arte. Y sin embargo es una ocasión de oro. Ya no se trata solo de recuperar una pieza inédita en nuestro país, ni de ofrecer al espectador joven la posibilidad de un descubrimiento cinematográfico. Como homenaje a una época que sentó las bases de todo el cine posterior, a unos chalados que armaron una industria cultural planetaria con cámaras de madera, recuperar La bendición de la tierra no es una marcianada en nuestras saturadas carteleras. Es un acto de justicia.

8/10

Por Manel Carrasco


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